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Eduardo Jordà


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  • 09
    Abril
    2013

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    Dos mujeres

    En el mundo del rock, el odio a Margaret Thatcher alcanzaba proporciones homéricas: Morrissey compuso una canción deseando su muerte. Y no fue el único, porque también lo hicieron Elvis Costello, Billy Bragg y los Specials, y también los insoportables Iron Maiden y Elton John

    Sara Montiel y Margaret Thatcher se han muerto el mismo día, ya mayores las dos, Margaret Thatcher a los 87 años, y Sara Montiel (que se llamaba María Antonia Abad) a los 85. A Sara Montiel la veía pasear a veces el perrito por el Paseo Mallorca, cuando vivía en Palma con Pepe Tous, y recuerdo una tarde de primavera en que me la crucé, cerca del puente de Sa Riera, y me di cuenta de que era mucho más pequeña de lo que me había imaginado, cosa que sucede a menudo (Nabokov recordaba haber visto de pequeño a Tolstoi, y se sorprendió mucho de que aquel anciano diminuto fuera el gran hombre del que todo el mundo hablaba). Yo había visto muchas veces a Sara Montiel en la televisión, fumando puros y hablando de su vida, y recordaba algunas películas del oeste que había rodado junto a Gary Cooper y Burt Lancaster (dirigidas por Anthony Mann, que había sido uno de sus maridos), y también había visto una foto que se hizo en Hollywood con James Dean, uno o dos días antes de que el actor muriera al estrellarse contra otro coche en una carretera de California. Y también había leído no sé dónde que una vez, en los años 50, Sara Montiel se paseaba por la Gran Vía de Madrid, luciendo unos ajustados pantalones de pescador, cuando empezó a oír a sus espaldas que alguien le gritaba “¡puta!, y luego otro energúmeno se unía al primero y también gritaba “¡puta!”, y luego otro, y otro más.

    Y justo en aquel momento, cuando aquella mujer pasaba a mi lado con su abrigo de piel y su caniche, me acordé de Burt Lancaster y de Gary Cooper, y de aquella foto en la que James Dean se reía a mandíbula batiente frente a ella, y de aquellos energúmenos que le habían gritado “¡puta!” en la Gran Vía. Y entonces aquella mujer pareció crecer y crecer delante de mí, y yo empecé a sentirme muy pequeño, y como no me atrevía a mirar a aquella mujer que seguía creciendo y creciendo, tuve que desviar la vista hacia el caniche, que reaccionó con una especie de ladrido que debía de significar “¡tonto!” —o quizá otra cosa más fea— en el enérgico lenguaje de los caniches, así que desaparecí de allí y seguí mi camino, convencido de que Sara Montiel era una mujer grande, grandísima, la más grande que había visto en mi vida.

    A Margaret Thatcher no sé si me hubiera gustado verla, porque tenía fama de arrogante y autoritaria, y en estos últimos treinta años no ha habido un político más odiado que ella, sobre todo entre los artistas y los intelectuales (el odio sigue: “Ya está preparando un plan para privatizar el infierno”, leo en un comentario que alguien ha colgado en la red). En el mundo del rock, en particular, el odio alcanzaba proporciones homéricas: Morrissey compuso una canción deseando su muerte. Y no fue el único, porque también lo hicieron Elvis Costello, Billy Bragg y los Specials, y también los insoportables Iron Maiden y Elton John. Ningún otro político ha creado un género musical propio. Y los rockeros no fueron los únicos en odiarla, porque el IRA estuvo a punto de matar a Margaret Thatcher de un bombazo en un hotel de Brighton, y llegaron a acusarla de matar niños en los colegios (porque había retirado el vaso de leche gratuito de las escuelas) y de haber desmantelado la industria británica. Y recuerdo muchas críticas más: que introdujo la codicia en la vida británica —como si la codicia no hubiera existido nunca—, o que odiaba a los pobres y gobernaba para los ricos, o que era una fascista, una gobernanta “gore”, una reina del sado-maso, una lunática nazi y sedienta de sangre, qué sé yo.

    Yo mismo, hace años, compartía ese odio hacia “la Thatcher”, como la llamábamos muchos con esa zafia familiaridad que ahora ya se ha impuesto como un modelo de trato social. Y recuerdo que no tenía ningún motivo para hacerlo, porque no conocía bien lo que había pasado en Inglaterra ni cuáles habían sido las consecuencias de su gobierno, pero lo hacía porque me dejaba llevar por la impresión general y por lo que decía todo el mundo. Luego supe que no eran ciertas muchas cosas que se decían de ella. Por ejemplo, sólo había retirado el vaso de leche gratuito de las escuelas a los niños de familias con recursos, nunca a los que no los tenían. Y cuando la acusaron de haberse embarcado en la guerra de las Malvinas, en 1982, sólo por motivos electoralistas, se suele olvidar que su victoria supuso el fin de la abominable dictadura argentina, cosa que mucha gente le debería agradecer, por cierto.

    No creo que haga falta defender las mismas ideas de Margaret Thatcher —individualismo, responsabilidad individual, ética del esfuerzo— para comprender que su altura intelectual está muy por encima de lo que conocemos como política. El poeta Philip Larkin contaba que le invitaron a una cena en honor de Margaret Thatcher. Aquella noche estaban Stephen Spender, V.S. Pritchett, Tom Stoppard, Mario Vargas Llosa, Isaiah Berlin y Anthony Powell. Todos la escuchaban con atención, todos parecían admirarla. La mera enunciación de estos nombres da miedo. Y por mucho que nos gusten Morrissey o Elvis Costello, me temo que tienen muy poco que hacer a su lado. Entre una canción de Morrissey o un elogio de Isaiah Berlin, yo tengo muy claro qué habría preferido.

     

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