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Eduardo Jordà


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  • 04
    Junio
    2013

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    ¡Mallorca, Mallorca!

    Ahora se puede ganar mucho dinero a costa del fútbol, pero en aquella época —hablo de los 70 y 80— las cantidades eran mucho más modestas, y lo que ganaban los entrenadores y futbolistas era muy poca cosa

    Para los aficionados más jóvenes, el descenso del RCD Mallorca a Segunda División será una contrariedad a la que no estaban acostumbrados, porque eso no sucedía desde hace 16 temporadas, pero esa larga permanencia en Primera ha sido una feliz anomalía en la historia del Mallorca. El equipo que yo conocí hace muchos años siempre estaba luchando por el ascenso o por evitar el descenso, e incluso llegó a jugar en Tercera División durante una de sus malas épocas, justo a mitad de los setenta, cuando tuvo los peores directivos y los peores técnicos que uno pueda imaginarse. Uno de aquellos directivos, al que se podía ver muy tra-jeado en el palco del Lluís Sitjar, con su habano en la boca y un aire hosco y desconfiado que no le abandonaba nunca, lo volví a ver unos años después, en una oscura foto policial, caminando esposado porque había sido detenido con un alijo de hachís. Y había otro directivo, o más bien presidente, que había comprado un título de barón no sé sabía dónde, pero los aficionados que yo conocí, en vez de llamarle como a él le gustaba que le llamasen (“señor barón”), siempre se referían a él como “el barón de Telefunken”, ya que aquel hombre tenía una tienda de electrodomésticos de esa marca y había hecho su fortuna gracias a ella. Sic transit gloria mundi.

    Supongo que ahora se puede ganar mucho dinero a costa del fútbol, pero en aquella época —hablo de los 70 y 80— las cantidades eran mucho más modestas, y lo que ganaban los entrenadores y futbolistas —y no digamos ya los directivos— era muy poca cosa si se compara con las cantidades astronómicas que llegaron con los contratos televisivos y los traspasos de jugadores, y luego con el dinero opaco que empezó a entrar en el fútbol a través de los delirios de las cajas de ahorros y de la burbuja financiera. Recuerdo que una vez, hacia 1970, tras un partido, mi padre acompañó en su coche a dos de los mejores jugadores del Mallorca. Yo imaginaba que vivirían en una gran mansión, o al menos en un piso lujoso del Paseo Marítimo, pero luego resultó que vivían en una especie de aparthotel de Son Armadans, un lugar modesto y discreto en el que hoy no pondría los pies ni un suplente de Segunda División.

    Y en el caso de los directivos, las cantidades que se podían ganar en aquella época —suponiendo que uno se dedicara a los negocios más o menos turbios— eran muy modestas si se comparan con las cifras actuales. Y por supuesto que no todos los directivos eran así, porque también había presidentes y directivos que acababan perdiendo dinero por hacerse cargo de las deudas del club en los malos momentos, o que se hacían cargo del club porque las cosas iban mal y alguien tenía que poner un poco de orden. Y repasando la lista de presidentes del Mallorca, veo que también hubo algunos que representaban a lo mejor de nuestra sociedad, como fue el caso de Félix Pons Marqués, el padre del político Félix Pons y del diplomático Josep Pons. Félix Pons, que era magistrado y jurista, fue presidente en los años 40, cuando el fútbol no daba dinero sino más bien todo lo contrario, y años más tarde fue desterrado a Fuerteventura por oponerse al franquismo y participar en lo que se llamó “el contubernio de Munich”. Cuando un club ha tenido presidentes así, nunca hay que perder la esperanza.

    Recuerdo una tarde muy calurosa de mayo, en 1986, en la playa de Es Trenc, cuando el Mallorca se jugaba el ascenso en el campo del Logroñés, y de pronto se oyó un grito que salía de un transistor, “¡gooooooooool!”, porque Luis García había marcado el gol que daba el ascenso al Mallorca. Y de repente ese alarido sacudió a la gente que estaba tomando el sol, y se repitió de boca en boca, y algunos de los bañistas empezaron a levantar los brazos desde el agua, y la gente que tomaba el sol en la arena se puso en pie y empezó a gritar “¡Mallorca, Mallorca!” Es uno de los días más bellos que recuerdo, y estoy seguro de que muy pronto se repetirá.

     

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