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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 16
    Abril
    2013

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    Entre dos fuegos

    Formo parte de ese grupo —tan escaso, por lo que parece— de los dubitativos, los escépticos, los tibios y los escarmentados

    Creo que pertenezco a un grupo social muy raro: me dan miedo tanto los banqueros como los que claman contra los banqueros, y temo igual a los que desahucian como a los que organizan escraches anti-deshaucios. Formo parte de ese grupo –tan escaso, por lo que parece- de los dubitativos, los escépticos, los tibios y los escarmentados. No me gustan los experimentos políticos ni la ingeniería social, y procuro tener muy en cuenta lo que nos enseña la Historia, una disciplina que ahora ya casi se ha convertido en una especie de Astrología donde a cada uno se le hace un horóscopo a su medida. Ya sé que los tibios no solemos caer bien: la Biblia maldecía a los tibios (“A los tibios vomitaré de mi boca”, clamaba el Apocalipsis), y desde entonces se han apropiado de este lenguaje incendiario todos los que sólo creen en la furia y el arrojo y la voluntad. Y ahí están los nazis y los comunistas, y los nacionalistas centralistas y los nacionalistas periféricos, y luego todos los que se apuntan al griterío histérico de los populismos de derecha o de izquierda –o al populismo antisistema, que es el peor de todos porque recoge los defectos de todos los populismos-, y que siempre acaban siendo lo mismo: una dulce forma de engaño en la que unos cuantos siguen aprovechándose de los demás, con la excusa de luchar por la patria amenazada o por el pueblo que sufre la injusticia.

    Si pudiera elegir —aunque ya sé que no puedo elegir—, preferiría vivir en un lugar en el que no hubiera ejecutivos bancarios ni especuladores que impusieran sádicas políticas de austeridad después de haberse embolsado docenas de millones de euros, pero también me gustaría vivir en un lugar en el que no hubiera ruidosos activistas (por lo general financiados con dinero público) que están convencidos de que son santos en un mundo lleno de pecadores, ni profesionales de la solidaridad y de la justicia ciega, ni iracundos funcionarios del odio ni de la manipulación. O dicho de otro modo, preferiría vivir en un país en el que no hubiera personajes como Rodrigo Rato o Emilio Botín, pero tampoco como Ada Colau o como Cayo Lara (o como Alberto Garzón, ese diputado de IU que dice que “no” vivimos en una democracia, y entonces uno se pregunta qué hace él en este Parlamento que no es democrático, cobrando un dinero que tampoco es democrático y disfrutando de unos privilegios que tampoco son democráticos).


    Son las cosas que te ocurren si eres un moderado, esa actitud —porque no es convicción ni ideología, sino tan sólo una actitud— de la que nadie presume y que nadie suele proclamar en público, por miedo a ser considerado un débil, un cobarde, o peor aún, un tibio, pues ya sabemos por el Apocalipsis que a los tibios hay que arrojarlos por la boca. Y eso explica que casi todo el mundo prefiera decir que es transgresor y vanguardista, o partidario de la modernidad o de la ultramodernidad, o cualquier cosa que suene a aceleración y dogma y griterío. Pero los moderados desconfiamos de todo lo que sea aceleración y dogma y griterío, porque sabemos –o al menos intuimos- que las cosas siempre se miden por una gama infinita de tonos. En la Inglaterra anterior a Margaret Thatcher había que pedir por escrito –y con tres copias- el permiso para cambiar una bombilla en un periódico, y eso es un hecho, aunque eso no signifique que uno deba desear la desaparición de todos los sindicatos. Ni una cosa ni otra.

    Los moderados tampoco creemos en todas esas formas bondadosas del humanismo sentimental. Porque los tibios sabemos que las peores mentiras y las peores injusticias se disfrazan siempre con el ropaje de lo sentimental. Y si no nos interesan los partidarios de la insensibilidad extrema que defienden que cada uno se busque la vida según la ley de la jungla, tampoco nos gustan los bienintencionados lugares comunes del “sabio” profesor Sampedro, por ejemplo, ni todos los sermones solidarios que hablan de los “pobres” como si fueran una exótica especie animal en riesgo en extinción. Y sí, ya lo sé, los tibios no caemos bien. Pero somos testarudos. Y me temo que ya no vamos a cambiar

     

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