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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 18
    Septiembre
    2012

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    Irrealidad

    Una de las cosas que más me llamaba la atención en muchas películas de Almodóvar era que nadie trabajaba. Los protagonistas vivían en áticos lujosos, iban vestidos con ropa cara y eran aficionados a la buena vida, pero no estaba muy claro cómo se la ganaban. Había, eso sí, un juez travesti, pero no quedaba claro si se ganaba la vida como juez o como travesti (o como las dos cosas a la vez). Y había actrices que no rodaban películas, pero que seguían viviendo como si rodasen una nueva película cada año. Todos esos personajes vivían en una especie de nebulosa en la que el dinero se daba por supuesto. Digamos que se tenía por alguna razón misteriosa, casi por una especie de predestinación. De alguna forma, esos protagonistas se habían ganado el derecho a vivir de modo “glamouroso” sin dar palo al agua. Y como la conducta de esos personajes no era delictiva ni criminal, al espectador no le quedaba más remedio que concluir que todos esos personajes vivían de una subvención o una paguita. Estatal, por supuesto.

    Digo esto porque las películas de Almodóvar, siempre exitosas y siempre muy bien recibidas por el público, son el mejor retrato de los últimos treinta años de vida en nuestro país: mucho glamour, mucha transgresión y mucho amor por el lujo y por la buena vida, pero todo pagado con dinero público. Que yo sepa, no hay un solo personaje de Almodóvar que sea empresario o tenga un negocio o se gane la vida trabajando de una forma más o menos “burguesa”. En sus películas no hay médicos ni abogados ni maestros, ni profesores de universidad, ni agentes de ventas ni técnicos de márketing ni empleados públicos, sino que todos sus personajes se dividen en dos clases: la gente que vive en un piso cutre y que no hace nada más que beber cerveza y rascarse la tripa y matar al marido con un hueso de jamón, con lo cual hay que inferir que vive del paro, o bien “modernos” que viven en pisos elegantes y bien situados que nadie sabe muy bien cómo consiguen pagarse, con lo que hay que concluir que todos viven de una subvención o una paga o una ayuda estatal. Ellos, por supuesto, no son conscientes de ello, porque sólo se consideran “artistas”, o mejor aún, “modernos”. Y no olvidemos que ser moderno, en el cine de Almodóvar, es una categoría no sólo existencial, sino también laboral. En sus películas uno podía vivir —y muy bien— de eso.
    Lo cuento porque el cine de Almodóvar es el mejor ejemplo del síndrome de irrealidad que se ha apoderado de nosotros durante estos años. La gente iba al cine a ver “una de Almodóvar” y salía encantada de la película, sin preguntarse qué sociedad era ésa en la que nadie trabajaba pero todo el mundo se pegaba la gran vida, tal vez porque en la propia vida del espectador sucedía algo muy parecido. Y así, muchos —y yo no me excluyo— hemos llegado a pensar que el dinero caía del cielo y estaba a nuestra disposición durante todo el tiempo que quisiéramos. Es cierto que había gente que las pasaba canutas, y becarios cobrando 600 euros, y trabajadores explotados de mala manera, pero en general todos vivíamos como en las películas de Almodóvar, sin saber muy bien cómo, y sin preguntarnos qué circunstancias nos permitían seguir llevando ese tren de vida.

    Y sólo así se explica —por el síndrome de irrealidad, repito— que unas 50.000 personas se hayan manifestado en Madrid pidiendo un referéndum sobre los recortes brutales del gobierno. Y ya no hablo del medio millón de personas que se manifestó en Barcelona pidiendo la independencia de Cataluña. Comprendo el cabreo generalizado y comprendo la rabia y la frustración de la gente por la política errática de un gobierno confuso y en muchos casos inepto, pero me pregunto si estos manifestantes tienen una idea muy clara de lo que están pidiendo, y peor aún, si tienen una idea más o menos fiable de lo que está ocurriendo. Ante todo, ¿a quién afectaría el resultado del referéndum? ¿Al gobierno de Madrid? ¿Al de la Unión Europea? ¿A Angela Merkel? ¿A los fondos de inversión que invierten en la compra de deuda pública española? ¿O más bien a los fondos de inversión que se niegan a comprar deuda pública de las autonomías, entre ellas la catalana? Y en el caso de los independentistas catalanes, ¿es que no saben que la mayoría de las autonomías —empezando por la catalana— están arruinadas y han tenido que pedir el rescate al estado central? ¿Y no saben que España también está arruinada y va a pedir muy pronto el rescate a la Unión Europea? ¿No se dan cuenta de que un pedigüeño le está pidiendo prestado a otro pedigüeño, algo que podría ser un chiste de Gila pero que es la situación real que vivimos? No, para nada —dicen—, la culpa es de Madrid, que nos expolia y nos roba lo que es nuestro. Exacto: el síndrome de la irrealidad.

     

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