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Eduardo Jordà


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  • 02
    Enero
    2013

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    En la calle 52

    Hace poco, en Nueva York, llegué caminando no sé cómo hasta el final de la calle 52, frente al East River. La calle se terminaba en una verja que cortaba el paso, porque más abajo había un gran declive que iba a dar al pequeño parque de Sutton Place. Estuve un rato allí, sin hacer nada, asomado a la barandilla. Era un día festivo y había gente entrando y saliendo de los edificios: los hombres iban vestido con abrigos oscuros y zapatos relucientes (y algunos señores incluso llevaban sombrero de fieltro), y las señoras llevaban abrigos que me parecieron muy antiguos, como si los acabaran de sacar de un armario lleno de polillas. Y de pronto tuve la sensación de que volvía a estar en la Palma de mi infancia, a mediados de los años sesenta, en algún lugar que podría ser es Salt des Ca, por ejemplo, o quizá el Paseo Mallorca cerca de sa Feixina, a donde íbamos a jugar con mi amigo Rafa Balaguer cuando teníamos diez años y la gente de nuestro barrio también se vestía con abrigos oscuros y algunos señores todavía llevaban sombrero. Nueva York puede parecer una ciudad muy moderna, y lo es en algunas zonas, pero otras zonas —como Sutton Place— no lo son en absoluto. Y el aire que se respira allí es el de una inalterable ciudad de provincias perdida en medio de ninguna parte: una ciudad burguesa, aburrida y respetable. La ciudad en la que crecimos Rafa Balaguer y yo.

    Luego descubrí que John Cheever vivió seis años en aquel barrio de Nueva York (en un edificio que todavía existe, en el 400 de la calle 59), cuando fingía ser un circunspecto ejecutivo que se ponía su traje (el único que tenía) y cogía su maletín y se iba al trabajo con los demás vecinos, a las ocho en punto de la mañana, sólo que él no salía a la calle, sino que se metía a escondidas en el sótano donde tenía su estudio de escritor. Pensé que a Rafa Balaguer le hubiera hecho gracia conocer aquello, igual que le hubiera gustado aquel rincón de Nueva York que se parecía tanto —por su atmósfera y por la forma de caminar de la gente— a la Palma que los dos habíamos conocido en nuestra infancia. Sólo que Rafa se murió en abril pasado, así que ya iba a ser imposible que se lo contara, o peor aún, que algún día pudiera enseñarle aquella barandilla que daba a Sutton Place Park y aquellos sólidos edificios de ladrillo marrón, sobre todo el edificio en el que había vivido John Cheever. También pensé que los dos teníamos la misma edad, pero él ya no estaba aquí, mientras que yo podía estar apoyado en la barandilla, mirando el East River y los vecinos de la calle 52 que se saludaban como se saludaban nuestros vecinos           —una leve inclinación de cabeza los hombres, una especie de leve sacudida del mentón por parte de la mujeres—, y pensando en mi lejana infancia en Palma: una Palma que ahora apenas existe y que ni Rafa ni yo podríamos reconocer como nuestra propia ciudad.
    Aquel día también pensé en lo distinto del mundo actual que era el mundo en el que habíamos crecido Rafa Balaguer y yo. Nuestras familias eran grandes, de muchos hermanos, y teníamos que compartir habitaciones y baños y autobuses del colegio. Nuestros padres y nuestros profesores nos elogiaban el ahorro, el trabajo, la respetabilidad y la decencia (si supimos estar a la altura de lo que nos enseñaron, eso ya no lo sé). No era de buena educación exhibir el dinero ni despreciar a los que tenían menos que nosotros. Un día, cuando íbamos a salir a la calle muy peripuestos, la madre de Rafa nos dijo que siempre debíamos pensar que había gente que no tenía lo mismo que nosotros. Los dos, lo recuerdo muy bien, nos pusimos rojos de vergüenza. Por suerte hay gente que todavía enseña las mismas cosas a sus hijos, pero me temo que no es mucha, ya que la mayoría prefiere alardear del dinero o del lujo de la forma más desvergonzada posible. Y no sólo eso, sino que está dispuesta a hacer lo que sea con tal de ganar ese dinero y exhibir ese lujo.

    Y entonces recordé la frase con que John Cheever terminaba uno de sus cuentos: “En una noche así, los reyes de áureas vestiduras atraviesan las montañas cabalgando en sus elefantes”. Y pensé en Rafa Balaguer y en la serenidad con que había aceptado la muerte que le había tocado a él y no a cualquier otro, y pensé que la grandeza de algunas personas —muy pocas— era como aquellos reyes que nadie veía, pero que estaban allí, cabalgando sobre sus elefantes mientras atravesaban las lejanas montañas.

     

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