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Eduardo Jordà


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  • 19
    Junio
    2012

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    Contra Angela

    Desde hace tiempo se ha instalado entre nosotros un discurso que promueve el sentimiento anti-alemán, y ese sentimiento se ha encarnado en el odio a Angela Merkel. Los alemanes, se nos dice, son arrogantes, testarudos, severos, y nos quieren castigar por nuestra indolencia y nuestra holgazanería. Y si la señora Merkel nos reprende, o si amenaza con enviarnos a los temibles hombres de negro que supervisarán nuestras cuentas y revisarán hasta el último céntimo que gastemos, es porque ella odia nuestro amor a la vida y nuestra forma relajada de entender las cosas. Ella es nórdica y nosotros somos mediterráneos, y por tanto estamos condenados a no entendernos. Y encima ella es hija de pastor luterano, con lo difícil que debe de ser eso, y peor aún, estudió Física y vivió en la Alemania comunista (la DDR, como la llamaban hace treinta años, o República Democrática Alemana, cuando preferían usar el sarcasmo a lo Peter Sellers). Y por si fuera poco, Merkel hizo su tesis doctoral sobre química cuántica y le puso este título: “Influencia de la correlación espacial de la velocidad de reacción bimolecular de reacciones elementales en los medios densos”. Y no me pregunten qué quiere decir eso, porque no hablo el tibetano.

    Sí, de acuerdo: una preparación intelectual como la de Angela Merkel nos da un poco de miedo. Estamos acostumbrados a políticos que apenas tienen formación y que entraron a militar en sus partidos cuando tenían veinte años, y que luego fueron escalando puestos de responsabilidad gracias a su singular habilidad a la hora de empujar papeles con la nariz y a su titánica capacidad para no quedarse dormidos en las reuniones del partido. Pero Angela Merkel es otra cosa. Es doctora en física y tuvo una vida profesional en la universidad antes de dedicarse a la política. Nunca sonríe, o sonríe de una forma que parece forzada, y tiene un aire antipático que nos impide asociarla con esa clase de personas a las que invitaríamos encantados a cenar. Hace años se quejó de que Sarkozy la besuqueaba demasiado —una queja que no me parece tan descabellada—, y parece evidente que no le gustan demasiado ni el contacto físico ni los placeres sensuales de la vida. No la imaginamos acomodándose en un sillón para disfrutar de una conversación de sobremesa, ni dando un paseo en barca, ni contemplando las nubes perezosas del final del verano. Nada de eso. Ella prefiere el trabajo y la disciplina, y no creo que podamos culparla por ello. Supongo que la eligieron para eso, ¿no?

    Mucha gente cree que Merkel se obstina de una forma irracional en mantener sus propuestas económicas, porque es imposible imponer la austeridad extrema a la vez que nos exige un crecimiento económico, pero es lógico que defienda sus posiciones, por doloroso que sea para nosotros. Nadie sabe muy bien lo que está pasando con el euro y Angela Merkel preside un país que tiene una economía más o menos sólida, o al menos bastante más sólida que la nuestra. Y en estas condiciones, es normal que ella no quiera arriesgar alegremente el dinero de sus votantes. Hoy por hoy, Alemania tiene que avalar a todos los parientes pobres que han aparecido en Europa (y cada día hay un nuevo pariente pobre pidiendo ayuda), así que es comprensible que quiera imponer sus condiciones y que no tenga ningún deseo de soltar el dinero sin un mínimo de cautela. Si Alemania avala con sus fondos bancarios a las economías de los países que están pasando por un mal momento, es justo que no quiera poner en riesgo el dinero de sus contribuyentes sin exigir contraprestaciones. Las cosas son así. Comprendo que odiemos a la Merkel y que la consideremos inaguantable y despótica. Pero cualquiera de nosotros, si estuviera en su lugar, haría lo mismo.

     

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