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Eduardo Jordà


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  • 01
    Mayo
    2012

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    Nuestra montaña mágica

    Leo que el Govern va a cerrar el Hospital General y también el hospital Juan March, o Sanatorio Caubet, como se decía cuando yo era niño y todavía era un sanatorio antituberculoso. Cada verano, cuando voy a ver a mi hermana -que vive por allí cerca-, echo un vistazo al Hospital Juan March, que me parece uno de los edificios más hermosos de Mallorca. Sí, ya sé que la historia de ese hospital no es nada agradable, y Blai Bonet, que estuvo ingresado allí cuando enfermó de tuberculosis en la posguerra, lo retrató en algunos de los capítulos más sombríos de “El mar”. Pero dejando aparte su historia de sufrimiento y dolor, el edificio tiene una belleza innegable, con esas líneas austeras y geométricas que se recortan contra las montañas de Sa Falconera y Son Garcies. Mis amigos y yo siempre llamábamos al sanatorio Caubet “nuestra montaña mágica”, pensando en el sanatorio suizo donde Thomas Mann situó su novela.

    ¿Tan mal estamos que hay que cerrar hospitales? Para justificar estas medidas, el Govern –igual que hace el gobierno central- sólo se atreve a hablar de reformas y de ajustes, pero todos sabemos que se trata de algo muy distinto y que cada vez se parece más a un desmantelamiento. Sé que vivimos en un país que está en quiebra y que no hay dinero para pagar muchos servicios públicos, pero me pregunto si se están haciendo las cosas con un mínimo de decoro. Y hablo de decoro –como debería hablar de decencia y de coraje y de generosidad y de confianza- porque la ciudadanía no les exige a sus políticos ni ambiciosos planes teóricos ni siquiera soluciones inmediatas a la crisis, sino tan sólo un puñado de cualidades elementales que sirvan para enfrentarse a las circunstancias que vivimos. Y son justamente esas cualidades las que no se ven por ningún lado entre la gente que maneja el poder, ni mucho menos entre los que se benefician de él. Y se podrían añadir otras cualidades imprescindibles para dirigir un país o una comunidad autónoma en estos tiempos: modestia, sobriedad, capacidad de diálogo, capacidad de persuasión, compasión y sentido innato del bien común. Estas cualidades son las que la ciudadanía querría percibir en los políticos que ordenan el cierre de hospitales y la subida de impuestos. ¿Las ha visto alguien en alguna parte? Yo no.

    Intentar manejar una crisis económica gravísima con la fría mentalidad de un burócrata es un acto suicida. Y si la clase política no encuentra una forma de promover la confianza y un mínimo de lealtad entre los ciudadanos, vamos a meternos en una espiral ruinosa de medidas impopulares –siempre mal explicadas y peor concebidas- que sólo recibirán como respuesta una airada reacción ciudadana en forma de boicots y protestas y huelgas salvajes, lo que a la larga nos llevará sin remedio a un cataclismo. Y que conste que la irritación ciudadana se dirige contra toda la clase política y no salva a nadie, ni de izquierdas ni de derechas, ni de los “hunos” ni de los “hotros”, porque cada vez está más claro que nuestra partitocracia sólo se representa a sí misma (y a sus fieles aliados financieros, empresariales y sindicales, que en nuestro sistema conviven mucho mejor de lo que nadie se imagina).

    Un gobierno sensato se daría cuenta de que ninguna fuerza política puede enfrentarse en solitario a un tsunami como el que estamos viviendo, así que buscaría la formación de un gobierno de amplio espectro con el apoyo de todos los partidos y sindicatos y también con la presencia de figuras independientes. Y a la hora de aplicar un severo plan de recortes, ese gobierno hipotético debería acordarse de actuar contra la gente que ha vivido y sigue viviendo muy bien a costa de los ciudadanos. ¿Por qué los directivos de las cajas arruinadas y rescatadas con dinero público no han sido investigados por la Fiscalía General del Estado? ¿Por qué los financieros y banqueros siguen blindándose con sueldos obscenos mientras en la calle hay cinco millones y medio de parados? ¿Por qué no hay una determinación firme de actuar con un mínimo de equidad con los que tienen mucho, en vez de actuar siempre contra los que no tienen casi nada? Pues bien, son estas preguntas las que debería hacerse un gobernante sensato, para evitar que la única reacción de los ciudadanos sea el odio y el hartazgo y la propensión a dejarse arrastrar por los populismos más histéricos. Pero imaginar que pueda haber políticos sensatos en nuestro sistema político es lo mismo que imaginarse a Simone Weil dirigiendo un casino en Las Vegas, así que tendremos que conformarnos con contemplar desde lejos la silueta de nuestra montaña mágica, en el Puig de Son Moranta, aunque esté cerrada y ya no acoja enfermos.

     

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