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Eduardo Jordà


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  • 03
    Diciembre
    2013

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    Monigotes

    Nuestra historia se ha fundado siempre en la idea de que había un peligroso monigote al que había que exterminar

    Estos días, cuando se celebra el 35 aniversario de la Constitución de 1978, se oyen voces que la critican por ser una concesión vergonzosa al franquismo moribundo, y en consecuencia —cito de carrerilla— por ser un escollo para la profundización democrática, o una humillante bajada de pantalones de la izquierda, o una imposición de los poderes fácticos del franquismo, o una traición a varias décadas de lucha obrera, o un apaño seudo-democrático de unos políticos venales, y no sé cuántas cosas más que he leído por ahí (Google es muy útil para estas cosas). Por lo visto, muy poca gente valora lo que tuvo la Constitución de hecho excepcional en nuestra historia, porque significó un gran acuerdo entre adversarios seculares que años antes se habían combatido con las armas en la mano. Se mire como se mire, la Constitución del 78 representó la única ocasión histórica en que los grupos políticos opuestos optaron por tender puentes entre sí en vez de volarlos, así que tomaron la asombrosa decisión de aceptar los puntos de vista del contrario. Y si la Constitución no satisfizo a nadie en concreto —como ha dicho uno de sus redactores, Miquel Roca i Junyent—, fue porque todo el mundo tuvo que hacer concesiones parciales para alcanzar un objetivo común. Y eso, insisto, ha sido algo excepcional entre nosotros.

    Por supuesto que la Constitución tiene muchos puntos mejorables, claro que sí. Y por supuesto que los más jóvenes se sienten alejados de ella, primero porque no pudieron votarla en su momento, y segundo porque no pueden valorar en qué condiciones fue concebida y redactada. Ya casi nadie recuerda la Guerra Civil, pero ese recuerdo estaba muy presente entre los redactores de la Constitución, y gracias a ello fue posible el acuerdo. Dos de sus redactores —Fraga y Carrillo— habían pertenecido a los dos bandos enfrentados en la Guerra Civil, y los demás redactores habían sido niños durante la Guerra Civil o la inmediata posguerra, y por tanto conocían muy bien las circunstancias en que habían ocurrido los hechos. Ahora ya casi no quedan testigos directos de la guerra, y los que hablan suelen hablar de oídas o impulsados por una especie de belicismo retroactivo —el belicismo que nace del resentimiento o del fanatismo—, pero los que de verdad vivieron la guerra o sus consecuencias inmediatas tomaron un día la resolución de que aquello no volviera a suceder. Y éste fue el espíritu que hizo posible la Constitución de 1978. Un espíritu que algunos llaman cobarde, pero que no era cobarde, sino precavido y escarmentado. Nadie quería repetir los mismos errores políticos.

    Lo malo es que ese espíritu de concordia parece desvanecerse cada día que pasa. “Mi padre tenía que haber disparado. No es un hecho glorioso perdonarle la vida a un fascista de los gordos”. Esto fue lo que declaró, hace medio año, el hijo del hombre que le perdonó la vida al falangista Sánchez Mazas durante la Guerra Civil, episodio que le sirvió a Javier Cercas para escribir su novela Soldados de Salamina. No voy a entrar en la historia de la novela, que es muy conocida, sino en las opiniones del hijo del republicano Miralles sobre lo que había hecho su padre, o mejor dicho, sobre lo que se había negado a hacer su padre. Y si el padre (el Miralles real), que tenía 19 años y llevaba ya tres años pegando tiros cuando protagonizó aquellos hechos, se negó a disparar a un hombre indefenso porque sólo vio en él a un tipo asustado y tembloroso —en vez de ver al pérfido falangista sediento de sangre—, el hijo que no vivió la guerra —y que por tanto habla de oídas— se permite opinar que su padre debería haber matado a aquel hombre porque era un fascista de los gordos. Es decir, que donde el padre vio a un ser humano, el hijo sólo ve la encarnación de una ideología maligna que hay que exterminar. Lo mismo, por cierto, que sentían los partidarios de la sublevación militar que implantaron un régimen de terror durante la guerra civil y la posguerra.

    Y esto es lo malo que empieza a ocurrir. A remolque de la crisis y del sufrimiento de muchas familias, vuelven las ideas que despojan a los seres humanos de su identidad real y los convierten en simples monigotes (fascistas, comunistas, rojos o separatistas, el adjetivo da igual, porque lo importante es conservar la idea del monigote maligno). Nuestra historia, por cierto, se ha fundado siempre en la idea de que había un peligroso monigote al que había que exterminar. Y es muy mala señal que vuelvan todas estas cosas.

     

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