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Eduardo Jordà


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  • 12
    Junio
    2012

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    Jugando al escondite

    Hay algo insoportablemente pueril en esa imagen de un presidente del gobierno que da saltos en la tribuna de un campo de fútbol, contemplando el partido de su selección, cuando su país acaba de recibir un préstamo de 100.000 millones de euros para evitar un más que probable corralito bancario. Todo ese dinero tendrá que tapar los boquetes de un sistema financiero que ha sido saqueado por una camarilla en la que participaban partidos políticos, empresarios, sindicatos y financieros, empezando por el propio partido de ese presidente del gobierno que parece muy feliz de que su selección empate con Italia. En la historia de nuestro país será difícil encontrar un caso semejante de desvergüenza, estupidez y codicia trabajando juntas para llevarnos al desastre colectivo, pero esto no parece preocuparle al presidente del gobierno que grita de alegría en un campo de fútbol de Gdansk, esa ciudad que los alemanes llamaban Danzig y que fue la causa inmediata de la Segunda Guerra Mundial. Él sigue tan tranquilo y feliz, igual que su gobierno, igual que sus ministros, muchos de los cuales podrían ser sustituidos por un robot japonés sin que se notase diferencia alguna con sus prestaciones actuales.

    No sé si podemos hacernos muchas ilusiones con respecto a ese rescate de la banca. Muchas de esas cajas de ahorros han estafado a sus clientes con el engaño de las participaciones preferentes y la promesa de los beneficios distribuibles, y aun así van a beneficiarse de una gran inyección de capital procedente de fondos europeos, pero de momento nadie les ha pedido a sus gestores que devuelvan ese dinero o al menos den alguna explicación a la gente que ha sido estafada. Otras cajas y bancos han invertido de forma delirante en operaciones inmobiliarias que ni siguiera un chimpancé borracho habría sido capaz de emprender, mientras que otras se han dedicado a conceder a sus gestores unos sueldos dignos del sultán de Brunei, pero nadie ha pedido a los gestores de esas cajas y bancos que pidan disculpas, o que al menos expliquen por qué hicieron lo que hicieron.

    Porque ahora llega lo mejor de todo: ni desde el gobierno ni desde la oposición se ha exigido que una comisión parlamentaria investigue todo lo que ha pasado. Es evidente que este rescate no nos va a salir gratis, sino todo lo contrario, y cada uno de nosotros tendrá que pagar mucho más de lo que ya paga para devolver los intereses de ese préstamo (y seguro que tendremos que pagar ese rescate de mil formas diferentes). En un caso así, lo mínimo que se podría hacer es averiguar qué ha pasado y quiénes han sido los responsables, y al menos obligarles a dar una explicación. Puede que su conducta fuera legal —yo tengo mis dudas—, pero desde luego fue bochornosa. Y alguien tendría que dar la cara.

    Pero me temo que eso va a ser difícil. Llevo mucho tiempo diciendo —y siento repetirme— que el principal problema de nuestra sociedad es que ha desaparecido por completo la idea de responsabilidad individual. Un día, hacia 1992, coincidiendo con la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona —y coincidiendo con el momento en que nos creímos los reyes del mambo de toda Europa— esa idea desapareció por completo de nuestro mapa moral. Escribo “mapa moral”, pero ese concepto también se evaporó por completo. Y así, ningún cargo público y ningún personaje importante de nuestra sociedad volvió a referirse a la responsabilidad o a la moral. Habíamos entrado en la Era de la Felicidad Irrenunciable y Garantizada por el Estado, así que debíamos olvidarnos para siempre de esos dos conceptos tan molestos. Y así hemos llegado hasta hoy, cuando el presidente del gobierno levanta los brazos, exultante de júbilo, en una tribuna de fútbol, justo cuando su país acaba de acogerse al rescate financiero más gigantesco de la historia de Europa.

     

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