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Eduardo Jordà


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  • 12
    Febrero
    2013

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    La grandeza de una renuncia

    Benedicto XVI era —y sigue siendo— un hombre de una grandeza intelectual difícil de encontrar en una sociedad como la nuestra

     

    Es curioso el odio que todavía despierta la iglesia católica entre mucha gente que vive en países donde la iglesia no tiene ningún poder (en Europa, por ejemplo). De hecho, Facebook o Google o Twitter —o incluso el Barça— son instrumentos sociales con mucho más poder, en términos de influencia en las formas de vida de la gente, que la iglesia católica y el Papa Benedicto XVI. Pero aun así, la mayoría de comentarios que se veían ayer en las ediciones digitales de los periódicos sobre la renuncia del Papa eran ofensivos o humillantes. “Nazi”, “inquisidor”, “corruPPto”, “retrógrado”, “enano bolchevique”, se podía leer en los comentarios anónimos. Es cierto que hay muchos perturbados y muchos aburridos crónicos navegando por Internet, y que muchos de ellos ni siquiera saben por qué escriben lo que escriben (y para darse cuenta, basta reparar en que se expresan con una sintaxis propia de un chimpancé). Pero la agresividad con que se expresaban estos personajes anónimos daba miedo, sobre todo porque uno se pregunta qué sabían todos ellos del Papa Benedicto al que dedicaban esos insultos. ¿Habían leído sus libros, muchos, por cierto, y muy bien escritos? ¿Habían escuchado alguno de sus sermones? ¿Habían leído sobre su vida? Por supuesto que no. Pero todo eso daba igual. Había que insultar y ofender porque era el Papa, fuese quien fuese ese Papa y hubiera escrito lo que hubiera escrito.

    No escribo esto guiado por la fe, porque no soy creyente, pero he hablado mucho con Daniel Capó sobre el pensamiento de este Papa que acaba de renunciar a su cargo, y también he leído algunas de las cosas que escribió, y estoy convencido de que Benedicto XVI era —y sigue siendo— un hombre de una grandeza intelectual difícil de encontrar en una sociedad como la nuestra. Uno puede estar o no de acuerdo con lo que escribía el Papa, pero era innegable la vastedad de los conocimientos teológicos y filosóficos de este hombre, y sobre todo, la sutileza de su intelecto y la forma en que sabía razonar cuando proclamaba su fe en Dios y el humanismo que extraía de esa fe (ya que para él, la fe y el humanismo eran dos circunstancias inseparables). Y aunque muchas de las cosas que decía Benedicto XVI podían incomodarnos a los que no creemos en los mismos dogmas en los que él sí cree, es incuestionable que Benedicto XVI ha sido un pensador de primera categoría. Lean, si no, esta reflexión sobre la belleza y el dolor que aparece en uno de sus escritos: “Quien cree en Dios, en el Dios que se ha revelado precisamente en la apariencia desfigurada del Crucificado, sabe que la belleza es la verdad y que la verdad es la belleza, pero en el Cristo sufriente también aprende que la belleza de la verdad contiene la ofensa, el dolor e incluso el oscuro misterio de la muerte, y que esto sólo puede ser encontrado cuando se acepta el sufrimiento, no cuando se le ignora”. Si reparamos en esta frase, veremos que en ella no hay sólo teología, sino pensamiento y también poesía. En ella resuenan las ideas de Platón, pero también los versos de Keats y hasta la metafísica de Heidegger. ¿Quién podría haber escrito una frase así en nuestra sociedad? Me resulta muy difícil imaginar a ese alguien. Y habría que remontarse a Simone Weil o incluso a Tolstoi para encontrar a un pensador capaz de escribir una frase que tenga la misma profundidad y el mismo aliento poético que esta frase de Benedicto XVI: ese hombre al que algunos ignorantes llamaban ayer “corruPPto”, “inquisidor” o “retrógrado”.
    Ya sé que la escenografía y la pompa vaticanas pueden parecer ridículas y antipáticas —y lo son—, pero había algo en este Papa que parecía demostrar que se encontraba incómodo bajo tanta casulla recamada con hilo de plata y tanto ornamento dorado abrillantado con netol. Hay una foto en la que Benedicto XVI parecía literalmente aplastado por una gigantesca custodia de oro que estaba levantando en no sé qué ceremonia. Y en muchas fotos se le veía incómodo en los actos oficiales, como preguntándose por qué tenía que perder su tiempo en aquel sitio, rodeado de personas a las que no tenía ningún interés en escuchar, en vez de estar leyendo o escribiendo en su despacho de trabajo. Imagino lo que ha tenido que sufrir este hombre tan inteligente, en los ocho años de su papado, al oír o al leer las estupideces gargantuescas que dicen y escriben muchos cristianos que dicen actuar en su nombre. Y también imagino lo que debió de sufrir con el escándalo —o más bien sainete— del robo de los documentos secretos del Vaticano por parte de su mayordomo, un asunto que quizá le haya impulsado a tomar la decisión de retirarse a un monasterio.

    Y por último, en una sociedad en la que nadie reconoce que se ha equivocado o que no está capacitado para desempeñar su cargo —por graves que hayan sido sus errores o incluso sus delitos—, es un alivio oír a alguien que está en la cumbre de una jerarquía de alcance universal reconociendo que ya no tiene fuerzas para seguir en su puesto. No tenemos muchos ejemplos de grandeza en nuestra vida diaria, sino más bien todo lo contrario. Vivimos rodeados de mentirosos y de cobardes y de gentes venales. Ya era hora de encontrarse con la prueba evidente de que hay otra manera de hacer las cosas.

     

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