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Eduardo Jordà


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  • 24
    Diciembre
    2013

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    Lo sagrado

    Hoy por hoy es casi imposible encontrar vestigios de lo sagrado en cualquier parte del mundo

    El otro día, viendo cómo docenas de personas tomaban fotos de la iluminación navideña, me pregunté cuántas de ellas sabría definir lo que se celebra en Navidad. Digamos que hace cincuenta años cualquier habitante del hemisferio occidental conocía bastante bien el significado de la Navidad, o al menos tenía una idea aproximada que le permitía situarla en un continuum histórico; pero hoy en día es posible que muchas de esas personas que fotografían campanas iluminadas y lucecitas arbóreas no sepan muy bien cuál es el origen de la Navidad ni cuál es el significado de esa fiesta. A lo mejor esas personas son capaces de relacionar el portal de Belén con el niño Jesús y un burro y un buey —si lo han visto en un belén o lo han oído cantar en un villancico—, pero es muy posible que tengan serias dificultades para explicar la historia de San José, o la Anunciación, o la huida a Egipto, o incluso la historia de los reyes magos de Oriente. Y es que para mucha gente todo lo que tenga que ver con la Navidad se ha convertido en una especie de fiesta de Halloween con cameos de Papá Noel, los camellos y los renos, las burbujas de champán, el gordo de la lotería y un anuncio de colonia de Calvin Klein.

    Ya sé que hay gente que todavía monta el belén en su casa o que va a la misa del gallo, y también sé que hay gente que sabe apreciar la belleza del mito de la Navidad aunque no tenga ningún sentimiento religioso. Pero en general tengo la impresión de que cada día hay menos gente así. Nuestra atención se ha vuelto muy distraída y muy impaciente, y hay algo en nuestra forma de entender la vida que se ha vuelto refractaria a todo lo que implique un mínimo de complejidad o de uso de la memoria. Y el mito de la Navidad la tiene, y mucha, porque nos remite a un mundo que no tiene sentido sin la experiencia de lo sagrado y sin la tradición de lo sagrado. Y hoy por hoy es casi imposible encontrar vestigios de lo sagrado en cualquier parte del mundo.

    Lo digo porque lo sagrado —si se puede definir de alguna manera— es todo aquello que nos supera y nos trasciende y de algún modo nos hace ser conscientes de nuestra pequeñez o de nuestras limitaciones. Y eso es algo inconcebible en el mundo de los ejecutivos financieros que ganan cientos de millones apretando una tecla del ordenador, lo mismo que en el mundo de las multitudes que caminan por la calle fotografiando la iluminación navideña mientras consultan sus WhatsApps o cuelgan una foto comiendo pizza en su página de Facebook. Los neandertales que enterraban a sus muertos hace 60.000 años ya debían de tener un débil pálpito de lo sagrado en el fondo de su conciencia, pero nosotros lo hemos perdido o estamos a punto de perderlo. En el mundo en que existe lo sagrado, el ser humano sabe que es frágil y que ignora muchas más cosas de las que conoce. Eso no significa, por supuesto, que renuncie a saber mucho más o que renuncie a vivir mejor. Para nada. Sólo significa que en el fondo de su ser hay algo indefinible que le dice que nunca podrá llegar a saberlo todo, y que justamente lo que le hace humano es saber que nunca podrá llegar a saberlo y a controlarlo y a dominarlo todo. Pero nuestra superstición actual pretende convencernos de todo lo contrario: ahora ya sí podemos controlarlo y dominarlo todo, o al menos podemos aspirar a vivir como si pudiéramos controlarlo y dominarlo todo.

    Hace dos o tres siglos, mucha gente creía que cuando daban las doce, en la Nochebuena, todos los animales que estaban en los establos se arrodillaban para honrar al niño Dios que iba a nacer en el portal de Belén. Cuando era un niño, Thomas Hardy oyó contar esa leyenda, y cuando era ya muy mayor, a los 75 años, compuso el poema “Los bueyes”, el poema que no me canso de recomendar a nadie cuando llega la Nochebuena. En ese poema, Hardy reconocía que él ya no creía en esa vieja historia que le contaron de niño —de hecho, Hardy tenía fama de antirreligioso porque estaba peleado con todas las iglesias—, pero que si alguien le propusiera ir a ver a los bueyes arrodillados en el establo, “yo me iría con él en la penumbra/ con la esperanza de poderlos ver”. Ahí tenemos la mejor definición de lo sagrado que conozco: ese deseo de internarse en la oscuridad, sin saber muy bien hacia dónde ir, sólo por la esperanza de encontrar algo que nuestra razón y nuestra mente nos demuestran que es imposible. Eso es lo sagrado, eso es la Navidad. Feliz Navidad.

     

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