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Eduardo Jordà


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  • 24
    Abril
    2012

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    De espaldas a la verdad

    Una de las cosas buenas que dejó el gobierno de Zapatero –junto con la ley del matrimonio homosexual– fue la conversión de la televisión pública (TVE) en un organismo plural que ejercía la neutralidad informativa. La televisión pública se financia con dinero de todos, así que nunca debería ser un instrumento al servicio del partido que controla el poder. Pero un hecho tan simple como éste aquí parece tan difícil de entender como el teorema de Fermat. Para darse cuenta de ello basta pensar en las múltiples televisiones autonómicas y locales, que por su parcialidad y sus niveles de adulación hacia los gobernantes de turno parecen la televisión pública del Kazajstán o la de Corea del Norte.

    Por desgracia, parece que el hecho milagroso de tener una TVE independiente tiene sus días contados. En el PP han descubierto que la causa de su caída vertiginosa en las encuestas es la independencia informativa de TVE –y no la extraordinaria torpeza con que se expresan sus ministros cuando tienen que explicar sus medidas–, y ya se disponen a nombrar a un subordinado que se preste a enmascarar la realidad al gusto del gobierno. Una vez más nos equivocamos por completo. Si hay alguna posibilidad de salir de esta crisis, es aprender a mirar de frente las cosas y no confundir los deseos con las realidades. El gran problema español –y también europeo– ha sido vivir estos últimos veinte años como si lleváramos unas gafas tridimensionales que nos pintaban las cosas tal como nos gustaba que fuesen. Nos creíamos los más prósperos, los más solidarios, los más competentes, los más divertidos, los más abiertos y los más felices de todos los ciudadanos del mundo. Y no nos dábamos cuenta de que estas circunstancias eran incompatibles. Si éramos los más abiertos y los más divertidos y los más felices, era muy dudoso que también pudiéramos ser los más trabajadores y los más competentes. O una cosa o la otra. Pero nunca quisimos reconocer la verdad. Y así seguimos.
    Y eso no sólo ocurre entre nosotros. En Francia, los votantes que se han inclinado por un candidato que les prometía lo imposible –nacionalizaciones, proteccionismo económico, incrementos salariales, mejoras de las pensiones– han sido casi un 40%, tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda, como si todavía viviéramos en el tiempo de las bancas nacionales y en China gobernaran Mao Tsé Tung y sus guardias rojos. Pues no, eso no es posible. El proteccionismo, el aislamiento económico, la independencia financiera: todas estas cosas ya no son posibles. Y por mucho que nos empeñemos, no volverán a serlo.

    Esta crisis no es sólo un cambio de ciclo económico. Es una sacudida sísmica que ha cambiado por completo todas nuestras certezas y nuestros hábitos. Ya no sirven las recetas antiguas. Y no hay salida posible del laberinto si antes no nos atrevemos a reconocer que nada volverá a ser igual. Y por mucho que el PP ponga un director general de TVE que se arrodille al paso del gobierno, las cosas seguirán siendo iguales. Más le valdría al PP buscarse nuevos asesores y despedir a los que ahora tiene, que han demostrado muy escasa sabiduría práctica. Y ya puestos, también le iría bien reconocer de una vez que hay que imponer unos nuevos modelos de conducta social, ante todo coraje, ejemplaridad y buenas maneras. Y hay que introducir la solidaridad –pero la real, y no las paparruchas retóricas del zapaterismo– y gobernar con sentido común. Ningún gobernante debería exhibirse con Rolex de 2.000 euros. Ningún gobernante debería cometer el error pueril de irse a cazar elefantes (y hay mil formas de cazar elefantes en un despacho oficial). Y sobre todo hay que encontrar respuestas inteligentes a los problemas. ¿Tan difícil es entenderlo?

     

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