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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 13
    Marzo
    2012

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    Chinos

    Juan Roig, el dueño de Mercadona, ha puesto como ejemplo la laboriosidad de los chinos. Y de un modo u otro, parece decirnos que deberíamos aprender de ellos. Pero uno se pregunta qué es lo que deberíamos aprender. ¿Su maravillosa poesía clásica? ¿Su disciplina y su capacidad de trabajo? ¿Su amor por el conocimiento? Todo eso sería bueno en un país que se ha vuelto demasiado acomodaticio e irresponsable, desde luego, y en el que a nadie le preocupa que se pueda pasar de curso en la ESO con tres o cuatro asignaturas suspendidas. Pero no hay que olvidar que hay otras muchas cosas que definen la vida de los chinos. ¿Son esas cosas las que deberíamos aprender? ¿La falta de derechos laborales y políticos, por ejemplo? ¿O la docilidad con que aceptan un trabajo en condiciones de semi-esclavitud? ¿O quizá deberíamos aprender a vivir hacinados en un pasillo, como vi a una familia entera en un edificio decrépito del barrio chino de Kuala Lumpur?
    Cualquiera sabe. Roig dice que los chinos han abierto nueve mil bazares en toda España, mientras que miles y miles de negocios ´nacionales´ han ido cerrando o se han ido al garete, si no están a punto de hacerlo ya. Y eso no acaba de gustarle a la gente. Circulan muchos bulos sobre los chinos, y los niños suelen repetirlos con un énfasis violento que no me gusta nada, porque esos bulos parecen referirse a los chinos como si fueran una plaga tóxica que va a ir devorando nuestro modo de vida y nuestros precarios servicios sociales. Se dice, por ejemplo, que los chinos no pagan impuestos, cosa que es una formidable leyenda urbana, aunque nadie parece tomarse la molestia de comprobar su falsedad. También se dice que los chinos son astutos y traicioneros y que nunca sabemos en realidad lo que están tramando, así que no debemos fiarnos nunca de ellos. Como si fueran Fu-Manchú, vamos. Y esas cosas se dicen con gran tranquilidad y sin que nadie parezca atreverse a contradecirlas. Y ese temor no es bueno. Nada bueno.
    A mí lo que más me sorprende de los bazares chinos es que sus dueños se pasan alrededor de doce horas en su interior, y eso no les crea traumas ni molestias ni trastornos, al menos aparentes. Todos los días paso frente a un bazar que tiene el rótulo de ´Moda y complementos´, aunque sólo Dios sabe lo que uno puede encontrarse allí. He visto allí dentro tantas cosas que he tenido que apuntarlas en una libreta. Gatos dorados que levantan una pata, sombreros de bruja, estatuas yacentes de Buda, máscaras de King-Kong, paraguas, sillitas plegables, calendarios de pared, paletas de ping-pong, jaulas de pájaros, rollos de hule, mesas de terraza, árboles de navidad, pagodas en miniatura, estuches de palillos, peceras (con peces y sin peces), sacos verdes que contienen algo que no sé si es abono o compost o tierra… Y también he visto ropa, por supuesto, ropa que ocupa los escasos espacios libres y estantes y rincones. Y balones de fútbol. Y cientos de cosas más.
    Pero lo que más me interesa de ese bazar son los hijos de los dueños, niño y niña, que tendrán entre cuatro y seis años. Un día vi a la niña jugando en la acera con una pistola de pompas de jabón. Y en esto salió disparado el niño, dio un salto al estilo de Bruce Lee en Karate a muerte en Bangkok, se puso a gritar "¡Aee-ha-uuh-ooogg!" y fue destruyendo las pompas de jabón, una detrás de otra, a base de patadas y golpes con la mano. Fue una obra de arte, sin duda. Pero lo que más me sorprende de esos dos niños es que siempre parecen felices. Se pasan horas y horas en el interior del bazar de sus padres, sobre todo los sábados y domingos, y siempre están rodeados de las mismas máscaras de King Kong y las mismas sillitas plegables y los mismos maniquíes, pero esos niños no se aburren ni se deprimen, o al menos parecen combatir el aburrimiento con alguna fórmula que yo no conozco. Y lo único que sé es que yo no sería capaz de vivir como ellos viven, encerrado en esa tienda oscura con peceras y trajes de noche y gatos dorados que mueven una pata. Pero ellos han conseguido acostumbrarse a esa vida, y no parecen necesitar otra ni echar de menos otra vida más agradable o más libre, porque quizá no son capaces de imaginar que exista otra clase de vida. El caso es que ellos saben vivir así, pero está claro que nosotros no sabríamos. Y por mucho que nos empeñemos, a no ser que nos volvamos locos o nos obliguen a ello bajo severas penas de cárcel, no vamos a poder adoptar jamás ese estilo de vida. O eso espero.

     

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