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Eduardo Jordà


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  • 26
    Agosto
    2013

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    Migjorn

    Ahora que se termina el verano, me gusta mirar una foto que alguien tomó en Formentera, en la playa de Migjorn, en el verano de 1967, cuando los músicos de Pink Floyd  pasaban unos días de vacaciones en la isla

    Ahora que se termina el verano, me gusta mirar una foto que alguien tomó en Formentera, en la playa de Migjorn, en la segunda quincena de agosto de 1967, cuando los músicos de Pink Floyd pasaban unos días de vacaciones en la isla, en casa de un médico que se hacía llamar –entre otros muchos nombres- Dr. Hutt, Mr. Smutty o bien Hank Wangford. Si alguien tuviera que explicarle alguna vez cómo es el verano en el Mediterráneo a alguien que vive en el otro extremo del mundo –a un esquimal, qué sé yo, o a un bosquimano-, le recomendaría que enseñase esa foto.
    Ahí está Syd Barrett en el centro de la foto, presidiéndola, por así decir, y ahí están todos los elementos que uno asocia con el verano: un grupo de amigos jóvenes y saludables, la arena casi blanca de una playa, una casa encalada que tiene un mueble bar lleno de botellas en la terraza, una tumbona de lona, un banco hecho con un tronco que parece de acebuche, una bicicleta apoyada contra un muro, una cesta de mimbre (de mimbre, ojo, y no de esparto, porque la cesta viene de Inglaterra); y por supuesto, una chica en bikini tendida sobre una toalla, y también alguien que parece estar liando un porro. Y al fondo, para que no falte nada, se ve una sombra que parece estar de espaldas y que no sabemos muy bien quién es, aunque es una presencia esencial en todas las fotos que han logrado capturar el espíritu del verano, porque no es posible entender el verano sin ese desconocido que se ha agregado al grupo y que nadie sabe quién es ni de dónde ha salido –un amigo de un amigo, quizá, o alguien que pasaba por allí y se quedó un rato con nosotros-, ya que no hay verano posible sin esa misteriosa camaradería que deja siempre las puertas abiertas y que le permite a un desconocido colarse en nuestras vidas como si llevase años viviendo con nosotros.
    Cuando se tomó esa foto, Syd Barrett ya había empezado a dar muestras de serios problemas mentales, según unos a causa del consumo excesivo de LSD, y según otros, a causa de sus propios demonios interiores. Sus compañeros de Pink Floyd temían que un médico tradicional lo internara en un manicomio, así que alguien sugirió el nombre del doctor Hutt, que era joven, practicaba terapias alternativas y tenía muchos amigos hippies. Además, el doctor Hutt –o Hank Wangford, o Mr. Smutty, o incluso el estrafalario Boeing Duveen, que decía administrar una sopa mágica a sus pacientes- tenía una casa en Formentera, justo en la playa de Migjorn. Y fue en esa casa de Migjorn del doctor Hutt donde los músicos de Pink Floyd pasaron sus primeras vacaciones en Formentera. Dos años después, en el verano del 69, todos volvieron a Eivissa, pero por entonces Syd Barrett ya no era capaz de tocar la guitarra y había tenido que abandonar el grupo, aunque seguía unido a sus viejos amigos, con los que estaba grabando el que sería su primer álbum, The Madcap Laughs, “El loco se ríe” (un título que era ya todo un autorretrato). Después de ese disco sólo conseguiría grabar otro álbum más, también a trancas y barrancas, y al poco tiempo dejaría la música para siempre. De hecho, Barrett llegó de milagro a Eivissa, después de saltarse todos los controles del aeropuerto y de haber intentado parar un avión en medio de la pista de aterrizaje. En 1969, los Pink Floyd acababan de componer la música para una película que se rodó en Eivissa, “More”, una historia que trataba de yonquis y de nazis y que hoy en día es posible que nadie se atreviera a rodar por miedo a que lo metieran en la cárcel, aunque pudo rodarse sin problemas en la España de Franco. De todos modos, uno se pregunta si realmente Eivissa (y no digamos ya Formentera) formaba parte de la España de Franco, o si era más bien una especie de Ínsula Barataria que no tenía nada que ver con la realidad porque flotaba en una especie de limbo jurídico.
    Pero ahora estamos en 1967, en una casa de Formentera que pertenece a un médico que tiene muchos nombres y probablemente es un embaucador, pero todo eso da igual. En esa foto de la playa de Migjorn se ve a Roger Waters con una camisa oscura y a Nick Mason sentado en una silla con papel de liar y un cigarrillo en la otra mano. Falta Richard Wright, el otro componente de Pink Floyd (David Gilmour aún no había entrado en escena), y quizá fue él quien tomó la foto y por eso no lo vemos en el grupo. Quién sabe. Pero lo importante es que en esa foto Syd Barrett no parece un hombre acosado por los problemas mentales, ni el hombre que grabará un álbum llamado “El loco se ríe”, sino alguien que está en paz consigo mismo porque ha encontrado una fórmula para instaurar el orden en medio del caos, así que todo es armonioso y es placentero a su alrededor, y no sólo eso, sino que él mismo parece ser la causa de que todo sea armonioso y placentero a su alrededor. Y se desprende tanta paz de esa foto que daría lo que fuera por haber podido protagonizarla, y si un genio de la lámpara maravillosa me concediera tres deseos, sin duda le pediría ser uno de los amigos que están ahí, en esa casa de la playa de Migjorn, en un día del verano de 1967, cuando el mundo parecía un lugar en el que valía la pena vivir. Incluso me conformaría con ser esa sombra que está de espaldas, ese intruso, ese desconocido.

     

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