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Eduardo Jordà


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  • 08
    Abril
    2014

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    ¡Gorda!

    Leo que Alfonso Rojo, en uno de esos debates televisivos de no sé qué cadena, llamó “gorda” a la militante antidesahucio Ada Colau. El argumento de Rojo era muy curioso: según él, Ada Colau no podía protestar contra el sistema porque estaba muy gorda, ya que los gordos, se supone, comen muy bien. Si estuviera flaca, o mejor aún, cadavérica, sí que podría protestar contra un sistema que condena a mucha gente a pasar hambre y a vivir mal. Pero una chica gordita y más bien saludable no puede protestar.

    El argumento de Rojo es de una tosquedad que pone los pelos de punta. Cualquiera que haya pisado un poco la calle sabe que la obesidad suele estar relacionada con las clases sociales menos pudientes. En América es un hecho evidente, y también lo es en España. Los ricos que pueden permitirse una dieta sana son los que conservan mejor la línea, mientras que la gente que tiene que ajustar los presupuestos al máximo presenta una tendencia mucho mayor a la obesidad. Los gitanos rumanos que buscan chatarra por los contenedores o que tocan el acordeón en las esquinas, por ejemplo, suelen estar bastante gordos, pero no porque coman mucho y bien, sino porque comen productos de mala calidad y casi siempre en pésimas condiciones.

    Y en América ocurre lo mismo: cuanto más bajo es el nivel social, más gordos hay. En el centro comercial Walmart, en la ciudad de Pennsylvania en la que viví hace casi dos años, a partir de determinada hora de la noche uno se encontraba con unas siluetas enormes que respiraban con dificultad y se movían con una lentitud exasperante: eran los obesos mórbidos que pesaban más de 150 kilos y que no se atrevían a salir de día por miedo a que los vieran sus conciudadanos, así que se veían obligados a hacer sus compras muy tarde, casi a escondidas, como si estuvieran infringiendo una ley que les afectaba sólo a ellos. Recuerdo haberme cruzado una vez con una familia entera, padre, madre y dos hijos, que debían de sumar entre todos una tonelada de peso. El padre llevaba una pierna vendada, y la madre tenía que sostenerlo a la vez que empujaba el carrito de la compra, y los hijos caminaban detrás con la cabeza gacha, como si por nada del mundo quisieran que los asociaran con aquellas dos sombras gigantescas que se bamboleaban delante de ellos. Casi no había nadie en el supermercado, y cuando me crucé con ellos en un pasillo vacío, frente a las góndolas donde se exhibían los pavos para el Día de Acción de Gracias, me pregunté en qué círculo del infierno me había metido. Y puedo asegurar que aquella familia no tenía nada de opulenta. Eran granjeros más bien miserables que debían de vivir en una granja destartalada perdida en algún sitio, supongo que a base de ayudas de una organización caritativa y una misérrima pensión de la Seguridad Social.

    Ya he dicho muchas veces que a mí no me cae bien Ada Colau, porque me molesta mucho ese tono admonitorio con que se empeña en repetirnos que ella y los que son como ella son los “buenos”, ya que están de parte de los que sufren, mientras que nosotros —los que no somos como ella— somos unos sádicos y unos egoístas y unos burgueses. Pues bien, yo me creo a los “buenos” cuando procuran hacer lo que hacen sin llamar la atención ni convertirse en líderes de nada, y sobre todo si no cobran ni viven muy bien de ello, porque ya estoy un poco harto de todo ese tinglado de los solidarios profesionales que viven —y bastante bien— a base de ayudas y subvenciones públicas. Pero eso no es motivo para que se critiquen las opiniones de Ada Colau —o de quien sea— con el argumento de que está gorda. Eso es simplemente estúpido.

    Y más estúpido aún es que en casi todos los debates televisivos sólo aparezcan opinadores, de un lado o de otro, que representen lo peor y lo más dogmático y lo más zafio de los dos extremos del ideario político, tanto a derecha como a izquierda. Nunca se invita a moderados ni a personas dialogantes, nunca hay gente que razone o que medite lo que dice. Al contrario, siempre se elige a los que más gritan y a los que dicen más barbaridades. Por fortuna la gente de la calle no es así, al menos de momento. Pero nadie debería olvidar que ese griterío y esa estupidez se van contagiando. Y uno nunca puede saber hasta dónde acaba llegando.

     

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