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Eduardo Jordà


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  • 06
    Mayo
    2014

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    El profesor Kojevic

    Que un profesor sensible y culto acabe convirtiéndose en el lugarteniente de un criminal de guerra es algo que debería hacernos meditar sobre los excesos que se cometen en nombre de las patrias

    En alguno de sus libros, el escritor bosnio Aleksandar Hemon cuenta la historia del profesor Kojevic. Este profesor de literatura fue uno de los ídolos en la Universidad de Sarajevo, a finales de los años ochenta, cuando la ciudad era una apacible ciudad provinciana perdida en los Balcanes. El profesor Kojevic era un hombre culto, enamorado de Shakespeare, que hablaba un inglés impecable y que sabía inculcar su amor por la literatura a sus alumnos. Tenía los dedos largos y esbeltos, como de pianista, y salía a conversar y a pasear con sus alumnos, les prestaba sus libros y los animaba a escribir. Todos sus alumnos le adoraban. Pero en 1991 las cosas empezaron a ir mal en Sarajevo, y los políticos empezaron a lanzar amenazas e insultos a diestro y siniestro, contra unos y contra otros, y un año más tarde las amenazas se convirtieron en disparos y la ciudad se encontró sitiada por un ejército en el que combatían vecinos y antiguos amigos o incluso familiares de quienes recibían las bombas y los disparos.

    Y a partir de ese momento, el elegante, el persuasivo, el shakespeariano profesor Kojevic se convirtió en el hombre de confianza de la persona que ordenaba los bombardeos y los disparos contra la ciudad (el psiquiatra Radovan Karadzic, preso desde el 2008 y sentenciado por crímenes de guerra por el Tribunal de la Haya). Y como persona importante que era, el profesor Kojevic salía a menudo en la televisión, comentando que era mentira todo lo que se decía en la prensa extranjera sobre los bombardeos y las matanzas en Bosnia y en Sarajevo. No había limpieza étnica ni había masacres ni campos de internamiento —decía en su magnífico inglés—, porque todo eso era propaganda y mentiras de los que no conocían la situación real. Y las cosas siguieron así durante dos o tres años, hasta que un buen día el profesor Kojevic, no se sabe por qué razones, cayó en desgracia. Ya no salió más en la televisión, ya no apareció escoltando al hombre que ordenaba los bombardeos ni dando discursos ni estrechando las manos de sus seguidores. Y en 1997, el profesor Kojevic —el profesor shakespeariano, el hombre de los dedos esbeltos— se pegó un tiro en la cabeza.

    Cuento esta historia porque el caso del profesor Kojevic me parece muy ilustrativo. Y si mirásemos a nuestro alrededor, es seguro que podríamos encontrar personas muy parecidas a él, excelentes profesores y magníficos educadores a quienes sus alumnos admiran, pero que un buen día, cuando se produce un conflicto político relacionado con el nacionalismo, se convierten en cómplices o en encubridores o incluso en instigadores de las peores acciones de las que son capaces los seres humanos. El profesor Kojevic amaba la literatura y amaba a Shakespeare, pero por desgracia amaba mucho más a lo que él consideraba “su gran patria serbia” (y aquí da igual la patria que pongamos: todas son peligrosas cuando uno se entrega al amor irracional hacia lo que considera suyo). Que un profesor sensible y culto acabe convirtiéndose en el lugarteniente de un criminal de guerra es algo que debería hacernos meditar sobre los excesos que se cometen en nombre de las patrias.

    ¿Hay algún profesor Kojevic entre nosotros? Claro que sí. La diferencia entre una vertiente y otra de la personalidad –el profesor amable y culto que acaba poniéndose al servicio de un criminal de guerra- depende de cosas tan sencillas –y a la vez tan complicadas- como son la estabilidad política, el cobro de las nóminas a fin de mes, la convivencia ciudadana y la falta de conflictos civiles. Pero el día en que la normalidad desaparece, y los gritos se convierten en amenazas, y a su vez las amenazas desembocan en agresiones y en ataques armados, el hombre que era un profesor sensible y un educador ejemplar puede convertirse de la noche a la mañana en un hombre que grita pidiendo el exterminio de los enemigos de la patria. Es así de triste y es así de terrorífico. Los profesores Kojevic existen. Y de momento lo único que los mantiene a este lado de la cordura y de la racionalidad es que no hay gritos ni amenazas. De momento, al menos. De momento.

     

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