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Eduardo Jordà


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  • 10
    Julio
    2012

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    Día de playa

    Mientras paseo por una playa atestada de gente, un domingo a mediodía, entre niños y sombrillas y gente que juega a las palas, me acuerdo de un poema de Delmore Schwartz que leí hace siglos y que traduje en una revista que nadie leyó: Far Rockaway. Rockaway es una playa de Long Island, la típica playa de suburbio que se llena de gente y de sombrillas, igual que la playa por la que paseo hoy. Los Ramones debieron de ir de pequeños a bañarse a la playa de Rockaway, porque compusieron una canción famosa, Rockaway Beach, que ahora tarareo mientras paseo por la orilla y recuerdo los versos de Delmore Schwartz. El poema hablaba de esa playa como un lugar donde reinaba la “salud socialista” y donde el bañador “despojaba de su clase a los bañistas” y los convertía “en una fruta como el melón”. Justo ahora veo a una familia sentada como una tribu prehistórica ante su neverita, compartiendo una enorme tajada de melón.

    Lo que me gusta de este poema de Delmore Schwartz es que describe un estado de ánimo que es muy poco habitual entre nosotros. Por lo general, cualquiera que pretenda tener gustos artísticos o inquietudes intelectuales abomina de todo lo que tenga que ver con las sombrillas y los chiringuitos y las familias que comparten un melón en una playa. La única excepción que conozco es Iñaki Uriarte, que proclama en sus Diarios su fidelidad inquebrantable a la playa de Benidorm. En Mallorca ya es una ilustre tradición artística el improperio apocalíptico contra las playas atestadas y las sombrillas y los chiringuitos, y no digamos ya si esa playa pertenece a un municipio gobernado por el PP. En estos casos, la tradición es tan solemne que podría equipararse al sermón cuaresmal de los predicadores antiguos. Y una de nuestras tradiciones sociales más arraigadas es la mirada asesina que le dirigimos al insensato que coloca su toalla demasiado cerca de la nuestra (y siempre hay un insensato que lo hace).
    Pero Delmore Schwartz, que era hijo de inmigrantes judíos de Rumanía, veía las cosas de otro modo: para él, una playa abarrotada era el sueño cumplido de miles de familias modestas que por primera vez en sus vidas tenían derecho a disfrutar de algo que nunca habían tenido a su alcance. Y para él, en contra de lo que nos sucede a muchos de nosotros, una playa llena de sombrillas y carritos de helados no era una imagen del infierno, sino una especie de Edén recuperado que devolvía a los seres humanos a un estadio anterior a la caída y a una especie de dulzura primigenia, como el sabor del melón.

    Lo digo porque la obsesión por los paisajes marinos intactos es la típica obsesión de los niños mimados. Yo mismo, por supuesto, he vivido esta obsesión, porque de pequeño pasaba los veranos en la playa de las Rocas, en la Ciudad Jardín, y tenía ante mí un paisaje maravilloso que sólo tenía que compartir con otras cinco o seis familias: el agua cristalina de una playa de arena, un pequeño muelle de cemento con dos o tres barcas, y siempre que bucease, la seguridad de encontrarme una estrella de mar en el fondo o un cangrejo o los agujeros que indicaban el escondite de una almeja en la orilla. Eso ocurría a comienzos de los años 60, y nada de eso es posible ahora, pero el recuerdo de aquella imagen me ha llevado durante muchos años a despreciar las playas donde se disfrutaba de la “salud socialista”. Yo prefería el privilegio aristocrático de disfrutar de una playa para mí solo y para unos pocos cómplices, en un lugar aislado, sin ruido ni chiringuitos ni sombrillas. En Lluc-Alcari, por ejemplo.
    Ahora ya no es así. Supongo que el paso del tiempo hace que cambies, o que te adaptes a otras cosas. Me ha costado, pero ya no desprecio la salud socialista de las playas atestadas de gente. Ya no me parecen una aberración apocalíptica, sino un signo de bienestar que está al alcance, por fortuna, de muchísima gente. El iluso romántico que fui hace siglos y que buscaba playas solitarias en cualquier rincón del mundo ya ha dejado de existir. Ahora paseo por la playa llena de sombrillas, miro a las familias que comen melón y tarareo Rockaway Beach, pensando en aquel poema de Delmore Schwartz que traduje hace siglos y que nadie leyó, tal vez porque todo el mundo prefería disfrutar de un glorioso día de playa.

     

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