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Eduardo Jordà


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  • 11
    Marzo
    2014

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    Diez años

    Por lo que se sabe, los atentados del 11M se planificaron mucho antes de que el gobierno de Aznar apoyase la invasión de Irak. Lo ha dicho el experto en terrorismo islámico Fernando Reinares, que es uno de los pocos expertos que tenemos en la materia, y si esto es así, la conexión entre la invasión de Irak y los atentados no es tan cierta como muchos creyeron y aún siguen creyendo (basta darse una vuelta por los foros de Internet para ver cuánta gente sigue culpando a Aznar, “el genocida, el criminal de guerra”). Pero al mismo tiempo que se sabe esto, miles de personas siguen creyendo que detrás de los atentados hubo una enrevesada conspiración en la que intervinieron ETA y los servicios secretos marroquíes y algunos policías afines al PSOE y no se sabe cuánta gente más, y para comprobarlo, también basta darse una vuelta por los foros de Internet y los comentarios de las ediciones digitales. Esta teoría es tan descabellada que ni Stieg Larsson habría podido imaginarla, con lo que le gustaban las teorías conspirativas, pero lo increíble del caso es que sigue teniendo muchos adeptos.

    Todo esto es asombroso. Durante aquellos días tristísimos de marzo, lo último que pareció importar a la clase política y periodística de este país fue el sufrimiento inconcebible de las víctimas —192 muertos, ni más ni menos, y 1.500 heridos, algunos de ellos en estado muy grave—, sino quién había cometido los atentados, y sobre todo, por qué, como si esta clase de atentados indiscriminados puedan atribuirse a una lógica fría y racional. Porque enseguida empezaron las mentiras, las insidias y las acusaciones más turbias que hemos oído en mucho tiempo. Y si hay una fecha vergonzosa en la historia reciente de nuestro país, esa fecha es el 11 de marzo de 2004.

    La reacción del entonces presidente Aznar fue de una soberbia y al mismo tiempo de una cobardía inimaginables: se negó a redactar una declaración institucional conjunta con los demás partidos y se empeñó en atribuir el crimen a ETA, cosa que podía disculparse al principio, cuando todavía había dudas sobre los autores, pero que a medida que pasaban las horas no tenía ya ninguna justificación. Pero la reacción de la oposición y de los partidarios de la campaña “No a la guerra” no fue mucho mejor. Rodearon las sedes del PP, aporrearon cacerolas, insultaron y gritaron. Y sí, ya sé que había motivos para estar muy enfadados con las mentiras del gobierno, pero los 192 muertos y la magnitud histórica de los atentados —nunca antes había pasado algo así en Europa— exigían un comportamiento mucho más digno y más decoroso. Pero faltaban dos días para las elecciones y nadie supo olvidar los rencores y los enfrentamientos políticos porque lo único que contaba era eso, ganar las elecciones. Y todo eso se antepuso a lo único que de verdad importaba, que eran las víctimas, a las que vimos alineadas junto a los trenes destrozados y metidas en bolsas negras mientras los móviles sonaban sin parar. Aquel concierto de móviles junto a las vías es una de las escenas más pavorosas y más tristes que hemos visto nunca. Pero ni siquiera aquello sirvió para templar los ánimos.

    Si hubiéramos sabido ver, si hubiéramos sido un poco más inteligentes, nos habríamos dado cuenta en aquellos días de marzo que teníamos una de las clases políticas más calamitosas y más irresponsables de Europa, y una clase periodística que por desgracia no le iba a la zaga. La crisis económica se nos vino encima tres años más tarde, pero el 11 de marzo ya estaba claro que vivíamos instalados en una gran mentira que cada facción política manipulaba a su gusto. Y todo eran engaños y tergiversaciones, todo, salvo el dolor de la gente que iba en los trenes y el calvario que tuvieron que pasar sus familiares y amigos. Incluso se hizo un funeral católico para todas las víctimas, sin que nadie pensara que muchas de aquellas víctimas eran musulmanas o de otras confesiones, y que lo más digno y lo más sensato habría sido una ceremonia civil en la que todo el mundo pudiera sentirse integrado. Pero ni por ésas se consiguió hacerlo.

    Otra de las reflexiones de este triste aniversario es la dificultad que ha tenido la izquierda para entender el terrorismo de Al Qaeda o de las corrientes yihadistas que están en su órbita. Porque hay una izquierda que sigue atrapada en los clichés de la guerra fría y que sólo concibe el mal en manos de Washington y la CIA. Y una de las cosas más curiosas de las semanas siguientes al atentado, cuando ya se sabía quién lo había cometido, es que se siguiera acusando de las bombas a la invasión de Irak y al trío de las Azores, sin que nadie se acordase de los terroristas que pusieron las bombas.

     

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