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Eduardo Jordà


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  • 05
    Agosto
    2013

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    Felicidad

    El amor —o sus correlatos, el afecto y la comprensión y el cariño— son sentimientos que han desaparecido por completo de la escala de valores con los que se analizan las cuestiones más importantes de la vida

    En un chiringuito veo a un padre que está silbando en el oído de su hijo, un bebé que no debe de tener más de un año. Luego el padre sigue jugando con el niño, lo coge en brazos, lo acaricia, y vuelve a silbarle esa melodía improvisada en el oído. El niño sonríe y todos lo que estamos cerca de él podemos ver que es feliz. Pero el adjetivo “feliz” no es suficiente para describir lo que ese niño está sintiendo, porque la emoción que se ha apoderado de él es mucho más profunda y más compleja y quizá se parezca más a lo que los antiguos llamaban “beatitud”. La felicidad sólo es posible de entender como un elemento terrenal, y por tanto destinado a desaparecer en muy poco tiempo. La beatitud, en cambio, tiene una dimensión trascendente que la equipara con los raros momentos de la vida en que uno consigue salir de sí mismo y alcanzar otra dimensión de la realidad. Podemos llamarlos momentos de éxtasis. O momentos en los que no sabemos muy bien lo que nos sucede, pero en los que sí sabemos que eso —sea lo que sea— nos está transformando para siempre. Eso es lo que llamo beatitud. Y que conste que no estoy hablando de un fenómeno religioso.

    Los pintores del Quattrocento sabían muy bien cómo describir la beatitud cuando pintaban un nacimiento en Belén o una adoración de los pastores o a una Madonna sosteniendo a su hijo. El niño que se ve en sus cuadros es un niño como cualquier otro, pero al mismo tiempo es un niño rodeado por un aura que lo protege de todo mal. Porque ese niño está a salvo del poder del tiempo que todo lo destruye y del poder del mundo que todo lo corrompe. Mientras sonría en brazos de su madre o mientras reciba la visita de los pastores en un pesebre, ese niño de los Maestros Antiguos ha entrado en otra dimensión de la realidad en la que sólo existen ese éxtasis tranquilo y esa calma benigna. Y eso es lo que le sucede al niño del chiringuito que sonríe en brazos de su padre. Sea lo que sea lo que ahora esté sucediendo dentro de él —las conexiones neuronales, los cortocircuitos emocionales—, su cerebro guardará para siempre la memoria de este momento de plenitud y armonía. Y en cierta forma, esa memoria lo hará indestructible. Y eso es lo que también llamo beatitud.

    ¿Por qué hablo de todo esto? Por una razón muy sencilla, y es que el amor —o sus correlatos, el afecto y la comprensión y el cariño— son sentimientos que han desaparecido por completo de la escala de valores con los que se analizan las cuestiones más importantes de la vida. Puede que sea porque son emociones, y por tanto no son mensurables ni cuantificables (¿podría establecerse un índice de los países más ricos en afecto, en vez de un índice de los países más ricos en petróleo?). O puede que sea porque vivimos en un mundo dominado por un economicismo voraz que no tolera intromisiones de nadie. Ya lo sabemos: se puede medir la pobreza de una familia, pero no se puede medir el afecto que une a dos personas o el amor que vincula a unos padres con sus hijos. Y por lo tanto, todos esos elementos que son reales y que existen y que influyen de forma definitiva en nuestra forma de ser y de actuar, han desaparecido de las estadísticas y de los estudios sociales. A efectos del mundo oficial, es como si no existieran.

    Cuando era capellán de la cárcel de Palma, Llorenç Tous me contó que el 90% de los internos no habrían acabado allí dentro si hubieran podido tener un poco de afecto cuando eran niños. Por eso me gusta ver a ese padre que silba en el oído de su hijo pequeño. Ese gesto está inspirado por el afecto genuino y por el amor de verdad. Y ese gesto, si continúa en el tiempo, dará su fruto. Porque sé que ese niño, cuando llegue a adulto, se lo pensará dos veces antes de despedir a alguien de su trabajo. Y tratará con consideración a quien trabaje con él. Y sabrá ponerse en el lugar de los demás, y así entenderá a los que en apariencia son muy distintos de nosotros. Y siempre sabrá tener en cuenta el sufrimiento y el dolor ajenos. Y será muy rico, sí, muy, muy rico.

     

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