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Eduardo Jordà


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  • 24
    Julio
    2012

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    Incendios

    En España tenemos una legislación que podría llenar cien depósitos de información digital como el de Megaupload. Pero luego resulta que nuestra legislación anti-fraude fiscal es un coladero (por decirlo de una forma elegante), y ningún condenado por corrupción está obligado a devolver el dinero que ha robado o ha hecho desaparecer.

    La otra noche me despertó una vaharada de aire caliente que entró por la ventana, y me di cuenta de que el aire olía a humo. Aquella misma tarde habíamos visto una gran nube oscura que ascendía desde la tierra como si fuera un tornado. La nube se iba acercando hacia nosotros desde el oeste, muy deprisa, pero nadie supo decir qué era. Como es natural, se hicieron cábalas y conjeturas, cosa a la que son muy aficionados los veraneantes, y también se oyeron los típicos comentarios sobre el Apocalipsis y el fin del mundo, que ahora vienen siempre acompañados por referencias a la prima de riesgo y a los recortes salariales. Pero nos fuimos a dormir sin saber qué diablos era la nube negra, hasta que luego, ya de madrugada, al oler el humo, supimos que era un incendio. Nos lo confirmaron, a la mañana siguiente, las marcas de hollín en las sillas de la terraza.

    Comento esta experiencia porque es algo que muchos de nosotros hemos conocido este verano, y que desde hace mucho tiempo se ha convertido en una noticia habitual que ya no sorprende a nadie. Hasta ahora hemos tenido el incendio de Son Caliu, y el incendio en Galicia, y el incendio del Alt Empordà, y los incendios de Tenerife, y los incendios en Valencia, y ya no cito más porque no los recuerdo, aunque estoy seguro de ha habido muchos más. Siempre se dice que los incendios han sido provocados, pero muy pocas veces sabemos de alguien que haya sido detenido, y mucho menos de alguien que haya sido juzgado y condenado. Hace poco se juzgó a un excursionista que había provocado un incendio en Guadalajara al encender una barbacoa en pleno verano, justo en un lugar en el que estaban prohibidas las barbacoas. En el incendio murieron once bomberos y técnicos forestales, pero al acusado sólo le cayeron dos años de cárcel y una multa. La multa era muy alta, sí, pero los dos años de cárcel parecen una condena muy leve cuando habían muerto once personas por culpa de una grave irresponsabilidad que además era un delito.
    En España tenemos una legislación que podría llenar cien depósitos de información digital como el que tenía el dueño de Megaupload. Estoy seguro de que en algún sitio está legislado con qué clase de guantes se debe recolectar el pimiento del piquillo, y cómo debe afinarse la gaita gallega y la chirimía mallorquina, y cuál es el protocolo a seguir para la autopsia de un hombre que ha sido acuchillado en el abdomen, y cómo se debe enlatar una merluza capturada en el Atlántico Norte por un barco conservero. Pero luego resulta que nuestra legislación anti-fraude fiscal es un coladero (por decirlo de una forma elegante), y ningún condenado por corrupción está obligado a devolver el dinero que ha robado o ha hecho desaparecer, y la profusa legislación anti-incendios, que probablemente detalla de forma exhaustiva el equipamiento que deben llevar los bomberos y los guardas forestales —con el grosor exacto que deben tener las suelas de las botas y la longitud mínima que deben alcanzar las mangueras—, no prevé un castigo severo para el responsable de un incendio que ha provocado once muertes. Y así vamos.

    Si muy poca gente confía en la solidez de la economía española, es porque casi todo el mundo sabe que tenemos una legislación tan inextricable que a la larga es imposible de aplicar. Es curioso, por ejemplo, que para negociar una rebaja en la compra de productos farmacéuticos por parte de la Administración, o para discutir el calendario de vacunaciones infantiles, se tengan que reunir los Consejeros de Sanidad de las 17 autonomías, que al final de la reunión se vuelven a su casa habiendo estrechado muchas manos y habiendo firmado cientos de papeles, pero sin haber tomado ninguna decisión importante. Y lo mismo puede decirse de los incendios, que a veces tienen la mala costumbre de extenderse por dos o tres comunidades vecinas, sin que nadie sepa muy bien quién debe tomar las decisiones ni dirigir la lucha contra el fuego, hasta que la gran nube negra empieza a ascender como un tornado, y todo el mundo empieza a hacer cábalas sobre la llegada del Juicio Final.

     

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