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Eduardo Jordà


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  • 10
    Abril
    2012

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    Miedo y asco en Eurovegas

    Nunca he estado en Las Vegas, pero conozco Atlantic City, que es una versión descafeinada de una ciudad convertida en un casino, y creo que no conozco un lugar más deprimente que ése. Recuerdo a los jubilados que entraban con timidez en un “peep-show” situado en una calle solitaria que no parecía llevar a ningún sitio, y un travesti negro que caminaba solo por la pasarela de la playa, y un hombre mayor que llevaba puesto un salacot de porespán verde donde se supone que debía colocar todas las fichas que había ganado en el casino. Si alguien quiere sentirse feliz, o al menos agradablemente bien, le aconsejo que no vaya a Atlantic City. Y tampoco a Las Vegas, esa ciudad que le inspiró a Hunter S. Thompson uno de los libros más terroríficos que he leído nunca, “Miedo y asco en Las Vegas”.


    No sé muy bien de qué trata ese libro, porque Hunter S. Thompson sólo contaba cómo él (que se hacía llamar Raoul Duke) y un amigo chicano al que llamaba Doctor Gonzo se habían dedicado a consumir toneladas de cocaína y mescalina y LSD en Las Vegas, en dos meses de 1971, mientras recorrían salones de juego y gasolineras y moteles en busca de algo que ellos llamaban el Sueño Americano y que nadie sabía situar en ningún sitio, aunque al final del libro Hunter S. Thompson y el Doctor Gonzo se topaban con la consulta carbonizada de un hospital psiquiátrico, y entonces Hunter S. Thompson deducía que quizá aquella consulta carbonizada era el verdadero Sueño Americano, el único real, el único que había logrado sobrevivir.


    Digo esto porque el proyecto monstruoso de Eurovegas, que ahora se disputan Madrid y Cataluña, tiene toda la pinta de ser una de las estafas más formidables de la historia, y eso que ya hemos visto estafas de todos los colores en estos últimos tiempos. Si algún día se construye esa ciudad-casino, que en realidad no será nada más que un gigantesco paraíso fiscal camuflado, lo más probable es que termine convertida en muy poco tiempo en una especie de consulta calcinada de psiquiátrico como la que aparecía al final de “Miedo y asco en Las Vegas”. Los partidarios de ese proyecto nos acusan a los que estamos en contra de ser unos puritanos estrechos de miras, pero no se trata de eso. A mí me da igual lo que haga cada uno con su dinero o con la cocaína y la mescalina que quiera meterse en el cuerpo. Eso es asunto suyo, y allá cada cual con su mente cuando se la encuentre convertida en un psiquiátrico calcinado. Pero lo que no me da igual es lo que haga el fisco con el dinero de todos, y mucho más en tiempos de penuria y de recortes generalizados. El dinero de Eurovegas no tiene por qué beneficiarse de ninguna clase de exenciones fiscales. Es tan simple como eso. Y hay que ser muy estúpido para autorizar un proyecto así, con la vaga promesa de crear unos cuantos puestos de trabajo y unas ganancias que no pasarán por ningún control fiscal.


    Y repito que no se trata de una opción entre derecha e izquierda, sino de optar por la simple decencia. El poeta Philip Larkin identificaba la derecha con las virtudes de la austeridad, el trabajo duro, la devoción por las tradiciones y el deseo de permanencia, mientras que la izquierda simbolizaba para él la pereza, la codicia y la traición. Por supuesto que esta clasificación moral es tan engañosa como cualquier otra, porque cada uno distribuye los vicios y las virtudes de acuerdo con sus ideas y sus prejuicios, y nadie está en condiciones de dictaminar que la austeridad o el trabajo duro son de derechas o de izquierdas. En realidad, considerar que las virtudes o los defectos son de un signo político o de otro es una tontería monumental, y ni siquiera estoy muy seguro de que la devoción por las tradiciones sea una virtud o más bien una superchería. Pero es evidente que Eurovegas sería un santuario dedicado a la pereza, la codicia y la traición (al menos a la traición fiscal), así que cualquiera con dos dedos de frente debería rechazar ese proyecto. Y no por ideología, repito, sino por simple sentido de la decencia.

    Hablando de decencia, el miércoles pasado se murió Rafael Balaguer en Manacor. Fuimos amigos desde que íbamos al colegio de La Inmaculada, en El Terreno, donde la señorita Roselló –y que Dios la bendiga- nos enseñó a escribir las primeras letras en una cartilla. Recuerdo a Rafa con sus álbumes de Pink Floyd, o comentando con 18 años una película de Bergman, “Escenas de un matrimonio”, que a todos nos había aburrido pero que a él le pareció una obra maestra, tal vez porque ya sabía intuir qué clase de vida nos esperaba a todos. Rafa Balaguer tuvo la suerte de morir en su casa, rodeado de los suyos, y en estos tiempos en que se nos quiere arrebatar lo más elemental –el derecho a amar a los tuyos por encima de las obligaciones laborales o empresariales, el derecho a vivir una vida fundada en un mínimo deseo de permanencia, el derecho a vivir sin hacer daño a nadie-, ese final, y todo lo que yo sé de la vida de Rafa Balaguer, me permiten pensar que fue una persona afortunada. Rafa Balaguer amó y fue amado. Y eso es algo que no se puede decir de mucha gente, sobre todo si se trata de esos políticos y financieros que se empeñan en decirnos cómo debemos vivir nuestra vida.

     

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