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Eduardo Jordà


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  • 10
    Septiembre
    2013

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    En el monasterio

    Este mismo sosiego y esta misma propensión a la meditación es justo lo que ha faltado en el debate del TIL, tanto por parte del Govern como por parte los sindicatos de profesores.

    La semana pasada subí en coche al santuario de Cura, en el centro de la isla. No había ido allí desde los tiempos de colegial, cuando nos llevaban de excursión en autocar y los profesores nos dejaban jugar al fútbol en la explanada del monasterio. Mientras mis hijos jugaban en la misma explanada, recordé a aquellos profesores que nos traducían las inscripciones en latín, al mismo tiempo que nos advertían sobre los peligros de comer madroños o nos exhortaban –uso un verbo que ellos usaban mucho- a no jugar al escondite justo donde empezaban los precipicios. Aquellos profesores –ahora todos jubilados- pertenecían a una época que ya no existe. Uno nos hablaba de Celibidache, que no era un futbolista rumano sino un director de orquesta. Otro nos decía que se podía hacer gran literatura escribiendo una columna de fútbol. Otro verificaba el alcance de nuestro vocabulario llamándonos “gaznápiroS”. Otro nos ponía en clase un disco de los Beatles que acababa de salir (el “Rubber Soul”, si no recuerdo mal). Y otro nos hablaba del frío que pasó cuando luchaba en la batalla de Teruel.
    Todos aquellos profesores ganaban poco y tenían que dar sus clases sabiendo que estaban vigilados, pero eran pacientes y considerados y supieron enseñarnos lo más importante que puede enseñar un profesor, que no es bioquímica o literatura, sino cómo hay que mirar las cosas y cómo hay que saber asomarse a todo lo que hay ahí fuera, o ahí abajo, o incluso donde uno ni siquiera se imagina que hay algo. No sé si esta clase de profesores existen todavía, pero me gustaría pensar que sí, y que aún hay educadores que saben hacer su trabajo como aquellos profesores que nos llevaban al santuario de Cura y nos enseñaban los puntos cardinales y nos iban nombrando las montañas y luego nos iban identificando los pueblos de la isla, pero que sobre todo nos enseñaban a mirar con nuestros propios ojos y a descubrir cosas que se suponía que no podíamos ver.
    Y por supuesto, allá en la cima del Puig de Randa, pensé en el clima enrarecido que se ha instalado en la isla por culpa del TIL y del anuncio de huelga indefinida por parte de los docentes. He dicho enrarecido, pero las cosas han ido mucho más allá y quizá habría que hablar de una especie de envenenamiento masivo de las relaciones sociales. Hay amigos que me cuentan que las cenas familiares acaban de mala manera a causa de esta historia. Y mis sobrinos me hablan de amenazas veladas en los colegios y de un clima irrespirable de odio y de desconfianza. Pero en el santuario de Cura –y eso es lo bueno- reinaba el silencio y todo era paz. Los pocos turistas que había se movían en silencio, como si no se atreviesen a abrir la boca por miedo a decir algo indecoroso, y en la ermita de Sant Honorat había un retiro para gente que sólo quería meditar. Gente sabia, sin duda.
    Este mismo sosiego y esta misma propensión a la meditación es justo lo que ha faltado en este debate, tanto por parte del Govern como por parte los sindicatos de profesores que han reaccionado de una forma puramente instintiva. Porque el Govern ha hecho las cosas mal y con muy escasa disponibilidad al acuerdo, pero los sindicatos de profesores han reaccionado de forma demasiado airada, hasta que al final todo se ha convertido en uno de esos espectáculos de guiñol en que dos muñecos se dan garrotazos en un teatrillo de madera, ante un público que ríe y grita y pide más garrotazos y más gritos. Y todo eso, se mire como se mire es lamentable. Y allí, en el santuario de Cura, tuve la impresión de que nadie se preocupaba de verdad por la educación y sus problemas, sino que el Govern –y el PP- usaban este decreto para convencernos de que eran los dueños del cotarro y podían hacer lo que quisieran con él. Y los sindicatos de profesores actuaban de una forma tribal y arcaica, como hombres primitivos bailando a los pies de la montaña sagrada que guardaba los mitos de la tribu. Y nadie recordaba que la educación consiste en llevar a unos niños hasta la cumbre de una montaña, sólo para enseñarles a ver todo lo que se divisaba desde allí. Todo, repito, y no sólo lo que les interesa a unos pocos.

     

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