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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 16
    Octubre
    2012

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    Desembarco

    Como es natural en nuestro país, la noticia más importante de estos últimos días ha pasado desapercibida. Durante meses y meses seguiremos discutiendo a gritos sobre la españolización de Cataluña o sobre las ventajas e inconvenientes de ser un país federal o confederal o plurinacional —aunque nadie sepa qué demonios quieren decir esas palabras—, sin que nadie repare en los acontecimientos que de verdad deberían importarnos. Y uno de ellos, y en mi opinión el más preocupante, se refiere a la irrupción de los cárteles mexicanos de la droga en nuestro país. Por lo que he podido leer, esa presencia ha sido constatada por algunos jueces y policías, y cuando lo leí, sentí un escalofrío en la espalda. Que grupos tan siniestros como los Zetas o el cártel de Sinaloa puedan andar por aquí, en unos tiempos de descomposición social como los que estamos viviendo, es un hecho que pone los pelos de punta. Pero nos guste o no, el desembarco de los cárteles mexicanos era algo que tenía que ocurrir más tarde o más temprano. Al fin y al cabo, y pese a que nadie hable de ello, somos el primer país consumidor de cocaína de toda Europa, un dato al que los políticos parecen haberle dado la espalda desde hace mucho tiempo.

    Pero es normal que sea así, porque estamos acostumbrados a vivir de espaldas a la realidad desde hace muchos años. Y cuando la gente se pregunta cómo es posible que un país pueda sobrevivir sin un grave estallido social, con un 30 por ciento de parados en algunas regiones, y con cerca del cincuenta por ciento de jóvenes sin trabajo, nadie parece acordarse de que hay una narco-economía sumergida que da trabajo a mucha gente. Sería interesante, por ejemplo, calcular qué proporción de jóvenes que ni estudian ni trabajan viven trapicheando drogas, o incluso instalados en el negocio de la distribución al por mayor. Y sería interesante, también, calcular cuál es la importancia de la narco-economía en zonas turísticas como Ibiza, por ejemplo, o la Costa del Sol, o la Costa Brava, o Mallorca, sin ir más lejos.
    En Andalucía, toda la ribera del Guadalquivir se ha convertido en una narco-economía en la que la droga llegada de Marruecos proporciona trabajo y una cierta estabilidad social a una comarca sumida en la asfixia económica. Y lo mismo puede decirse de la costa de Cádiz. Hasta qué punto los narcos están controlando a los políticos, o a los jueces y a los policías de esos lugares, es algo de lo que se sabe muy poco. De vez en cuando se producen destituciones inesperadas, cambios de destinos, dimisiones repentinas, inexplicables desapariciones de alijos incautados, pero eso es todo. Y por supuesto, nadie habla del asunto.
    Casi todo el mundo cree que vivimos en una sociedad estable en la que es imposible que la violencia indiscriminada de los narcos acabe imponiendo su ley, como ocurre en México desde hace una década. Pero las sociedades nunca están a salvo de las peores pulsiones destructivas, si se alían las circunstancias adversas y la descomposición social llega al punto de no retorno. Un mes o dos antes de nuestra guerra civil, muy poca gente podía imaginarse lo que iba a ocurrir al llegar el verano, y ni siquiera el general Franco se comprometió con los conspiradores hasta una semana antes del golpe militar. Lo digo porque ni el mismo Franco, que fue un protagonista estelar de los hechos —por desgracia para todos—, sabía lo que iba a ocurrir una semana —repito, una semana— antes de su propia irrupción en la historia, en julio de 1936. Y es muy probable que ni él mismo fuera consciente de la locura sangrienta se iba a apoderar de nuestro país, cuando la violencia indiscriminada se convirtió en una especie de fuerza diabólica que actuaba sola, como si fuera una sierra mecánica que se había escapado de las manos de su dueño en medio de un banquete de bodas.

    Estuve en México a mediados de los años 80, en un periodo relativamente tranquilo de su historia reciente, y nadie podía imaginarse lo que iba a ocurrir un par de décadas más tarde. Pero la pobreza, la corrupción política y el deseo de ganar dinero fácil fueron haciendo su trabajo, hasta que todo el país se convirtió en un campo de batalla sin frentes reconocidos ni fronteras ni límites de ninguna clase: narcos contra policías, narcos contra narcos, infiltrados contra infiltrados, y a la larga, todo el mundo contra todo el mundo. Es cierto que España no es México, pero también es cierto que tenemos una situación explosiva, con una masa de jóvenes desocupados y sin estudios de ninguna clase que se han acostumbrado a la vida fácil y al dinero obtenido de cualquier manera, además de una economía en caída libre y la desmoralización y la desesperanzada extendiéndose por todas partes. Y en estas condiciones, cualquiera sabe lo que puede ocurrir si llegan los cárteles más violentos de la droga a disputarse el negocio. Sería bueno que alguien pensara en ello.

     

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