Blog 
Las siete esquinas
RSS - Blog de Eduardo Jordà

El autor

Blog Las siete esquinas - Eduardo Jordà

Eduardo Jordà


Archivo

  • 11
    Noviembre
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    El socialdemócrata de Tesalónica

    ¿Es posible conciliar la moderación con la justicia en una época de injusticias flagrantes? ¿Es la izquierda reformista todavía posible en el mundo de la globalización y la deslocalización industrial?

    En el verano de 1933, en la ciudad griega de Tesalónica, un periodista le dijo al poeta Bartomeu Rosselló-Pòrcel, que formaba parte de un crucero universitario que recorría el Mediterráneo oriental:

    —Le presento al único socialdemócrata de Tesalónica.

    Rosselló-Pòrcel lo contó meses después en un artículo que escribió para el semanario “Mirador”, y por desgracia no habló más de aquel socialdemócrata griego, pero podemos imaginar que el periodista se lo presentó con una sonrisa burlona, como si aquel hombre fuese un bicho raro que practicaba el nudismo en la azotea de su casa o un lunático que estuviese convencido de poder volar con unas alas mecánicas que le había fabricado un sastre amigo suyo. En aquella época no era fácil ser socialdemócrata, ni en Grecia ni en ningún otro país de Europa. Hitler acababa de llegar al poder en Alemania, Italia era fascista, Rusia era de Stalin y la policía secreta y en los demás países la polarización entre la derecha autoritaria y la izquierda comunista era cada vez más acusada. España vivía el paréntesis esperanzador de la República, aunque entre nosotros había tan pocos socialdemócratas como en Tesalónica, y así acabó todo.

    Pero ahí en medio, solitario, incomprendido por casi todo el mundo, estaba ese socialdemócrata de Tesalónica. Supongo que era despreciado por unos y por otros por ser reformista y gradualista –un “entreguista”, como se decía entonces-, y por creer en los acuerdos en vez de la imposición de las ideas o el exterminio del adversario. Me lo imagino con un sombrero blando y una pajarita y un arrugado traje de lino con un periódico metido en el bolsillo de la chaqueta. Seguro que leía cuatro o cinco periódicos al día, en inglés, en alemán, en francés y en griego, y los fines de semana daba conferencias sobre gimnasia y naturismo y los derechos de la mujer. En los cafés se ponía en pie siempre que entraba una señora, momento que los demás contertulios aprovechaban para burlarse de él a sus espaldas. Y también imagino que a ese socialdemócrata de Tesalónica lo mataron en la guerra, seguramente los nazis cuando ocuparon Grecia, y si no, porque el hombre logró sobrevivir escondido en algún sitio, lo matarían los monárquicos o los comunistas durante la posterior guerra civil griega, cualquiera de los dos bandos, daba igual cuál de los dos.

    Lo bueno del caso es que fueron las ideas que representaba aquel solitario socialdemócrata del que se reía todo el mundo las que hicieron posible el Estado del Bienestar en Europa. Y a partir de 1945, la derecha y la izquierda europea tuvieron que aceptar que debían ser gradualistas y reformistas y gobernar con un mínimo de consenso y sin la temeraria pretensión de aniquilarse mutuamente. De hecho, la derecha tuvo que adoptar algunas ideas socialdemócratas –la extensión de los beneficios sociales, las pensiones, la negociación sindical-, y la izquierda tuvo que adoptar algunas ideas liberales, como la economía de mercado y la alternancia en el poder. Y gracias a esta traición a los principios inmutables de cada una de las dos grandes fuerzas políticas, fue posible el periodo de convivencia y de prosperidad más importante de toda la Historia europea. Para los intelectuales y artistas no había –ni sigue habiendo- una palabra más odiada que la de aburguesamiento. Por suerte, la sociedad iba por otro lado.
    La pregunta es: ¿sigue teniendo sentido el gradualismo reformista en nuestra época de creciente canibalismo social? ¿Es posible conciliar la moderación con la justicia en una época de injusticias flagrantes? ¿Es la izquierda reformista todavía posible en el mundo de la globalización y la deslocalización industrial? ¿O se está convirtiendo esa izquierda posibilista en una realidad tan extravagante como aquel solitario socialdemócrata de Tesalónica? No lo tengo muy claro, porque además todo ha cambiado y la clase media que formaba la base social del Estado del Bienestar está desapareciendo, pero sé que la única forma de encontrar una salida al laberinto tendrá que ser muy parecida a la que se encontró en Europa a partir de 1945, cuando la derecha se hizo socialdemócrata y la izquierda se hizo liberal.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook