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Eduardo Jordà


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  • 26
    Noviembre
    2012

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    La entropía hispánica

    Cuando las tropas republicanas desembarcaron en la costa de Porto Cristo, en agosto de 1936, una columna anarquista se empeñó en internarse por el lecho de un torrente embarrado (es Riuet), con el propósito de llegar a Manacor en el tiempo más corto posible. Uno de los pocos militares profesionales que había en la expedición aconsejó a los anarquistas que se metieran por otro sitio, porque aquel torrente podía convertirse en una ratonera, pero los anarquistas le respondieron que ellos no aceptaban órdenes de nadie, y menos aún de un militar profesional, así que se metieron en el torrente, inflamados por la idea del triunfo de la revolución libertaria, rumbo a Manacor y rumbo a la gloria. Los franquistas tenían una ametralladora apostada sobre el torrente y ni siquiera tuvieron que tomarse la molestia de apuntar. En media hora, o quizá menos, los republicanos perdieron trescientos hombres sin que los franquistas sufrieran una sola baja.
    Eso ocurrió el primer día del desembarco, cuando los republicanos lo tenían todo a favor para ganar el combate. Sin embargo, ocurrió justo lo contrario. Tras el episodio del torrente, la desmoralización cundió entre los republicanos y ya nunca más volvieron tomar la iniciativa, hasta que dos semanas más tarde la expedición del capitán Bayo tuvo que volver a Barcelona sin haber conseguido avanzar nada más que uno o dos kilómetros tierra adentro. Rafel Ferrer Massanet me contó esta historia en su casa de la Plaça de les Verdures, en Manacor, hace ahora unos veinte años. Y él la conocía de buena tinta, porque se la habían contado algunos de los propios soldados mallorquines que manejaban la ametralladora que liquidó la columna anarquista.
    Cuento esto porque hay una especie de ley histórica hispánica que nos condena a la entropía, esto es, al desorden y al caos en su grado máximo. En el mismo frente de Porto Cristo, los republicanos se fueron desplegando por secciones en las que cada grupo de milicianos tenía su propia bandera: la rojinegra de los anarquistas, la roja con la hoz y el martillo de los comunistas del PSUC, la ‘estelada’ de Estat Català... La bandera republicana
    —que era la que se suponía que estaban defendiendo todos aquellos milicianos— quizá sólo ondeaba en los barcos, y ni siquiera estoy muy seguro de ello porque toda la flota republicana estaba en poder de los comités de marineros que eran también comunistas o anarquistas. Y durante los primeros meses de la guerra, hasta que no se creó el Ejército Popular republicano —controlado por los comunistas—, cada grupo político hizo la guerra por su cuenta, al tuntún, sin obedecer órdenes y sin planificar las operaciones. Manuel Chaves Nogales lo contó en alguna de sus crónicas desde el Madrid sitiado por los franquistas: se podían ver banderas rojas y rojinegras por todas partes, y siglas de docenas de comités y de milicias y de organizaciones obreras en las fachadas de todos los organismos públicos, pero la bandera republicana no se veía por ninguna parte. Cuando más falta hacía la unidad contra el enemigo común franquista, más dispersa estaba la resistencia republicana en grupos y en organizaciones distintas, muchas veces enfrentadas entre sí y combatiéndose las unas a las otras.

    Las elecciones del domingo en Cataluña vienen a demostrar la existencia de esa ley histórica que podría llamarse la ley de la entropía hispánica. En una situación de verdadera emergencia nacional, y en una comunidad arruinada que no tiene dinero para pagar a sus empleados públicos, a un líder de un partido político no se le ocurre otra cosa que convocar unas elecciones —que encima plantea como una especie de plebiscito mussoliniano— con el propósito de separarse de otro país arruinado y que tampoco tiene dinero para pagar a sus empleados públicos ni para mantener en funcionamiento sus hospitales. Todo parece un ejemplo práctico de la ley de la entropía hispánica: a mayor cantidad de problemas, mayor cantidad de caos; a mayor cantidad de retos que resolver, mayor cantidad de desorden acumulado y de incapacidad para llegar a soluciones consensuadas.
    Y el resultado de las elecciones catalanas, por supuesto, sólo confirma la existencia de esa fatídica ley histórica: más caos, más ingobernabilidad, más grupos distintos —algunos tan pintorescos como la CUP— embarullando la toma de decisiones, y más incapacidad para consensuar una política que intente poner un poco de orden y de sensatez en medio del desbarajuste. ¿Alguien entiende algo?
     

     

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