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Eduardo Jordà


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  • 01
    Octubre
    2013

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    Ni vencedores ni vencidos

    El decreto del TIL es inaplicable, y por muchas vueltas que se le den, implicaría cambiar las programaciones, los horarios, la distribución de aulas y hasta los libros de texto.

    En mi modesta opinión, que probablemente esté equivocada, en el asunto del TIL que provocó la manifestación del domingo pasado se equivocan tanto el Govern del PP como los sindicatos nacionalistas y la Assemblea de Docents. Intentaré explicarlo. El decreto del TIL es inaplicable, y por muchas vueltas que se le den, implicaría cambiar las programaciones, los horarios, la distribución de aulas y hasta los libros de texto, cosa que para los docentes significa algo así como cambiarse de casa en medio de un terremoto. Cualquiera que haya dado clase –y yo las he dado- sabe el trastorno que supone para todo el mundo cambiar una sola hora de clase, pongamos que un viernes a las doce de la mañana, sólo porque esa hora tiene que darla otro profesor y con otro temario. Y si encima hay que cambiar el idioma en el que se va a dar la clase (del catalán al castellano o inglés), cualquiera puede hacerse una idea del caos que eso implica, por no hablar de la pesadilla que va a sufrir el que tenga que dar la clase.

    Hasta el más necio debería saber que un profesor debe dar sus clases en la lengua que mejor domine y en la que se sienta más a gusto, porque es imposible que alguien que no sepa manejar una lengua del mejor modo pueda ser capaz de mantener la atención de veinte alumnos que tienen la cabeza puesta en su cuenta de Twitter o en la chica (o el chico) guapísimo que está sentado en el pupitre del fondo. Así que pretender cambiar la lengua en que se va a dar la clase es algo que los docentes no van a tolerar ni van a permitir, y comprendo que sea así. Si los alumnos tienen muy escasos motivos para estudiar las anáforas o los castillos de quebrados (y cito estas cosas porque son las que estudian mis hijos), el profesor tiene derecho a poder enseñarlas en la lengua en que se sienta más seguro. Yo todavía no sé qué es una anáfora, así que confío en que alguien se lo consiga explicar a mi hija.
    Ahora bien, todo esto no significa que tengan por completo la razón los sindicatos nacionalistas (y en la enseñanza, me temo, casi todos los sindicatos son nacionalistas). En una enseñanza pública de calidad que fuera real y no una quimera o una mentira deberían poderse estudiar los tres idiomas -catalán, castellano e inglés-, por la sencilla razón de que no es posible la autarquía lingüística en la que creen los nacionalistas. La economía moderna, la economía del mundo globalizado, no va por ahí. El imaginario nacionalista sólo concibe la vida en un mundo subvencionado donde los trabajadores públicos viven por completo al margen de la economía real. Pero ese mundo de fondos públicos ilimitados donde el sector público pueda absorber ingentes cantidades de trabajadores ya no existe. No lo digo con alegría, porque creo que el mundo que viene –o mejor dicho, el mundo que ya está aquí- es mucho peor que el mundo en el que hemos crecido. Pero las cosas son así. Uno no puede estudiar pensando que va a obtener un trabajo de técnico multidisciplinar en el ayuntamiento de Consell (o bueno, en el de Viladecans), porque se ha acabado la época en que los ayuntamientos o los organismos públicos podían facilitar trabajo de forma ilimitada. Y repito que lo digo con tristeza. Pero el modelo de autarquía lingüístico-económica que alentó el Tripartito Catalán (un sistema de economía tan subvencionada que resultaba casi soviético, aunque se pretendía que la población disfrutara de un bienestar como el noruego o el danés), ese modelo, digo, sólo pudo durar unos pocos años durante el periodo en que todo era gratis porque se pagaba con cargo a la burbuja económica y a nuestras deudas actuales. Hoy en día eso ya no es posible, y bien que lo siento, repito. Pero lo malo es que ese modelo es justamente el que los sindicatos nacionalistas consideran el único modelo social deseable. Y su modelo de escuela, me temo, sólo está pensado para ese quimérico modelo social.

    Una de las cosas que más me llamaron la atención de la manifestación del domingo fue la presencia de “xeremiers” y “flabiols” y “tamborinos”. Una pregunta impertinente: ¿qué pintan los “xeremiers” en una manifestación educativa? ¿Alguien podría decírmelo?

     

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