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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 29
    Enero
    2013

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    La poeta inglesa Alice Oswald publicó hace dos años un hermoso libro, Memorial, que es un largo poema escrito a partir de una traducción libre de la Ilíada. Pero el poema de Alice Oswald no se centra en Aquiles ni en Héctor, sino en los guerreros que murieron luchando por Aquiles o por Héctor y de los que no se sabe casi nada, más allá del nombre y de unos pocos detalles de su vida o del lugar donde murieron, o a veces ni siquiera eso. Compré el libro de Alice Oswald en una pequeña librería americana que se llama The Whistle Stop, ya que está en un lugar donde hubo una pequeña estación de tren en la que los trenes sólo se detenían si el pasajero se ponía a silbar para avisar al maquinista. Y ahora leo al azar los versos que hablan del oscuro guerrero Ipidamas, que era muy joven y tenía una flauta y murió con la flauta en la mano, o del troyano Epicles, que murió de una pedrada al cruzar un río, justo en el momento en que unas grullas levantaban asustadas el vuelo.

    En 2011, el libro de Alice Oswald fue seleccionado para el premio T.S. Eliot, que es el premio de poesía más importante de Inglaterra. Hasta aquel año, el premio —dotado con 15.000 libras— se había financiado con dinero público, pero los recortes presupuestarios obligaron a los organizadores a buscar patrocinadores privados, y entonces apareció la firma Aurum Funds, que se ofreció a financiar el premio, y los organizadores dijeron encantados que sí. Los fondos que gestiona Aurum Funds persiguen rendimientos muy altos, por lo que suelen estar asociados a las empresas que despiden a un gran número de trabajadores para aumentar los beneficios o con las políticas de ajuste que asfixian a los países endeudados como España. Cuando Alice Oswald se enteró de que el premio al que aspiraba iba a ser financiado por esos inversores, solicitó que su libro fuera retirado de la candidatura. No hizo nada más. Retiró su libro y luego escribió un artículo en el que explicaba que se había retirado porque no le gustaría, llegado el caso, cobrar un dinero que venía de unos fondos de inversión que forzaban el despido de trabajadores e imponían drásticas políticas de recortes.
    Por lo que yo sé, Alice Oswald no es una mujer rica. Estudió griego clásico y trabajó durante ocho años como jardinera. Tiene tres hijos. Su marido es profesor, también de lenguas clásicas, lo que hace pensar que tampoco es una persona rica, así que a los dos les vendrían muy bien las 15.000 libras del premio T.S. Eliot. Al fin y al cabo, casi nadie sabe quién financia el premio, y lo único que cuenta es que ese premio es prestigioso y lleva el nombre de un gran poeta al que sin duda Alice Oswald admira. Pero Alice Oswald, que no se proclama transgresora ni izquierdista, ni tampoco rebelde ni antisistema ni nada de eso, sino que vive tranquila con su familia en una granja de Devon, y que confiesa que coloca un libro junto a la cocina para poder leer mientras prepara la comida, ya que apenas tiene tiempo libre, renunció a ese premio que podría haberle proporcionado esas 15.000 libras que sin duda le vendrían muy bien. Podría, sí, pero no lo hizo. Renunció. No quiso aceptar ese dinero que para ella estaba contaminado.
    Es normal que nos dejemos llevar por el fatalismo y que pensemos que no se puede hacer nada para oponernos a quienes se están aprovechando de esta crisis. Pero en realidad se pueden hacer muchas cosas. Los griegos antiguos que murieron en los campos de Troya, esos guerreros que Alice Oswald cantó en su Memorial, tuvieron que aprender a interpretar un mundo que todavía era en muchos aspectos una incógnita. Y como no tenían más armas que la observación y la curiosidad y el aprendizaje a partir de los errores, esos hombres antiguos tuvieron que establecer una compleja red de analogías que les sirvieran para explicarse las cosas que no sabían muy bien ni cómo ni por qué ocurrían. Por eso hay tantos símiles y tantas analogías en la Ilíada, y por eso el viento se compara a las grullas y a los cantos de guerra y a las pisadas borradas en la arena de los que ya han muerto. Nosotros ya no vivimos en ese mundo que necesita construirse cada día a partir de las analogías y los símiles que conectan todo lo que está vivo, porque ahora creemos que todo está explicado. Y además se nos ha convencido de que no podemos evitar que los modernos reyes aqueos o troyanos se rían de nosotros y nos tomen el pelo y nos lleven a donde les dé la gana.

    Puede ser. Pero todavía hay un pequeño margen de maniobra. Todavía podemos decir que no: a los jefes ineptos, a los políticos ineptos, a los sinvergüenzas, a los cínicos, a los ladrones, a los mentirosos. A todos, de alguna forma, se les puede decir que no. “Lo siento, pero yo no voy a hacerlo. No cuente conmigo”. Alice Oswald lo hizo. Y todos, en mayor o menor medida, también podemos hacerlo.

     

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