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Eduardo Jordà


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  • 24
    Septiembre
    2013

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    Fanáticos

    No sabemos nada del funcionamiento de una mente humana. Sabemos, más o menos, cómo funcionan las conexiones neuronales, pero no sabemos cómo se crea un fanático

    Parece ser que una mujer inglesa, apodada la “viuda blanca”, es una de las integrantes del comando yihadista que asaltó el centro comercial en Nairobi. Incluso hay un rumor que la sitúa como jefa del comando. De momento todo son incógnitas, pero la personalidad de esta mujer es bastante llamativa. Se llama, o más bien se llamaba, Samantha Lewthwaite, ya que ahora ha cambiado su nombre de pila por el de Sherafiyah, que le parece más adecuado a su nueva personalidad. Tiene 28 años. Nació en Irlanda del Norte, donde su padre estaba destinado como soldado del ejército británico, y luego creció en una ciudad provinciana del centro de Inglaterra. Sus padres se separaron cuando ella tenía once años. A los quince conoció a una familia musulmana del vecindario y al poco tiempo se convirtió al Islam.

    Hasta aquí la historia es más o menos normal, pero a partir de este momento empieza la parte fascinante. Primero Samantha se puso el velo que le cubría el pelo, pero poco después eso le pareció muy poca cosa y empezó a taparse por completo, hasta que sólo dejó los ojos al descubierto. Años después conoció en un chat islamista a un jamaicano que también se había convertido al Islam. Los dos se casaron y tuvieron un hijo. En julio de 2005, cuando Samantha Lewthwaite estaba esperando otro hijo, su marido se hizo volar por los aires en los atentados del metro de Londres. Unos días después, en venganza por el atentado, alguien arrojó una bomba incendiaria contra la casa de Samantha Lewthwaite y la policía tuvo que ponerle una escolta y protección domiciliaria. Samantha —o Sherafiyah, porque ahora es difícil saber quién es quién— hizo unas declaraciones en las que decía que su marido había sido “envenenado” por las ideas de los clérigos radicales, pero el caso es que un día desapareció de Inglaterra con sus hijos. Un rumor la situó en Kenya, donde se dedicaba a hacer proselitismo para la yihad y enseñaba a cometer atentados suicidas. Otro rumor decía —como parecen confirmar los hechos— que se había integrado en la milicia somalí de Al-Shabaab. Y otro rumor decía que la viuda blanca era un mito inventado por la policía y que en realidad esta mujer no tenía nada que ver con los hechos que se le atribuían, y si había desaparecido de la circulación, quizá sólo lo había hecho porque intentaba hacer su vida lejos de todo el mundo que le recordaba su vida pasada.


    En Internet hay fotos de Samantha Lewthwaite: en unas aparece como una colegiala británica con camisa blanca y corbata de nudo, y en otras como una mujer con velo negro sosteniendo un bebé. Pero la cuestión más difícil de averiguar es el proceso mental que lleva de una a otra foto: y qué hizo que una colegiala sonriente se convirtiera en una mujer velada que aceptó casarse con un hombre, también converso, que al final se convirtió en un terrorista suicida. Ahí hay una incógnita que todavía no estamos en condiciones de investigar: cómo se fabrica un fanático, como funciona un cerebro para ir asimilando el odio y convertirlo en un estilo de vida, y qué función tienen el aislamiento y la soledad —una cierta orfandad anímica, como si dijéramos— en la toma de decisiones que implican una aceptación implícita de la violencia y del terror.


    Esta mujer era una chica que un buen día se convirtió al Islam porque conoció a una familia musulmana. Y a partir de ahí, la transición fue gradual: primero el velo en el pelo, luego el velo completo, luego el matrimonio con otro converso, y luego, por fin, el atentado suicida que la dejó viuda y embarazada. ¿Sabía que su marido iba a hacer lo que hizo? Y si es así, ¿cómo se lo permitió? ¿Y por qué le dejó que lo hiciera? ¿Por qué aceptó quedarse viuda y dejar que sus hijos se quedaran huérfanos de padre? Ahí está el misterio. Y por mucho que imaginemos, por mucho que nos preguntemos, no sabemos nada del funcionamiento de una mente humana. Sabemos, más o menos, cómo funcionan las conexiones neuronales, pero no sabemos cómo se crea un fanático. ¿Se debió todo a la necesidad de encontrar una familia adoptiva que sustituyera a la familia perdida? ¿O se debió al amor, a un concepto monstruoso del amor que le impulsó a aceptar todo lo que decía su marido? ¿O fue al revés, fue ella la que convenció al marido? ¿O se debió más bien a la bomba que le lanzaron tras los atentados, porque eso fue lo que de verdad la impulsó a dar el paso definitivo? ¿O fue todo a la vez? Imposible saberlo. Y todo sigue siendo un misterio.

     

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