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Eduardo Jordà


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  • 02
    Abril
    2013

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    Imprima la leyenda

    ¿Por qué hay gente que sigue empeñada en creerse que Dylan estuvo en Formentera? Porque es una historia que a todos nos gustaría que fuese real. No hay nada más hermoso para el mito de la Formentera hippy que una estancia casi secreta de Bob Dylan en la isla.

    En un documental del canal 33, llamado “Les illes escollides” —que fue grabado en el año 2008—, se hablaba de los músicos de los años 60 y 70 que habían vivido o pasado algún tiempo en Mallorca o en Ibiza y Formentera. En el documental había una entrevista con Kevin Ayers en su casa del sur de Francia, donde moriría cinco años más tarde, y con otros miembros fundadores de Soft Machine (con el batería Robert Wyatt, por ejemplo, que no sé si llegó a vivir en Mallorca, aunque creo que no, pero que tenía una conexión mallorquina a través de Deià). Y también se hablaba de los dos conciertos de Jimi Hendrix en Palma, en julio de 1968, los únicos que Hendrix dio en España.

    Todo eso estaba muy bien. Pero ese documental también decía que Bob Dylan había pasado una temporada viviendo en un molino de viento en Formentera, en el verano o en la primavera de 1967, justo cuando se recuperaba del famoso accidente de moto en Woodstock y huía de la fama y más o menos estaba componiendo las canciones de “John Wesley Harding”. Como testimonio de la estancia de Dylan en Formentera, el programa incluía una entrevista con Pío Tur, que fue un profesor de música ibicenco y tuvo un cargo político en los primeros tiempos de la autonomía (y que murió hace ya unos años). En la entrevista, Pío Tur decía haber jugado al ajedrez con Dylan en la fonda Casa Pepe, en Sant Ferran, y también decía que Dylan leía a San Agustín cuando vivía en el molino, y que por eso pudo componer la canción “I Dreamed I Saw Saint Augustine”, una de las mejores de “John Wesley Harding” (ahora ya hay en YouTube un molino de Formentera al que llaman “el molino de Dylan”). En el programa no se decía nada más, pero en estos últimos años yo ya había leído más información sobre la misteriosa estancia de Dylan en Formentera. Se decía que había llegado a la isla por recomendación de un amigo escritor, un americano que tenía el apodo de Bob el de la Casa de los libros. O que un actor inglés del Living Theater le hacía de chófer y nunca se separaba de él. O que había llegado con una maleta llena de dólares. O que jugaba al ajedrez en la Fonda Pepe con un joven isleño, lo que nos llevaba de vuelta al testimonio inicial de Pío Tur.

    El problema de esa historia, que lleva circulando bastante tiempo, es que nadie ha podido confirmarla. Ni una sola biografía de Bob Dylan —y hay muchas— habla del viaje de Dylan a Formentera. Y nadie ha exhumado una sola foto de Dylan en Formentera, ni en el molino de viento ni en la Fonda Pepe, ni mucho menos leyendo a San Agustín o jugando al ajedrez. Google enmudece cuando tecleamos Dylan y Formentera, una cadena que sólo nos remite al programa de Canal 33 y a algunos artículos de prensa que reproducen el testimonio de Pío Tur. Y aparte de este hombre, nadie más recuerda el paso de Dylan por Formentera. Si tuvo un chófer inglés que lo llevaba a todas partes, ese chófer debía de ser la persona más discreta del mundo (a no ser que fuese ciego y sordomudo, con lo cual es difícil que llegara a conducir un coche, incluso en la Formentera donde todo estaba permitido), porque ese hombre no dijo nada ni escribió nada. Y si Dylan llegó con una maleta llena de dólares, nadie sabe muy bien qué hizo con ellos, a no ser que los arrojara al mar en una especie de ceremonia simbólica de purificación de los vicios del capitalismo. Y no debemos olvidar que Formentera no era la clase de sitio donde Dylan podía pasar desapercibido en el verano de 1967. Si lo que buscaba era huir de la fama y vivir sin que nadie supiese quién era, más le habría valido retirarse a vivir en un pueblo de La Mancha.

    ¿Por qué hay gente que sigue empeñada en creerse que Dylan estuvo en Formentera? Porque es una historia que a todos nos gustaría que fuese real. No hay nada más hermoso para el mito de la Formentera hippy que una estancia casi secreta de Bob Dylan en la isla. Da igual que nadie la haya probado o que no quede ningún rastro ni ninguna prueba fehaciente: si alguien dice que vio a Dylan en Formentera, si alguien lo repite, si alguien insiste en que eso fue real, los demás acabaremos creyéndolo. Investigando un poco el tema, he visto que dos personas que también han seguido la historia —Mariano Planells y Climent Picornell— no han encontrado ninguna razón para creer que esa historia sea cierta. Es una leyenda que nos creemos porque es verosímil —aunque nunca fuese probada— y sobre todo porque nos gustaría que fuese así, nada más. Pero todo apunta a que seguimos siendo mucho más crédulos de lo que nos creemos, en este asunto igual que en muchos otros que afectan a la política o a la economía. Y aceptamos los hechos sin verificarlos, sólo porque esos hechos nos gustan o nos interesan si son de una forma y no de otra. “Imprima la leyenda”, decía el periodista borrachín de “El hombre que mató a Liberty Valance” cuando ponía en marcha su rotativa. Y eso mismo seguimos haciendo.

     

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