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Eduardo Jordà


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  • 14
    Agosto
    2012

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    La crisis de la cultura

    Entre nosotros se ha instalado una cadena deductiva que asocia de forma automática los “recortes presupuestarios” con la “crisis de la cultura”. Para mucha gente, si el Estado y las comunidades autónomas dejan de apoyar o financiar los servicios culturales, hay una crisis de la cultura

    En la bendita Radio 3 escucho una entrevista con el músico francés Dominique A —un gran músico, por cierto—, y en cierto momento el entrevistador le pregunta sobre estos tiempos de “crisis de la cultura a causa de los recortes presupuestarios”. Dominique A no parece entender muy bien la pregunta y habla de sus fuentes de inspiración: la vida en el campo, su infancia, sus amigos, los quintetos de viento, la poesía, las nubes, la gran ciudad… Esas cosas, para él, son las que de verdad cuentan, y ninguna de ellas parece depender de los recortes presupuestarios.

    Mientras conduzco, reflexiono sobre la cadena deductiva que se ha instalado entre nosotros y que asocia de forma automática los “recortes presupuestarios” con la “crisis de la cultura”. Para mucha gente, parece evidente que hay una razón causal entre los recortes y la crisis: si hay una disminución de las subvenciones, o si el Estado y las comunidades autónomas dejan de alguna forma de financiar los servicios culturales, hay crisis de la cultura. Pero esto no es cierto. O al menos no es del todo cierto. En los primeros tiempos de la Transición, cuando Miquel Barceló y los demás pintores mallorquines de su generación empezaban a exponer sus cuadros, o cuando algunos de nosotros soñábamos con publicar algún día un libro, la simple mención de los “recortes presupuestarios” o del “apoyo institucional” nos habría parecido una burla, o peor aún, un insulto. A nadie se le pasaba por la cabeza contar con ninguna clase de apoyo institucional o de financiación pública, porque el Estado era un ente maléfico del que todos desconfiábamos y del que había que mantenerse alejado a toda costa. Y Cristóbal Serra, que pertenecía a una generación anterior, compartía esa misma desconfianza: el Estado controlaba, censuraba, manipulaba, así que cualquier artista debía vivir de espaldas al Estado y al dinero público, acostumbrándose a buscarse la vida por su cuenta. Si Tòfol Serra quería publicar un libro, tenía que enviárselo a “Na Beatriz” —como decía él—, y sólo ella decidía. “Na Beatriz” era Beatriz de Moura, la editora de Tusquets, que se jugaba su dinero -privado- publicando lo que le interesaba. Así de sencillo.

    Ahora, en cambio, cualquier poeta o pintor —y no hablemos ya de actores o directores de cine— se cree con derecho a disfrutar de toda clase de ayudas institucionales, así que cualquier recorte presupuestario, por leve que sea, se interpreta como una catástrofe cultural que está poniendo en peligro los cimientos de la civilización. Pero todo eso es muy matizable. Para mí es una crisis cultural —y además gigantesca— que se recorte el presupuesto de las bibliotecas públicas o que se cierren muchas de ellas por falta de personal. Y es una crisis cultural que se grave con un IVA del 21% los libros de texto y las entradas de cine. Pero en otros aspectos no veo tantos motivos para las quejas entre los profesionales de la cultura, sobre todo cuando otros colectivos lo están pasando muy mal (mi hermana, que trabaja en la sanidad pública, me comenta que es muy posible que le dejen de pagar 400 euros al mes). Insisto en que necesitamos unos buenos servicios culturales financiados con dinero público, y ahí están, sin ir más lejos, la bendita Radio 3 o Radio Clásica. Y lo mismo podría decirse de una buena cadena de televisión pública y de una red pública de teatros. Pero eso no significa que toda actividad cultural deba ser financiada o apoyada con fondos públicos, como muchos artistas y profesionales de la cultura parecen creer. La verdadera cultura, como decía Dominique A, está un poco en todas partes: está en la gran ciudad, o en las nubes, o en la vida en el campo, o en los recuerdos de infancia. Y está, sobre todo, en el talento, que es una criatura mucho más caprichosa que el Estado y sus recortes presupuestarios.

     

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