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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 29
    Mayo
    2012

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    Confianza

    Saul Bellow contaba que una tarde de junio, en Chicago, en uno de los peores años de la Gran Depresión, iba paseando por un parque cuando vio una hilera interminable de coches aparcados bajo los árboles. Los coches tenían las ventanillas bajadas y las puertas abiertas, y los conductores fumaban en silencio. Al acercarse, Bellow se dio cuenta de que todos los conductores estaban escuchando la radio. Era la hora de las charlas del presiente Roosevelt, que tenía la costumbre de dirigirse por radio al país cuando se vivían momentos de especial gravedad. En aquellos años, en América había un 25% de desempleados y la producción industrial había caído en picado, algo que no se había visto nunca en toda la historia del país. Miles y miles de personas tenían que vivir en chabolas. Pero las palabras de Roosevelt sabían trasmitir confianza a sus electores. “Es hora de decir la verdad, toda la verdad, con franqueza y determinación”, dijo en uno de sus primeros discursos. Y el mensaje de Roosevelt era muy sencillo: los tiempos eran difíciles, pero América acabaría ganando la batalla.

    Durante sus once años de gobierno, Roosevelt dio treinta charlas en la radio. “Estimados amigos”, decía al principio, o bien “Compatriotas americanos”, y luego explicaba los problemas de la banca o del desempleo o de los desahucios. Para Roosevelt, la democracia no tenía ningún valor si un líder no era capaz de consolar a su pueblo cuando las cosas se ponían muy feas. Y eso que Roosevelt era cualquier cosa menos un demagogo o un tribuno de la plebe. En realidad era un aristócrata de Nueva Inglaterra que fumaba con boquilla y que hablaba con un acento de lo más esnob, pero los ciudadanos le escuchaban con atención —y por eso le hicieron ganar cuatro elecciones presidenciales seguidas— porque confiaban en sus palabras y necesitaban sentir que alguien les estaba consolando por los malos tiempos que les habían tocado vivir.

    Lo digo porque hay momentos en que lo único que necesita un país es que alguien se dirija a los ciudadanos y se atreva a decir la verdad. Ni siquiera tiene que prometer nada o asegurar nada, sino hacer lo mismo que hacía Roosevelt: llamar a sus ciudadanos “estimados amigos” y hablarles con calma para trasmitirles la idea de que los sacrificios que están sufriendo no serán en vano. No hace falta mucho más: tranquilidad, seguridad, aplomo, confianza. Eso es todo. Porque la ciudadanía, en los momentos de gravedad, se da cuenta en seguida de quién miente y quién siente de verdad lo que está pasando. Roosevelt, de hecho, era un hombre que apenas sabía nada de economía y que sólo se interesaba por su colección de sellos y sus libros de historia naval. Pero tenía fe en su país y en su programa de gobierno, y supo trasmitir la idea de que su América sería capaz de derrotar a la crisis. Por suerte, Roosevelt no era un burócrata que sólo sabía maniobrar en las reuniones de su partido, y por lo tanto no estaba acostumbrado a vivir en el disimulo y en la ocultación de la verdad. Era un político genuino, o más aún, un estadista, así que no le daba miedo dirigirse a su pueblo y decirle la verdad. Sólo así logró hacer que la población de América sacara lo mejor de sí misma en los peores años que le tocó vivir.

    Un nieto de Roosevelt, por cierto, vivió unos años en Deià, en una casa que no estaba muy lejos de la iglesia. Una tarde, a la hora de la siesta, pasó una moto a toda pastilla. El nieto de Roosevelt se asomó a la calle y le gritó al motorista que no hiciera tanto ruido. El motorista, cosa rara, paró la moto y se fue andando. Nunca vi una cosa así en el pueblo ni la volví a ver después, pero se ve que el nieto había conservado algunas de las cualidades del abuelo Franklin D. Roosevelt, cuando los automovilistas de Chicago paraban los coches para escucharle en la radio y oír cómo les llamaba “estimados amigos”.

     

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