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Eduardo Jordà


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  • 09
    Octubre
    2012

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    Destino

    Uno de los argumentos que más se usan para defender la consulta independentista catalana es que una comunidad puede y debe manejar su destino. “Los catalanes tienen derecho a elegir su destino”, dijo Artur Mas no sé dónde, y la frase se ha repetido y se repetirá en cientos de foros y artículos y debates. Pero no sé si alguien se ha parado a pensar que es imposible elegir el destino de uno mismo —y mucho menos el destino de seis millones de personas—, a menos que uno decida tomar una decisión irrevocable, como pegarse un tiro en la boca o saltar desde el piso 33 de un rascacielos. Pero si uno vive una vida sometida a los vaivenes de la causalidad, nadie puede decidir su propio destino, por la misma razón que nadie puede decidir en el momento de su nacimiento si morirá rico o pobre, solo o acompañado, o en un accidente de aviación o retozando en la cama en compañía de un bello ejemplar del otro sexo. Nos guste o no, eso es imposible, por la sencilla razón de que el destino no se elige, y por eso mismo es destino, o fatum, domo decían los romanos: es decir, un “hado” ineludible que nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos.

    La palabra “destino” nos gusta mucho, sobre todo en los pronunciamientos políticos, porque tiene un halo misterioso que la emparenta con la tragedia griega y con los héroes rebeldes del romanticismo, siempre dispuestos a doblegar su destino costase lo que costase. Y no hay nada más atractivo para un político que hacerse pasar por el dueño del destino colectivo de su pueblo, porque eso lo eleva a la condición de una especie de taumaturgo con poderes sobrenaturales. Pero nadie en su sano juicio debería creerse este tipo de argumentaciones engañosas y puramente románticas. “España es una unidad de destino en lo universal”, dijo hacia 1933 José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange española. Esta frase nos parece ahora una aberración o un hermoso disparate —y lo es—, pero mucha gente se lo pensaría dos veces si en vez de usar la palabra “España” se usase la palabra “Catalunya”, y sobre todo si la frase estuviera escrita en catalán: “Catalunya és una unitat de destí dins l’univers”, por ejemplo. Me gustaría hacer la prueba de lanzar esta frase en tuiter, a ver qué éxito tenía. Y cuidado, que también nos llevaríamos muchas sorpresas si la frase de Primo de Rivera volviera a ponerse en circulación entre los partidarios de la sagrada unidad de España.
    Y que conste que no estoy cuestionando el derecho de Catalunya a realizar un referéndum, porque creo que lo tiene, siempre que se haga con todas las garantías legales. Lo que me preocupa es la retórica que acompaña el debate sobre este referéndum, porque es una retórica que se funda en las emociones y en los sueños románticos —es decir, en las pulsiones irracionales y en las trampas a la razón—, y eso es muy peligroso. Una comunidad puede decidir su futuro, eso sí, pero sólo en términos administrativos. Puede decidir qué clase de leyes quiere tener, y qué tipo de sistema educativo, y cómo recaudará los impuestos y luego los distribuirá entre la población. Eso sí. Y también puede elegir cuál debe ser su pasaporte y sus fronteras, siempre que esa decisión se ajuste a la ley y no incurra en una violación de los derechos de otras comunidades. Pero eso es todo. Es decir, que una comunidad puede pactar cómo lleva a cabo su separación de la comunidad en la que hasta ahora había estado integrada, y en qué condiciones legales, y con arreglo a qué jurisprudencia. Claro que puede hacerlo. Pero sin destinos ni retóricas ni desahogos emocionales, sino con datos y con normativas legales. O dicho de otro modo, con cesiones y con acuerdos. Pero nada más.

    “Carácter es destino”, decía una de las enigmáticas máximas de Heráclito. A primera vista, esta frase nos indica que cada uno de nosotros puede controlar su destino por medio de sus decisiones individuales, y eso es cierto, pero sólo hasta cierto punto, porque en esta frase también está implícita la idea de que la forma en que cada uno va alterando su destino, por medio de una larga serie de decisiones individuales, se inscribe en última instancia en el destino de cada uno. Y tenemos muchas pruebas de ello. En su escondite de Ámsterdam, Anna Frank escribía en su diario que cualquiera de nosotros podía forjar su carácter —y con ello también su destino—, sin saber que un soplón estaba indicando en aquel momento a la Gestapo que había varias familias judías escondidas en un ático de la calle Prinsengracht. Y si trasladamos esta historia al debate político, veremos que una comunidad puede tener derecho a elegir su futuro, pero nunca su destino, y sólo en la medida en que las circunstancias se lo permitan.
    Lo primero que deberíamos hacer ahora, cuando se ha planteado un referéndum independentista en Catalunya, es apartar para siempre el lenguaje incontrolable de los sentimientos. Ya es hora de que dejemos de hablar de nuestros destinos, como actores mediocres disfrazados de guerreros medievales con una espada de cartón en la mano, y empecemos a hablar de dinero y de ventajas laborales, de impuestos y de exportaciones, de divisas y de acuerdos. Porque ahora sólo deberíamos discutir las ventajas y los inconvenientes y los procedimientos administrativos. Y ojalá empecemos a hacerlo pronto.

     

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