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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 25
    Febrero
    2014

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    En el autobús

    El amor humano –o el amor de unos padres por unos hijos que para el resto del mundo no son más que unos casos perdidos- es el mayor misterio de este mundo

    A primera hora de la mañana, en el bus, se sienta detrás de mí un hombre joven que camina con una muleta. En la siguiente parada se sube otro hombre, de unos cuarenta años, con el pelo revuelto y el aire de haber dormido muy poco. Busca un asiento libre, y cuando ve al tipo de la muleta, le hace un breve saludo y se sienta a su lado. Enseguida los dos empiezan a charlar. Se ve que se conocen de algo. Por lo que voy pillando de la conversación, se conocieron en los pasillos de un juzgado. Ninguno de ellos tiene pinta de abogado ni de funcionario judicial, así que intento captar lo que dicen en medio de los ruidos del autobús (el voyeurismo acústico, por así llamarlo, también tiene su encanto). Y en éstas oigo este fragmento de conversación que lo aclara todo:
    —¿Cuánto te echaron?
    —Dos años y medio.
    —¿Y a ti?
    —Tres años.
    Tenía que haberlo visto desde el primer momento: los dos han tenido problemas con ley y se conocen justamente a causa de esos problemas. Y poco a poco, a medida que el autobús se mete en un atasco, me voy enterando de su historia. El de la muleta, que es mucho más joven que el otro (28 años, le oigo decir que tiene), empezó a fumar heroína a los catorce años. A los dieciocho ya era eso que se suele llamar un “delincuente habitual”. Pasó varias temporadas en la cárcel, y cuando salió, se metió en un programa de desintoxicación. Ahora está más o menos curado, pero el tono de su voz no es contundente, y ese vacilante “más o menos” le ha traicionado. Si está curado del todo, no parece tener mucha confianza en sí mismo.
    La historia del otro hombre es algo distinta. No es un drogadicto, sino un alcohólico. También ha pasado temporadas en la cárcel, mucho más breves que las de su compañero, sobre todo desde que el verano pasado la “lió parda”, como él mismo dice, después de coger una borrachera monumental. Lo único bueno de aquello —le dice al otro— es que desde entonces no ha vuelto a probar el alcohol. Ahora va a un programa de desintoxicación que le cuesta 25 euros al mes, una especie de cuota para un centro de rehabilitación que usa métodos parecidos a los de Alcohólicos Anónimos. También se ha matriculado en la Universidad y estudia Historia del Arte. Y mejor aún, tiene una novia bailarina, con la que se ve de vez en cuando, “cuando ella viene a verme”, según dice con orgullo. El compañero, al oír eso, suelta un profundo suspiro. Se ve que no ha tenido nunca novia, o si la ha tenido, era una yonqui como él que le ha durado muy poco, o si no era una yonqui, le ha dejado en cuanto se ha dado cuenta de que no podía soportar su ritmo de vida. Y mientras suspira, me imagino que se le pasa por la cabeza cómo sería vivir en un mundo en el que tuviera una novia bailarina, y en el que pudiese estudiar en la Universidad, y sobre todo, en el que cuando dijera que estaba curado de su adicción, ya no tuviera que matizarlo con un titubeante “más o menos”.
    —¿Y esa muleta? —le pregunta el compañero de asiento.
    —Me caí. Un accidente.
    —Yo también tuve tela de accidentes, pero ahora ya no. Desde el verano, ni una gota más. Se ha acabado. Y esta vez va en serio, estoy seguro.
    —Para mí también —dice el joven. Pero su voz, una vez más, no suena convincente.
    Cuando salimos del atasco, están hablando de abogados. El joven reconoce que tiene un abogado muy bueno que le ha librado de muchas condenas. Antes, cuando sólo tenía un abogado de oficio, le caía una condena detrás de otra. Ahora todo es diferente. Por suerte, sus padres le han podido pagar ese abogado.
    —Pues a mí también —dice el otro—. Yo también tengo un buen abogado. Y me lo pagan mis viejos. Me ha librado de una buena, el tío.
    Mientras el sol empieza a brillar con fuerza, imagino a las pobres familias reuniendo el dinero a la desesperada, rebañando de aquí y de allá, vendiendo una casita o un huerto que tenían en algún sitio, y todo para pagar a los buenos abogados de sus hijos. Cuántos sacrificios tuvieron que hacer, eso será mejor ni imaginarlo. Pero aquí está una vez más la prueba de que el amor humano –el amor de unos padres por unos hijos que para el resto del mundo no son más que unos casos perdidos- es el mayor misterio de este mundo.
    Cuando el chico de la muleta se pone en pie para bajar, el otro le ayuda y los dos se bajan en la misma parada. En la acera se dan un fuerte apretón de manos. “Suerte”, se despide el mayor. “Suerte”, repite el más joven. Suerte, repito cuando el autobús se vuelve a poner en marcha.
     

     

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