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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 04
    Septiembre
    2012

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    Kostas

    Tengo un alumno griego que estudia Física. El otro día estuve charlando un rato con él. Como es natural, salió a relucir la situación de Grecia. Y entonces mi alumno (al que llamaré Kostas) dejó traslucir una mirada de una tristeza avasalladora. Era como si acabara de recibir una noticia terrible: la muerte de alguien muy cercano, no un familiar, desde luego, pero sí un amigo muy próximo. Kostas no ha cumplido aún los veinte años y es un privilegiado. Es guapo, es muy inteligente, tiene novia y encima estudia en una buena universidad de Estados Unidos, pero basta que alguien cite el nombre de Grecia para que todo se le venga abajo.

    ¿Qué ha pasado aquí? Hace unos diez años, la mención de nuestro país de origen —si era un país de la Unión Europea— era algo que todos sobrellevábamos con bastante indiferencia, por lo general con ironía o con escepticismo y nada más. Con la excepción de esos tipos pintorescos que salen a la calle envueltos en una bandera española (o en una bandera catalana o en una ikurriña, que para el caso es lo mismo), a casi todos nos importaba muy poco ser de un lugar o de otro, aparte del amor y el orgullo que podíamos sentir por algunas cosas nuestras. Ser de un país o de otro no era una cuestión trascendental que iba a determinar para siempre el destino de cada uno, sino más bien una especie de accidente al que uno se acostumbraba sin problemas, como ser rubio o moreno, alto o bajo, gordo o flaco. Ahora, en cambio, reaccionamos de una forma muy distinta: o con una especie de agresiva arrogancia, o por el contrario —como ocurre en el caso de Kostas— con una dolorosa mirada de tristeza. Y ya no hay lugar para la ironía y la despreocupación, que son las formas más saludables de relacionarse con el país que uno considera suyo.
    El problema de la generación de Kostas, en toda Europa, es que ha crecido en medio de una mentira gigantesca. Porque toda la prosperidad europea de los años dorados se fundó en la estafa sistemática a la que fueron sometidos los jóvenes. Se les hizo creer que la prosperidad sería ininterrumpida, cuando en realidad nadie sabía si el crecimiento económico iba a continuar. Se les hizo creer que se podía pre-jubilar sin problemas a casi toda la generación que acababa de cumplir 50 años —la generación de sus padres—, cuando eso significaba que la generación de Kostas iba a tener que sostener con sus minijobs y sus trabajos precarios las pensiones de jubilación de dos generaciones seguidas: la de los que tenían 50 años al jubilarse y la de los que tenían 75. Y se les hizo creer que vivían en economías sólidas que podían permitirse el lujo de dar asistencia médica gratuita —y educación, y servicios sociales— a los inmigrantes ilegales, cuando nadie sabía si el nivel disparatado de gasto público iba a permitirlo. En definitiva, se les hizo creer que vivían en un mundo en el que por el solo hecho de nacer ya se disponía de una serie de privilegios irrenunciables, cuando nadie sabía hasta qué punto se podían mantener los costes de esos derechos.

    Lo único bueno de esta historia es que Kostas, junto con algunos de los mejores miembros de su generación, va a aprender a la fuerza cosas que nadie le inculcó. Porque Kostas aprenderá que está obligado a devolver una parte de sus conocimientos y de sus ganancias a la comunidad que lo está pasando muy mal en su país de origen. Y también aprenderá que la decencia y la responsabilidad individual son las únicas garantías de una vida digna. Y aprenderá a desconfiar de los demagogos y de los embaucadores que han gobernado su país —y el nuestro— durante los últimos veinte años. Y cuando Kostas descubra un día cómo hacer frente al cambio climático, o cómo eliminar de una forma segura los desechos radiactivos —y estoy seguro de que lo hará—, también recordará que una vez estuvo a punto de llorar cuando oyó nombrar a su país, sólo que aquel mismo día decidió que eso no volvería a ocurrirle nunca.

     

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