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Eduardo Jordà


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  • 19
    Marzo
    2013

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    Doble cruz

    El proyecto europeo se fundaba en la confianza mutua, tanto del norte con el sur como del sur con el norte que se extendía a muchos países que casi no sabían nada los unos de los otros, como Estonia y Portugal o como Chipre e Irlanda

    Hace poco, cuando me devolvieron el cambio en una panadería, me encontré con una moneda de un euro que no había visto nunca. En el reverso tenía una extraña cruz de doble brazo, y aunque la cara común era la oficial de todas las monedas de un euro, pensé que ya me habían timado otra vez, como me pasó cuando me devolvieron el cambio con una moneda búlgara que se parecía mucho a una de dos euros. Mientras caminaba por la calle, examiné la moneda y vi que tenía una inscripción, Slovensko, y una fecha, 2009. Pensé que sería una moneda de Eslovenia, y entonces caí en la cuenta de que no tenía ni idea de que Eslovenia formase parte de la zona euro. Al llegar a casa le enseñé aquella moneda a mi hijo, que es una especie de numismático aficionado, y me explicó que no era de Eslovenia, sino de Eslovaquia, ya que él había tenido que hacer un trabajo escolar y sabía que aquella cruz era el escudo nacional de Eslovaquia.

    Pero entonces, ¿qué pasaba con Eslovenia? ¿Formaba parte de la zona euro o no? Hace siglos crucé en coche Eslovenia y recordaba algunas cosas: las montañas cerca de la frontera italiana, al norte de Trieste, por ejemplo, donde los italianos sufrieron la derrota de Caporetto que Hemingway contó en uno de sus libros (aunque él no estuvo nunca allí), o los grandes caserones de piedra caliza de Liubliana, que parecía una ciudad mucho más austríaca que muchas ciudades austríacas. Aproveché para preguntárselo a mi hijo, que lo miró en Internet y descubrió que sí, y me mostró el nombre que aparecía en las monedas de euro eslovenas: “Slovenija”. Y en eso me acordé de la moneda búlgara que me habían dado aquel otro día con el cambio. Se me ocurrió que quizá era una moneda antigua y que ahora Bulgaria pertenecía también a la zona euro. Mi hijo volvió a mirarlo en Internet y me aclaró que Bulgaria no estaba en el euro, aunque añadió en seguida: “Pero Estonia sí. No sé si lo sabías”.
    Pues no, no lo sabía, pero eso es normal porque apenas sabemos nada de nuestra moneda común. ¿Cuántos de nosotros sabíamos, por ejemplo, que Chipre formaba parte de la zona euro? No muchos, me imagino, y eso que todos hemos sentido un escalofrío al enterarnos del “corralito” que se ha impuesto a los ahorradores chipriotas con motivo del rescate bancario. Y de hecho, si lo pensamos bien, muchos de nosotros tendríamos problemas para saber qué países comparten moneda común con nosotros. Si muchos no sabíamos nada de los euros de Eslovaquia o de Eslovenia, me pregunto cuántos de nosotros sabríamos situar a Estonia en un mapa. ¿Está al norte de Lituania? ¿Al sur? ¿En la península escandinava? ¿O cerca de Rusia? Mejor no preguntarlo. Y es posible que muchos ciudadanos europeos ignoren que Gran Bretaña todavía mantiene su moneda propia —la libra—, igual que Dinamarca y Suecia, que no quisieron adherirse al euro cuando se sometió la cuestión a un referéndum. Y también nos llevaríamos muchas sorpresas si le preguntáramos a cualquier ciudadano europeo cuál de esos dos países escandinavos forma parte del euro: Noruega o Finlandia.

    Y el problema es que uno tiene la sensación de que los políticos y los burócratas que diseñaron el euro tampoco te-nían muy claras las cosas cuando crearon la moneda común, como tampoco parecen tenerlas muy claras ahora, cuando dictan unas condiciones de rescate para Chipre que equivalen a una especie de “corralito” más o menos disfrazado. Hace pocos días se anunció que todos los titulares de depósitos bancarios menores de 100.000 euros tendrían que pagar una tasa que empezó siendo del 6´7% y ahora ya ha bajado al 3´75%, pero que sigue siendo una confiscación en toda regla del dinero de los pequeños ahorradores chipriotas. Y yo no sé si los burócratas que han tomado esta decisión se han dado cuenta del alcance que puede tener, por mucho dinero opaco o de origen dudoso que hubiera en las cuentas de Chipre. Porque en esas cuentas también está el dinero de la gente que no lo evade ni lo oculta en otros países, y que paga sus impuestos y cumple con sus obligaciones y que se gana la vida de forma decente. Y atacar así a los pequeños ahorradores, por muy crítica que sea la situación económica, es un disparate que sólo se le puede ocurrir a alguien que no está bien de la cabeza. El proyecto europeo se fundaba en la confianza mutua, tanto del norte con el sur como del sur con el norte, que se extendía a muchos países que casi no sabían nada los unos de los otros, como Estonia y Portugal o como Chipre e Irlanda. Y no puede ser que se esté dictando, con la excusa de la desconfianza que los países del norte sienten hacia los del sur, una política económica que castigue de una forma tan cruel a unos ciudadanos que no tienen la culpa de nada, por mucho que Chipre haya sido un país gobernado de una forma muy poco responsable.

     

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