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Eduardo Jordà


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  • 15
    Enero
    2013

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    Declaración de dependencia

    En Bus Stop, un vaquero le recitaba a Marilyn Monroe el discurso de Lincoln en Gettysburg, para demostrarle a la chica que no era tan bruto como ella decía. Y en El hombre que mató a Liberty Valance, James Stewart le hacía leer a un peón negro que trabajaba en el rancho de John Wayne la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. El peón —de nombre Pompey, todavía me acuerdo— apenas sabía leer, y cuando se trabucaba al leer la frase “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales”, James Stewart le ayudaba con paciencia hasta que Pompey conseguía terminar la frase (la frase más bella de la historia de la humanidad, por cierto).

    Vi esas dos películas hace mucho tiempo, cuando era muy joven (o incluso un niño, en el caso de la película de John Ford), pero desde entonces descubrí la grandeza que puede alcanzar un texto político. Si un vaquero le podía recitar un discurso a una cantante de cabaret sin que todo el cine se tronchara de risa, o si un peón negro podía leer en mitad de una película la Declaración de Independencia de su país, haciendo que toda la sala contuviera el aliento por la emoción, es que aquellas palabras estaban escritas con la misma solemnidad y el mismo rigor que le exigiríamos a un discurso fúnebre dirigido a alguien que hemos querido mucho. No hay política seria que pueda existir al margen de la belleza de las palabras y de la exactitud conceptual de las propuestas teóricas, pero eso es algo que hemos olvidado en esta época de palabras devaluadas y de discursos construidos como si estuviéramos participando en un chat de Tele5. Detrás de los textos fundacionales de Jefferson y de Lincoln está toda la tradición de la mejor cultura europea, desde los discursos de Pericles hasta los endecasílabos blancos de Shakespeare y Milton o la obra de los enciclopedistas. Pero en la prosa política que se escribe ahora no parece haber nada, aparte de unas cuantas clases de marketing político y la palabrería burocrática aprendida en las reuniones en las que se decide quién se va a una caja de ahorros y quién se queda con la cartera de Justicia o de Economía.
    Eso es algo que salta a la vista cuando se lee la “Propuesta de resolución de aprobación de la declaración de soberanía del pueblo catalán”, ese texto ilegible que han acordado CiU y ERC para iniciar el proceso soberanista en Cataluña. Prueben a leer el título en voz alta —como si fueran el vaquero que intenta seducir a Marilyn Monroe en Bus Stop—, y es casi seguro que necesitarán con urgencia la aplicación de una mascarilla de oxígeno. Ni siquiera en los textos de las pruebas de Selectividad —donde un profesor amigo mío llegó a encontrar neologismos como “igualizar”, “cursación” o “motivamiento”— se puede escribir tan mal, con tan escaso oído para la musicalidad de la prosa y con tantas infracciones de la construcción sintáctica (y que conste que el original catalán es igual de malo). Si los redactores de esta propuesta quieren construir un país, me temo que la calidad de su prosa sólo les autoriza a redactar los estatutos de una comunidad de vecinos, y en un barrio con serios problemas de alfabetización.
    Hasta la Constitución venezolana de Hugo Chávez está escrita con una prosa mejor que esta “Propuesta de resolución”. Y para llegar a los abismos verbales y sintácticos de esta prosa hay que adentrarse en la Constitución boliviana de Evo Morales de 2009, en cuyo Preámbulo se pueden leer frases patafísicas de este calibre: “Asumimos el reto histórico de construir colectivamente el Estado unitario social de derecho plurinacional comunitario, que integra y articula los propósitos de avanzar hacia una Bolivia democrática, productiva, portadora e inspiradora de la paz, comprometida con el desarrollo integral y con la libre determinación de los pueblos”. ¡Ufff! ¿Qué vaquero en su sano juicio podría seducir a Marilyn Monroe recitando esta frase de la Constitución boliviana?

    Pero ahora, amigos, compárenla con ésta de la “Proposta de resolució d’aprovació” de CiU y de ERC: “De acuerdo con la voluntad expresada democráticamente por parte del pueblo de Cataluña, el Parlamento de Cataluña acuerda declarar la soberanía democrática del pueblo de Cataluña como sujeto político y jurídico, iniciando el proceso para hacer efectivo el ejercicio del derecho a decidir como plasmación del derecho a la autodeterminación de los pueblos, y hacer efectiva la voluntad de constituir Cataluña en un nuevo Estado dentro del marco Europeo de acuerdo con los principios siguientes”. ¡Ufffffffff! Me pregunto qué dirían Carles Riba o Joan Sales si pudieran leer este texto que pretende dar nueva vida legal al país que ellos amaron tanto y por el que sufrieron tanto. Y me pregunto qué clase de emoción y de grandeza puede haber en un proyecto político que se expresa en un lenguaje tan pobre y tan tosco que ni siquiera un vaquero muy bruto se atrevería a recitárselo a la pobre Marilyn Monroe.

     

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