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Eduardo Jordà


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  • 20
    Marzo
    2012

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    En Binijini

    Estos días he estado leyendo los Cuentos completos de Robert Graves, muy bien traducidos por su hija Lucía y por Ana Mata Buil. En los cuentos de Graves, Deià se llamaba Binijini o Muleta, y don Roberto era él mismo, ese extraño señor inglés que vivía en Ca n’Alluny y al que nadie prestaba mucha atención, hasta que en 1968 consiguió llevar la electricidad al pueblo y de repente pasó a convertirse en alguien importante en vez de ser el típico somiatruites cuya conducta nadie entendía muy bien.
    Al leer estos cuentos, me he preguntado qué quedaba de la Mallorca que había conocido Graves durante su larga estancia en Deià, en dos periodos que cubrieron desde 1929 hasta 1936, y luego, tras la interrupción forzosa de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial, desde 1946 hasta su muerte en 1985. Algunos comentarios todavía suenan verosímiles, como éste que narra uno de los litigios por derechos de riego que envenenaban la vida del pueblo: “En Muleta ningún hombre honrado utiliza la fuerza: toda lucha se desencadena con la ayuda de la lengua o del dinero”. Cualquiera que viva en Mallorca sabrá lo acertado de esta impresión. Pero otros comentarios ya parecen más bien atribuibles a los animales prehistóricos, como esta definición que aparece en el relato “Tomó tierra ayer”: “Los mallorquines son flemáticos, infantiles y serviciales”. Si los mallorquines fueron –o fuimos– flemáticos, infantiles y serviciales, eso debió de ocurrir hace mucho tiempo. Hoy en día, desde luego, esos mallorquines ya han desaparecido.
    Una noche de verano, hace dos o tres años, estuve mirando el valle de Deià desde Son Bauzà, la casa de José Luis de Juan que está a un kilómetro de la entrada del pueblo. Quizá era una noche de verbena, porque se oían estampidos lejanos de cohetes, pero no se veían muchas luces encendidas en ese pueblo que Graves había llamado Binijini o Muleta. Era una noche sin luna, y no se oía casi nada aparte de aquellos cohetes y los perros que ladraban en cuanto sonaban los estallidos. Y pensé que Deià –si uno se olvidaba de los precios de los solares y de la clase de gente que ahora vivía allí–, no era muy distinto de como había sido cuando Graves era Don Roberto y la única electricidad que llegaba al pueblo era la que fabricaba Joan Marroig, alias Gelat, con la turbina que tenía instalada en una de sus fincas, una turbina que también había provocado odios y enfrentamientos entre los vecinos.
    Cuando Graves llegó a Mallorca, en 1929, ninguna pareja podía andar por la calle cogida de la mano. Ni siquiera las parejas de recién casados se atrevían a caminar así, por miedo a caer en alguna clase de conducta indecente. Y hasta los años cincuenta no creo que hubiera parejas que se atreviesen a pasear cogidas de la mano. Parejas heterosexuales, claro está, porque las otras podían morir apedreadas si alguna se atreviera a hacerlo. Pero ahora veo caminar ante mí a una pareja de chicas muy jóvenes cogidas de la mano. Hace cinco o diez años eso no hubiera sido posible. Y estoy seguro de que no lo era hace veinte años, cuando una noche vi a una pareja de chicos saliendo de un club y caminando cogidos de la mano por una calle vacía, hasta que llegaron a una parada de taxis y de repente se soltaron y empezaron a caminar como si no supieran nada el uno del otro. Eso fue, repito, hace veinte años. Ahora es una imagen habitual ver a dos hombres o dos mujeres caminando cogidos de la mano como si fuera la cosa más natural del mundo. La herencia política y económica de Zapatero ha sido desastrosa, pero también ha dejado esta otra herencia que nadie debería olvidar. Las dos chicas caminan orgullosas y seguras de sí mismas, sin tener que fingir que no saben nada la una de la otra cuando se acercan a una parada de taxis.
    En cierta forma, el modo de vida que Graves conoció en Deià, cuando llegó en 1929, no era muy diferente de la forma de vida que se estilaba allí cuando se promulgó la Constitución de 1812 que ahora celebramos como uno de los grandes hitos de nuestra historia. Me temo que olvidamos que esa Constitución apenas estuvo vigente durante tres años en todo el territorio nacional, y además nunca llegó a interesar demasiado a la población. En Mallorca, casi nadie leía la revista de los liberales que defendían la Constitución de 1812, que era la Aurora Patriótica Mallorquina de Isidoro de Antillón y Guillermo de Montis, mientras que las incendiarias proclamas reaccionarias del padre teatino Miquel Ferrer, que escribía en catalán en el Diari de Buja, arrancaban aplausos entusiastas entre el pueblo llano. Nos guste o no, la Constitución de 1812 fue para la mayoría de la población un texto tan raro e incomprensible como los versos que escribía Robert Graves en Deià. O Binijini, si lo decimos como él lo decía en sus relatos.

     

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