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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 07
    Agosto
    2012

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    Encantamientos

    Por las mañanas oigo una especie de sintonía —apenas diez notas de un sonido parecido a una flauta— que llegan no sé muy bien desde dónde. Al principio creía que eran la musiquilla de un afilador, aunque hace siglos que no se ven afiladores por aquí, hasta que hace poco descubrí que esa sintonía era la de una furgoneta que vende pan por las urbanizaciones que están lejos de los centros comerciales, como ésta en la que paso las vacaciones. La música del panadero es muy simple —ya lo he dicho, apenas diez notas—, pero tiene una cadencia hipnótica que parece obrar el efecto de un encantamiento, como si fuera el canto de un mirlo dotado de poderes mágicos. Mi hijo tararea esa sintonía por las noches, antes de dormirse, y cada mañana, cuando la oye de nuevo, sonríe como si se reencontrara con un amigo a quien hacía tiempo que no veía. Si Mozart hubiera podido oír la sintonía del panadero, estoy seguro de que habría incluido esas diez notas en “La flauta mágica”.

    ¿Quién ha compuesto esta sintonía? Imposible saberlo. El caso es que el panadero la hace sonar para atraer a los clientes, del mismo modo que los pájaros cantan para atraer a las hembras y para delimitar su territorio. Pero uno se pregunta si las aves no cantan también por el simple deseo de cantar, igual que el panadero puede haber buscado esta sintonía —que quizá ha compuesto él mismo— no sólo para vender pan, sino también porque le gusta la música y esa música que suena en su furgoneta consigue hacerle feliz. Osip Mandelstam decía que los humanos necesitan la poesía igual que necesitan el pan, y estoy convencido de que lo mismo se podría decir de la música.
    En la cueva de Hohle Fels, en el sur de Alemania, se halló hace poco una flauta de marfil y otra flauta fabricada con un hueso de buitre. La noticia no sería importante, si no fuera porque esas dos flautas fueron talladas hace 40.000 años, en el Paleolítico Superior, y han aparecido junto a una figurilla femenina —conocida como la Venus de Hohle Fels— que debía de ser una especie de amuleto sexual y es la muestra de arte figurativo más antigua que se conoce. Todo eso demuestra que el arte está unido, desde los orígenes del homo sapiens, al instinto sexual y a las ceremonias de la fertilidad, pero también a la magia y a los ritos que trataban de ponernos en contacto con lo desconocido. Y es posible que los habitantes de la cueva de Hohle Fels tocaran la flauta en las danzas de iniciación sexual o en los ritos chamánicos, pero también es posible que la tocaran simplemente porque les gustaba oír un sonido que fuera tan hermoso como el canto de un pájaro. La música es una necesidad innata en los humanos igual que lo es en los pájaros, y si somos seres racionales capaces de hablar y de pensar, es porque una vez, hace miles de años, intentamos imitar a los pájaros. Y eso nos devuelve a la sintonía del panadero y a su hermosa melodía de sólo diez notas.

    Por lo que he descubierto, en la furgoneta del panadero trabajan un chico y una chica. No sé si son hermanos o si son pareja, pero cada día llegan con el pan, se anuncian con su sintonía y luego gritan “¡Panadero!” para que nadie se olvide de su llegada. Imagino que sólo trabajan en verano, ya que en invierno no hay nadie por aquí, y también imagino que no tienen trabajo fijo ni perspectivas de encontrarlo, pero al menos han tenido la determinación de intentar salir adelante. Uno de nuestros grandes pasatiempos nacionales es la explosión ciega de rabia por lo mal que nos van las cosas, aunque no todo el mundo se tome la molestia de intentar mejorar su situación personal. Por eso admiro a esa pareja de la furgoneta del pan, que se anuncia con esa sintonía que suena como el canto de un mirlo y que mi hijo tararea por las noches cuando se va a la cama. No sé por qué, su simple presencia es una muestra de que aún hay un resquicio para la poesía en las cosas de cada día. Después de todo, Osip Mandelstam tenía razón.

     

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