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Eduardo Jordà


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  • 09
    Julio
    2013

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    En El Escorial

    Felipe II quiso dejar muy claro cuál era su ideal de gobierno: una mezcla de fortaleza, cuartel y monasterio, un lugar en el que nadie pudiera caer en la tentación de pensar que la vida podía ser un pasatiempo agradable

    Cuando pensamos en la España cerril y granítica, en la España que se empeñaba en vivir encerrada en sí misma, en la España imperial que miraba con recelo todo lo que llegaba de fuera o se apartase del ideal castellano —austero, severo, sin una sola concesión a la sensualidad o al humor—, siempre pensamos en la arquitectura monolítica de El Escorial. Dicen que Felipe II mandó construir allí el palacio y el monasterio porque era el centro exacto de la península ibérica. No lo sé. Lo que está claro es que Felipe II quiso dejar muy claro cuál era su ideal de gobierno: una mezcla de fortaleza, cuartel y monasterio, un lugar en el que nadie pudiera caer en la tentación de pensar que la vida podía ser un pasatiempo agradable o un camino de rosas. En el colegio nos contaban que el Escorial se construyó imitando la forma de una parrilla —la parrilla en la que fue martirizado San Lorenzo—, pero no sé si eso es verdad. Lo que sí es verdad es que hay pocos edificios que desprendan un aire tan gélido y tan inhóspito. El otro día estuve paseando un rato por el patio y la basílica y me pregunté cómo sería vivir allí. En un momento dado alcé la vista y vi una cabecita diminuta asomada a una de las ventanas más altas. Pensé que estaba viendo un fantasma, cuando alguien me dijo que en aquella parte del edificio había un colegio (el colegio de los agustinos del Escorial) y que aquella cabeza sería probablemente la de un alumno interno que estaba sacudiéndose el aburrimiento de un día caluroso de verano en un colegio vacío. Pobre chico.

    En cierta forma, la idea de las dos Españas surgió de proyectos como los de El Escorial. La España que expulsó a los judíos y a los moriscos, y que mandó a la hoguera a los reformistas protestantes que se atrevían a pensar por su cuenta, y que quemó los libros de los erasmistas y de los herejes, y que expulsó a los artesanos flamencos por miedo a que cayeran en el protestantismo, era la España rocosa e inamovible de El Escorial. Y a lo largo de nuestra historia, la visión granítica que simbolizaba ese edificios siempre había acabado imponiéndose a todos los que habían intentado pensar de otro modo. Curiosamente, Manuel Azaña, el que llegó a ser un efímero presidente de la II República y que soñaba con una España distinta, mucho más abierta y más receptiva a todo lo que viniera de fuera, estudió en el colegio de los frailes agustinos de El Escorial. Y quizá también se pasó algún día de verano asomado a una de las ventanas altas del edificio, contemplando el paisaje pétreo de la sierra del Guadarrama y soñando con vivir en un país que fuera un poco más amable y un poco más considerado con los que no pensaban como todo el mundo. Y ya sabemos cómo acabó todo aquello. Azaña murió en el exilio, en Francia, perseguido por los nazis y los franquistas tras la derrota de la guerra civil.

    Pero el otro día, paseando por El Escorial, también me pregunté si todo lo que simbolizaba aquel edificio de granito y pizarra, tan imponente como el paisaje que le rodeaba, seguía siendo una realidad en el país actual donde vivimos. Porque ese mito de la España cerril y paranoicamente centralista, tan alimentado por los independentistas catalanes y vascos, no sé si sigue existiendo en la España de Tele5 y Sara Carbonero y los Sanfermines y las macrodiscotecas ibicencas. Aunque no lo parezca, El Escorial tenía una de las mejores bibliotecas de Europa, y Felipe II era un lector febril que se pasaba la vida leyendo tratados de historia o libros de astronomía (le gustaba mucho Copérnico), al igual que le gustaba la música y se pasaba horas escuchando motetes en la capilla. Está claro que su visión de la vida se basaba en el rigorismo y en el odio hacia todo lo que se apartase del catolicismo más ultramontano, pero no era un hombre tosco e inculto y vulgar, como sí fueron muchos de los reyes posteriores (basta pensar en Fernando VII). Desde luego que el monasterio de El Escorial no es esa clase de sitio donde a uno le gustaría vivir. Nada más cruzar sus muros, la temperatura baja de forma dramática y el calor asfixiante de julio se convierte en un frío glacial de diciembre. Y uno imagina que la vida, en un sitio así, no es fácil ni agradable. Pero lo que ya no sé es si sigue vivo el espíritu que levantó todo eso. Y todo parece indicar que no lo está.

     

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