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Eduardo Jordà


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  • 31
    Diciembre
    2013

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    Madrid

    Madrid no se merece esa imagen de ciudad fúnebre y antipática que ha arrastrado durante muchos años

    Durante muchos años Madrid tuvo fama de ser una ciudad hosca y poco hospitalaria, de funcionarios malhumorados que siempre estaban protestando por el mucho trabajo que tenían que hacer (y que nunca llegaban a terminar), y de señoronas que merendaban chocolate con churros en las cafeterías de la Gran Vía mientras miraban despectivamente a la gente que pasaba por la calle. Supongo que ese Madrid fue real alguna vez, y basta pensar en las novelas de Galdós o en las películas de Berlanga para llegar a la conclusión de que existió y no fue un mito malintencionado. Anteayer mismo estuve viendo una exposición en el Palacio Real y me encontré con unas tétricas casullas llenas de bordados con calaveras y huesos, porque esas casullas eran las vestiduras litúrgicas que debían ponerse los curas, por orden de Felipe II, cuando participaban en la ceremonia del traslado de los restos de los antiguos reyes al nuevo panteón de El Escorial. Esas vestiduras, en riguroso blanco y negro, se llamaban el Terno de las Calaveras y daban bastante miedo, sobre todo si uno pensaba que el patrimonio real dedicaba una parte importante de su presupuesto a esta clase de cosas, cuando la población española de la época vivía en la penuria o incluso pasando hambre. ¿Cómo era posible que un rey en su sano juicio dedicase su dinero a pagar casullas con calaveras? ¿Y qué triste ciudad era la que había hecho posible cosas así?

    Pero ahora, después de pasar unos días en Madrid, estoy convencido de que la capital de ese extraño país que todavía llamamos España –y no sabemos por cuánto tiempo- no se merece esa imagen de ciudad fúnebre y antipática que ha arrastrado durante muchos años. Y sí, puede ser verdad que Madrid fuera en los años de la posguerra una ciudad antipática llena de señoronas y de funcionarios con bigotito recortado, pero estoy seguro de que su mala imagen se debe en gran medida a una caricatura malévola inspirada por quienes no han vivido nunca allí, o peor aún, por quienes odian a Madrid y la acusan de todos los males que ocurren en nuestro país, para así evitar tener que asumir cualquier clase de responsabilidad en la mala gestión o en el despilfarro de fondos públicos (o incluso en la comisión de graves delitos). De hecho, Javier Marías siempre se queja de que fue Madrid la ciudad que durante la Guerra Civil más tiempo sufrió los bombardeos franquistas y más tiempo resistió los ataques enemigos, aunque la fama de ciudad heroica que se opuso con uñas y dientes a los militares sublevados se la han quedado otras ciudades que no hicieron nada de lo que sí hicieron los madrileños. Barcelona, sin ir más lejos.

    De hecho, tengo muchos recuerdos luminosos de Madrid. Recuerdo la noche que oí por primera vez una canción de los Specials en una terraza de la Ciudad Universitaria. Recuerdo los salones privados del restaurante Lhardy, y a Luis Carandell señalando el lugar donde solía sentarse el general Espartero. Recuerdo la entrada del Rock-Ola, que parecía un quirófano o el túnel que llevaba a unos urinarios públicos en una estación de metro. Recuerdo las mañanas en el Rastro, donde compré unas gafas de sol que creía que se parecían mucho a las que llevaba Lou Reed en los primeros tiempos de la Velvet Underground. Recuerdo la librería Rafael Alberti en el barrio de Argüelles y las charlas interminables con Lola Larumbe. Recuerdo el día que me encontré en Chicote a un antiguo compañero de trabajo –que había tenido que huir por problemas con la ley– disfrazado de pirata con un parche en el ojo, y luego fotografiado en un periódico porque dirigía no sé qué proyecto internacional. Recuerdo una noche en que fui caminando hasta no sé dónde, buscando no sé qué, y me encontré un cine muy raro en un barrio que no sabía dónde estaba, y me asomé al vestíbulo, y allí me encontré a una chica que había sido novia de un amigo muchos años antes (esa clase de encuentros sólo son posibles en una ciudad como Madrid). Y recuerdo las conversaciones en un colegio mayor con un chico y una chica catalanes que preparaban oposiciones –el eterno tema madrileño anterior a la España de las autonomías–, y con los que charlábamos de Frank Zappa y de cine y de libros raros. Y recuerdo las luces navideñas de la puerta de Alcalá cuando mis hijos las fotografiaban y hacía un frío de perros y Madrid me pareció una ciudad alegre y acogedora en la que valía la pena vivir. Y eso, creo, es Madrid.

     

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