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Eduardo Jordà


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  • 28
    Enero
    2014

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    El palco del Bernabéu

    Entramos en el Bernabéu con la misma sensación de estar entrando en una cueva sagrada o en un santuario donde se venera a una divinidad famosa por sus milagros.

    Hace un mes, más o menos, estuve viendo el estadio del Real Madrid, el Santiago Bernabéu. El "Tour Bernabéu", se llama la cosa, que también se hace en el Camp Nou, por supuesto ("Tour Nou Camp"). No me pregunten por qué lo hice, ya que sólo puedo alegar que a mi hijo le gustan estas cosas y se empeñó en ver el estadio. Creo que valió la pena. En las taquillas, al comprar las entradas, se nos anunció con gran solemnidad que ahora ya se podían ver los vestuarios. "¿Los vestuarios?", pregunté. "Sí, sí, los vestuarios. Ahora ya pueden verse. Antes, cuando no se podían ver, la gente nos lo pedía, y ahora ya lo hemos conseguido. Y no olviden que también pueden fotografiarse con los futbolistas". Al oír aquello, mi hijo se emocionó. "¿Puedo hacerme una foto con Cristiano?", preguntó. "Claro que sí", le contestó el vendedor, "es una visita personalizada. Sin límites".

    Me hubiera gustado preguntarle qué entendía él –o el Bernabéu, o el Real Madrid, o quien fuera- por aquello de la visita "sin límites" a un campo de fútbol, pero hacía demasiado frío y la cola –enorme- ya se estaba impacientando, así que entramos cabizbajos en el Bernabéu, con la misma sensación de estar entrando en una cueva sagrada o en un santuario donde se venera a una divinidad famosa por sus milagros, esa clase de lugares a donde los fieles peregrinan descalzos, o a rastras, o de rodillas, avanzando durante días y días bajo el sol abrasador o bajo la lluvia y la nieve. Delante de nosotros se oía hablar en árabe, en alemán y en francés, y a nuestro lado había dos chicos que charlaban con acento argentino. Detrás se hablaba un idioma que no logré identificar, turco, quizá, o persa, Dios sabe. Todo el mundo caminaba filmándolo todo con el móvil, la entrada y la fachada y el pasillo, y también los letreros, e incluso los autocares que estaban aparcados en frente del estadio, sin olvidar a los pobres diablos disfrazados de Micky Mouse o de Spiderman que intentaban sacarse unos euros con los turistas.

    Mi hijo disfrutó mucho con los vestuarios –se hizo una foto delante de las 22 taquillas-, pero a mí lo que más me llamó la atención fueron dos cosas. Una la vi en el palco del estadio, donde se nos permitió sentarnos en un asiento –un gran honor, sin duda-, aunque sólo un segundo y con mucho cuidado de no dañar la tapicería. Mientras estaba allí advertí que había varios asientos reservados que lucían un rótulo muy llamativo de entidades bancarias? Había bastantes más, claro. Y entonces recordé que un ejecutivo bancario americano me había hablado de sus encuentros en el palco del Bernabéu, "donde se cocía todo en este país", según me dijo. Y en ese momento pensé que la enigmática frase del vendedor de las taquillas cuando nos elogiaba las posibilidades de la visita –"sin límites"- se refería en realidad al hecho de sentarnos en aquellos asientos, ya que aquello nos permitiría experimentar un leve atisbo –leve, muy leve- de lo que sentían los usuarios de aquellos asientos, ese poder "sin límites" en el mundo de la política y las finanzas que nadie había cuestionado nunca, ni al paso que vamos iba a cuestionar jamás.

    La segunda cosa que me llamó la atención fueron los palcos privados que se alquilan en el estadio. Vi que los había grandes y pequeños, y según leí, algunos tenían capacidad para unas diez personas y en otros podían caber hasta cien. Vi que esos palcos –rodeados de mamparas de cristal- tenían ascensor panorámico, butacas abatibles y una barra de bar individualizada. Algunos tenían un acceso privado desde el exterior, así que venían a ser como los antiguos palcos de la ópera donde un lacayo con galones de plata servía una botella de champán metida en una cubitera decorada con un águila heráldica. ¿Qué ocurriría en esos palcos? ¿Qué cosas se harían? Mejor no saberlo.
    Y entonces recordé que nadie sabía aún qué había pasado con el dinero del fichaje de Cristiano Ronaldo, un dinero que había adelantado Caja Madrid, según se dijo en su momento, pero que nadie sabía si se había devuelto o no, igual que ahora tampoco se sabe muy bien qué ha pasado con el dinero del fichaje de Neymar en el Barcelona. Y pensé también en los rótulos que identificaban los asientos reservados en el palco (para entidades bancarias), y miré de nuevo los palcos VIP con ascensor y barra propia, y luego recordé que la foto con Cristiano sólo era con un fotomontaje de Cristiano, aunque la cobraban como si hubiera sido con el mismo Cristiano, y salí del campo más cabizbajo aún de lo que había entrado, pensando que sería mejor salir a rastras, o de rodillas, igual que los peregrinos que iban a un santuario a pedir algo muy difícil: una curación milagrosa, buena suerte en el trabajo, un poco de tranquilidad, algo de dinero, estas cosas casi imposibles.

     

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