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Eduardo Jordà


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  • 31
    Julio
    2012

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    Mala música

    En el blog del crítico musical Alex Ross leo que los gorriones de Java prefieren la música de Bach al silencio o a la música disonante de Schoenberg. Y esos mismos gorriones son capaces de distinguir una suite para piano de Bach de una suite para piano de Schoenberg (y siempre prefieren escuchar la de Bach). Y al mismo tiempo, leo que un análisis informático de 400.000 canciones pop, compuestas entre 1950 y 2010, demuestra un empobrecimiento generalizado de los arreglos y de la instrumentación, por no hablar del aumento indiscriminado del ruido. Dicho de otro modo, un modesto gorrión de Java tiene más sensibilidad musical que el adolescente medio —mi hija, por ejemplo— que escucha en su iPod esas deflagraciones sonoras —también llamadas trance— que suenan en las discotecas de Ibiza y Magaluf, y que yo le he recomendado a un vecino como repelente para las cucarachas.

    Sí, de acuerdo, los gorriones de Java son aves canoras y tienen cierta experiencia en la materia, pero la noticia no deja de ser desmoralizadora, sobre todo porque los humanos no tenemos peor oído que los gorriones de Java, aunque los gorriones lo hayan educado mucho más por sus necesidades comunicativas. Y lo digo porque escuchar buena música, o música razonablemente decente, es algo que está al alcance de cualquiera y que no exige ningún esfuerzo, más allá de un mínimo de atención y de silencio (y ni siquiera mucho). Y que conste que no me creo ese mito bienintencionado que asegura que la buena música —igual que la lectura o el amor al arte— nos hace mejores personas. No. Lo que pasa es que la buena música —igual que la lectura o el amor al arte— nos ayudan a convivir un poco mejor. No es lo mismo tener de vecino a alguien que escucha a Bach o a alguien que escucha a Paulina Rubio, de la misma forma que no es lo mismo tener de vecino a alguien que cría gorriones de Java o serpientes de cascabel. Y lo digo porque tampoco me creo esa vieja fábula sobre el jerarca de las SS que escuchaba embelesado una sonata de Schubert antes de ir a inspeccionar su campo de exterminio. Nanay. Esos jerarcas sólo fingían que les gustaba la buena música por cuestiones de prestigio, y en realidad sólo disfrutaban con las marchas militares y los himnos de montañeros, es decir, la música trance de su época.
    Lo incuestionable es que da vergüenza comparar las canciones que escuchaba todo el mundo hace cuarenta o cincuenta años con las que se escuchan ahora. En 1966 fue número uno de ventas Strangers in the night, de Frank Sinatra, y dos años después lo fue Hey Jude, de los Beatles (un dato que hace veinte años no haría falta especificar, porque todo el mundo sabía quién cantaba Hey Jude). Y si en el verano de 1967 podías recorrer América de costa a costa, escuchando en todas las radios y gasolineras y moteles la misma música (el Sgt. Peppers de los Beatles), ahora el experimento daría resultados devastadores: quizá una mezcla de hip-hop y reggaeton y melodías pringosas de country, con añadidos esporádicos de radiaciones electromagnéticas de trance, todo a la vez, todo mezclado y por supuesto que todo al mismo volumen insoportable.

    Puede que esto sea lo que ahora se llama “democratización de la cultura”. No lo creo. La buena música pop había conseguido democratizar de verdad la alta cultura, porque hay una conexión entre las armonías vocales de los Beach Boys y los motetes renacentistas de Palestrina, y aunque es muy posible que los Beach Boys no supiesen quién era Palestrina, sí que habían escuchado la música coral que se cantaba en las iglesias. Y si uno se fija bien, es posible trazar un arco que va desde un oratorio de Hendel hasta las operetas de Gilbert y Sullivan, y que desde ahí se extiende a las armonías vocales de Martha and the Vandellas en los estudios Motown. Y eso tiene su explicación: en la década de los 50 y 60 del siglo pasado, muchos productores y arreglistas de música pop procedían del mundo de la música clásica, así que el continuum de la tradición musical no se interrumpió, sino que se diversificó y se embarcó en proyectos que podríamos llamar más modestos, aunque luego resultasen muy productivos en términos comerciales. Por eso da tanta rabia el empobrecimiento musical que se les impone —vía radios y televisiones— a los jóvenes que empiezan a escuchar música. No sé por qué, pero me da la impresión de que ese empobrecimiento musical prefigura el otro empobrecimiento —en materia de salarios y condiciones de vida— que se les viene encima.

     

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