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Eduardo Jordà


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  • 22
    Mayo
    2012

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    Familia

    Hay una corriente de pensamiento que atribuye todo lo malo de la vida a la existencia de la familia. Para mucha gente que se las da de avanzada, una familia es un instrumento de dominación patriarcal y una estructura caduca que sólo sirve para aniquilar al individuo. En una familia te destruyen como persona, te manosean, te humillan y te someten, si es que no hacen cosas aún peores. Y hay docenas de doctrinas –desde el marxismo hasta el psicoanálisis- que culpan a la familia de todas las taras de los seres humanos, hasta el punto de que los dos grandes totalitarismos del siglo XX -el comunismo y el nazismo- se propusieron sustituir a las familias tradicionales por el Partido, que era quien debía educar a los ciudadanos y formarlos en los principios morales adecuados.

    Y los prejuicios contra la familia continúan en nuestra sociedad, aunque sea con otras coartadas ideológicas. Las familias son conservadoras, machistas, religiosas, burguesas, aburridas, castrantes (uso sus propios argumentos). Y cuando se habla de familia o de un concepto familiar de la vida, mucha gente sólo piensa en las familias de la Mafia o en la adjudicación de los cargos públicos a los familiares más próximos (y en el Mediterráneo tenemos demasiados ejemplos de ello). También pensamos en esas pintorescas asociaciones a favor de la familia que sólo sirven para defender ideas retrógradas y atacar a los divorciados y a los homosexuales.
    Pero ahora resulta que la familia está sirviendo para evitar los peores efectos de la crisis económica. Y si no ha habido aún un grave estallido social, es porque muchas familias se ayudan y comparten todo lo que tienen. Hay abuelos que pagan las deudas de sus nietos, padres que se hacen cargo de las hipotecas de sus hijos, y hermanos que conservan el trabajo y ayudan en lo que pueden a sus hermanos que se han quedado en paro. Y en un mundo en el que nadie puede creer en nada, y en el que todas las certezas se tambalean, y en el que nada dura y todo es mentira, de pronto hay gente que descubre que su familia es lo único de lo que puede fiarse. No es poca cosa.               
            
    Y pos supuesto que cuando hablo de familias no me refiero al modelo tradicional. Si hay afecto y confianza, puede haber muchas clases de familia, y de hecho cada día aparece un nuevo modelo. Conocí una vez a un tipo que estaba vivo de milagro. Era homosexual y había sido yonqui en los años ochenta y noventa, sin tomar precauciones y sin preocuparse de lo que hacía, así que estuvo coqueteando con el sida y con una sobredosis durante mucho tiempo. Por suerte logró salir vivo de todo aquello y dejó la heroína. Cuando ya se acercaba a los cincuenta, conoció a una mujer bastante más joven que vivía sola con su hijo. Al cabo de un tiempo, aquel tipo se fue a vivir con esa mujer. Supongo que los dos descubrieron que estaban solos y necesitaban convivir con alguien. Supongo que se dieron cuenta de que por primera vez en su vida habían encontrado a alguien con quien podían compartir su vida. Y el caso es que aquel ex-yonqui se convirtió en el tutor legal del niño. Según me contaron unos amigos que tenían a sus hijos en el mismo colegio, era el padre más preocupado por el niño y el que se involucraba más en su educación. Era él quien iba a ver a los tutores, quien llevaba y traía al niño y quien se ocupaba siempre de él. A primera vista, aquel tipo no tenía ninguna de las condiciones que se le suponen a un buen padre, pero resultó ser mucho mejor que otros padres más convencionales. No sé si esta unión de tres personas que en un principio no tenían nada que ver se puede considerar una familia, pero funcionó como una buena familia, y eso es lo importante. Si entre ese padre y ese hijo hubo afecto, confianza y comprensión –y estoy seguro de que lo hubo-, todos salieron ganando. Ojalá sigan juntos.

     

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