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Eduardo Jordà


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  • 28
    Agosto
    2012

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    El otro

    Al final de su libro de memorias Vías de escape, Graham Greene contaba la historia de un impostor que se hacía pasar por él. El tipo se alojaba en buenos hoteles y firmaba todas las facturas de sus gastos con el nombre de Graham Greene, “el famoso escritor inglés” —como él mismo repetía—, y pedía que se las cargaran al periódico que publicaba las crónicas del verdadero Graham Greene. Cuando le llegaron noticias de la existencia de esas facturas, el verdadero Graham Greene rastreó el paso del falso Graham Greene por la India, el Caribe y la Costa Azul. El falso Graham Greene había logrado ser recibido al menos una vez en audiencia, y también consiguió que lo sacaran de la cárcel en algún lugar de la India, por un asunto relacionado con un robo de joyas.

    Lo más peliagudo de todo era que el “falso” Graham Greene también parecía haber reanudado el contacto con antiguas amantes del verdadero Greene (éste lo explicaba de un modo muy sutil en sus memorias), así que las situaciones comprometidas habían llegado al terreno de lo sentimental. Como es natural, lo que más intrigaba al verdadero Greene era que esas mujeres, que lo conocían bien, se hubieran dejado engañar por el falso Graham Greene. Además, aquella probabilidad encerraba una forma muy sutil de venganza por parte de las antiguas amantes. ¿Se estarían burlando del verdadero Greene al hacerse acompañar por el falso Greene? ¿Sería una forma de humillarlo a través de aquel impostor? O yendo más allá, ¿le estarían insinuando que el impostor era él? El verdadero Greene no se adentraba en el tema, que habría dado para una trama de novela muy “greeniana”, aunque estaba claro que aquella historia le fascinaba.
    Lo único que se atrevió a hacer el verdadero Greene fue hacer averiguaciones sobre “el otro” Greene. Al final sólo logró averiguar dos cosas. Una era que ese otro Greene se llamaba John Skinner o tal vez Meredith de Varg (un nombre que parece el de un actor secundario de películas de la RKO). Y la otra era una foto en un periódico en la que se veía al otro Graham Greene recibiendo un premio, junto con un resumen del discurso que el falso Greene había pronunciado al agradecer aquel premio que no le correspondía.
    Esta historia siempre me gustó, porque estoy convencido de que todos tenemos un doble del que casi nunca somos conscientes. En algunas ocasiones ese doble se llama igual que nosotros y todo se queda en una simple coincidencia nominal. Pero en otros casos un doble fraudulento intenta suplantar nuestra personalidad, casi siempre para estafarnos o jugarnos una mala pasada, como es habitual en los foros de Internet o en los correos electrónicos, aunque a veces todo haya empezado en una simple broma (a menudo basta una suplantación casual para iniciar una cadena sistemática de suplantaciones). El caso es que esos dobles existen, sean del tipo que sean. Ahora mismo, una universidad americana para la que voy a trabajar durante un semestre me acaba de comunicar que hay otro Eduardo Jordá en otra universidad americana —en Texas, creo—, ya que el nombre que habían elegido para mi correo electrónico ya estaba cogido por ese “otro” Eduardo Jordá. De inmediato me han entrado ganas de averiguar más cosas sobre ese otro Jordá, del que nunca había oído hablar, porque la existencia de un doble, aunque sea sólo nominal, plantea un sinfín de posibilidades interesantes, aunque en muchos casos también puedan acabar siendo muy molestas: una multa de tráfico que llega por error, por ejemplo, o una notificación de Hacienda que se confunde de destinatario, cualquiera sabe.

    Cuando oigo hablar de estas coincidencias, siempre me acuerdo del “otro” Graham Greene. Sólo que ahora también acabo de enterarme de que el supuesto impostor que suplantó a Graham Greene era un invento del propio Greene, que se aprovechó de una coincidencia de nombres con un cierto Graham Greene encarcelado en la India para crear el personaje del “otro” Graham Greene con el que terminaba sus memorias. Todo eso lo demostró un documental de la BBC hace pocos años, después de haber rastreado los pasos del supuesto John Skinner que también se hacía llamar Meredith de Varg. La invención no era del otro Greene, el impostor, sino del verdadero Greene, el real. Lo que una vez más nos lleva a preguntarnos quién es quién.

     

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