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Eduardo Jordà


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  • 26
    Marzo
    2013

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    Los años del delirio

    La dictadura argentina no fue un hecho repentino que ocurriera de la noche a la mañana, ni un huracán de locura y terror que se desató en medio de la calma absoluta

    Según su cuenta de Twitter, el escritor Rodolfo Walsh está ahora en la ciudad de La Plata, en su país (Argentina), celebrando su cumpleaños. El hecho no tendría nada de particular —¿quién no recurre hoy en día a Twitter para revelarle al mundo que está comiendo una pizza o volando a Valencia?—, si no fuera porque Rodolfo Walsh fue asesinado en una calle de Buenos Aires, en marzo de 1977, por un grupo de militares de la Escuela Mecánica de la Armada, justo durante los peores años de la dictadura argentina. Entonces, ¿quién se hace pasar por Rodolfo Walsh y ha abierto una cuenta en Twitter con su nombre? Un admirador, supongo.

    Y no me extraña que Walsh tenga admiradores, porque fue un escritor colosal que inventó —o al menos fue uno de los primeros en usarlo— el género híbrido que funde la investigación periodística, la crónica literaria y la novela negra. Lo hizo en 1957 con Operación Masacre. Y lo seguiría haciendo hasta que la militancia política lo llevó a integrarse en el grupo guerrillero Montoneros, donde llegó a ser oficial de inteligencia y donde tenía los nombres de guerra de “El capitán” o “Profesor Neurus”. Y uno lamenta que el inmenso talento de Rodolfo Walsh se echara a perder en un grupo guerrillero que profesaba un confuso delirio ideológico en el que se mezclaban el nacionalismo furibundo, el cristianismo de base, el culto irracional al general Perón y la mitología revolucionaria del Che Guevara. Los comunicados clandestinos de los Montoneros, cuando anunciaban que habían ejecutado a un militar o habían volado un cuartel, siempre terminaban con la misma frase: “Perón o muerte. Viva la Patria”. Una hija de Walsh también se integró en los Montoneros, y fiel a su lema, murió en un enfrentamiento con el ejército, unos meses antes de que el propio Walsh cayera abatido mientras disparaba con una pistola del 22 a los militares que intentaban detenerlo. “Perón o muerte”, querían los Montoneros, y tuvieron las dos cosas: unos pocos meses de gobierno de Perón (y luego de su viuda), y luego seis largos años de dictadura militar en la que murieron 30.000 personas.

    Cuento todo esto porque las acusaciones —por completo infundadas— contra el papa Francisco, a causa de su supuesta colaboración con la dictadura argentina, han hecho que mucha gente vuelva a acordarse de lo que ocurrió en aquellos años. Y me temo que todavía seguimos sin tener una idea ecuánime de lo que ocurrió. Es cierto que hubo crímenes atroces por parte de los militares, con su cadena de torturas y desapariciones —y robos y expolios y hasta secuestros de bebés—, pero lo que no sé si tenemos tan claro es que esas torturas y desapariciones se produjeron en un contexto delirante de lucha revolucionaria, cuando los guerrilleros también secuestraban y mataban y robaban. Es evidente que los militares mataron a mucha más gente y en condiciones mucho más repugnantes, pero ahora se ha instalado una especie de amnesia selectiva que atribuye las culpas de lo que ocurrió entre 1976 y 1982 sólo a una parte de los implicados, olvidando que los delirios de esa izquierda en la que militaba Rodolfo Walsh, por muy bienintencionada que fuera, también tuvieron su parte de responsabilidad en los hechos. La dictadura argentina no fue un hecho repentino que ocurriera de la noche a la mañana, ni un huracán de locura y terror que se desató en medio de la calma absoluta, sino que fue precedida por una espiral de acciones terroristas y de represalias paramilitares en las que hubo muertos y heridos por ambas partes, además de robos y secuestros y simple rapiña, también por ambas partes. Y no olvidemos, por ejemplo, que los Montoneros secuestraron en 1974 a dos empresarios, los hermanos Born, por cuyo rescate obtuvieron un botín sensacional: sesenta millones de dólares ¡de 1974!, el mayor botín de la historia. ¿Qué fue de aquel dinero? Nadie lo sabe. Y si Rodolfo Walsh no hubiera militado en el grupo que cobró el rescate, él mismo podría haber escrito la historia de esos sesenta millones de dólares que se perdieron sin dejar rastro.

    Los delirios ideológicos de los años 70 también me interesan porque ciertas prácticas actuales, como el acoso a políticos en su propio domicilio —eso que en Argentina se llama “escrache”—, han surgido entre los partidarios y los herederos ideológicos de aquellos guerrilleros de los 70 que estaban convencidos de que se le podía hacer de todo al adversario, empezando por el insulto, pasando luego a la intimidación en su casa o en la calle, y terminando por negarle el simple derecho a existir. E insisto en que esa dinámica perversa se dio en los dos lados del espectro político, no en un solo, allá por los años 70. Y de nada sirvió que muchos de quienes practicaban esa política de acoso e intimidación contra sus adversarios fueran personas tan idealistas como Rodolfo Walsh. Porque al final no tuvieron Perón, pero sí tuvieron muerte. Mucha muerte.

     

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