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Eduardo Jordà


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  • 29
    Octubre
    2013

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    Domingo por la mañana

    Lou Reed decía que si se escuchaban todos sus discos uno detrás de otro, se podría tener una especie de versión musical de la Gran Novela Americana.

    Escribo esto de camino a un tanatorio, o sea que las ganas que tengo de hablar de la muerte de alguien son mínimas. Pero el domingo pasado, temprano por la mañana, se murió Lou Reed, y he vivido tanto tiempo en compañía de la música de Lou Reed que no soy capaz de pasar por alto su muerte, a los 71 años, que ya son años porque muchos creíamos que Lou Reed no pasaría nunca de los cuarenta, y eso sólo si tenía mucha suerte. Ahora me entristece pensar que muchos de los que decían aquello, y bromeaban al ver que Lou Reed había sacado un nuevo álbum (“¿pero no estaba muerto ya?”), murieron hace ya mucho tiempo, mientras que Lou Reed pudo llegar a una edad considerable, sobre todo si se tiene en cuenta lo que hizo y lo que tomó y todas las sustancias que se metió en el cuerpo. Y algo muy parecido, por cierto, le pasó en su propia vida, ya que muchos de los transexuales que pululaban por la Factory de Andy Warhol y que él citaba en su canción más famosa, “Walk on the Wild Side” –y que tenían apodos como Candy Darling o Sugar Plum Fairy o Jackie Curtis-, murieron en los años setenta y en los ochenta, como también murió el transexual mexicano que fue más o menos su novio entre 1975 y 1978. Se llamaba Rachel, o Tommy, y salía besando a Lou Reed en la cubierta de un recopilatorio, y decían que era medio indio –o india, eso no estaba claro-, y un buen día nadie volvió a saber de él. Supongo que era por eso que Lou Reed se negaba a hablar de su vida pasada y decía que ese otro Lou Reed de los yonquis y las jeringuillas y los transexuales ya no existía.

    De todos modos, esa parte de la vida y de la carrera de Lou Reed es la que ha quedado fijada en la memoria de la gente. Los informativos le ponían las etiquetas acostumbradas, “poeta maldito del rock”, “el músico del lado salvaje”, “provocador y transgresor”, “cascarrabias”, “tocapelotas”, “esteta contestatario”, y sí, puede ser que Lou Reed lo fuera durante una parte de su vida, sobre todo en los años 60 y 70, pero no conviene olvidar que ha muerto cuando llevaba una vida tranquila en su retiro de Long Island, donde vivía con su última mujer, Laurie Anderson, y donde se dedicaba al taichi y a la fotografía. Y por cierto, las fotos de Lou Reed, que se expusieron varias veces en España, no tenían nada que ver con el mundo desquiciado de la Factory de Warhol, sino que pertenecían a un mundo de paisajes y de ruinas y de estatuas solitarias que recordaban los cuadros de Claudio de Lorena o de Poussin, sólo que parecían haber sufrido una extraña mutación –los árboles eran albinos, los castillos estaban envueltos en una luz rojiza que parecía llegar desde el espacio exterior-, aunque ninguna de estas anomalías parecía representar una amenaza sino quizá otra forma de existencia, una existencia más serena y tal vez más a salvo de la destrucción. Si se contemplan las fotos que hacía Lou Reed en estos últimos años con la estética de algunos de sus discos, parecen protagonizadas por seres diferentes que han vivido en mundos diferentes. Y por todas estas vidas que coexistían dentro de una misma vida –la alocada y la serena, la desquiciada y la familiar-, Lou Reed decía que si se escuchaban todos sus discos uno detrás de otro, se podría tener una especie de versión musical de la Gran Novela Americana, tan distintas eran las circunstancias y las experiencias que había vivido.

    Hacia 1971, mis amigos y yo encontramos en una revista musical inglesa (el “Melody Maker”, creo) un anuncio de discos antiguos que se vendían por correo. Uno de aquellos discos era el primer álbum de la Velvet Underground, el famoso disco del plátano, un disco que en España no se podía conseguir y del que habíamos oído hablar, pero sólo eso. No sé cómo conseguimos encontrar unas cuantas libras, las metimos en un sobre y enviamos la petición. Varias semanas después recibimos el disco. Todavía recuerdo el sobresalto al escuchar aquellas canciones. Una, la primera, era serena y melancólica y estaba llena de una maravillosa armonía. Se llamaba “Sunday Morning”. Lou Reed se murió también un domingo por la mañana, y es el músico que compuso esa canción, y docenas de otras canciones como aquélla, el que nadie que viviera de verdad en los años setenta podrá olvidar nunca.

     

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