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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 18
    Diciembre
    2012

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    Causas

    Nos gusta encontrar una causa que explique los hechos que no somos capaces de entender, como la matanza en la escuela elemental de Sandy Hook, porque sin una causa que justifique lo que ha ocurrido, de pronto descubrimos que vivimos en un mundo que no tiene sentido ni quizá tampoco una razón de ser. Y toda esa frágil construcción social en la que basamos nuestra convivencia –la educación, las leyes, las normas de conducta- se viene abajo y de pronto nos sentimos a la intemperie, sin protección, expuestos a cualquier contingencia del azar o de la locura, igual que el patriarca Job en la historia de la Biblia, cuando yace desnudo y cubierto de cenizas en medio del campo y maldice el día de su nacimiento.

    Y por eso todo el mundo está buscando una explicación a la conducta del chico de veinte años, Adam Lanza, que mató a su madre y luego a veinte niños y a cinco profesoras en la escuela de Newtown. Por su incapacidad para relacionarse con los demás, se ha dicho que ese chico tenía problemas mentales o quizá sufría el síndrome de Asperger (una variante más o menos benigna del autismo). También se ha dicho que era demasiado inteligente y que llevaba una vida de adolescente retraído y solitario, ya que no tenía amigos ni conocidos, y por no tener, ni siquiera tenía un perfil en Facebook. Ese chico había tenido tantos problemas de convivencia que su madre lo había sacado del colegio y lo había educado sola, en su casa. Escribo “lo había educado” y no sé muy bien por qué lo hago, ya que ese proceso de educación incluía el uso de las armas y el entrenamiento en una galería de tiro y el aislamiento en una casa sin vecinos cercanos. Pero el caso es que usando alguno de estos elementos, o combinándolos todos, intentamos buscar una explicación a un hecho que nos parece inconcebible. Y de algún modo, si creemos encontrar esa razón, nos sentimos mejor.
    Sí, de acuerdo, muy bien, pero todos conocemos a docenas de adolescentes inteligentes, retraídos y solitarios -y quizá incluso a alguno que sufre alguna clase de patología mental- que nunca habrían hecho lo que hizo este chico. A mí una de las cosas que más me sorprenden es que nadie haya reparado aún en lo más evidente: la asombrosa, la gigantesca soledad en la que vivía ese chico, en un área residencial “idílica” de una de las zonas más prósperas y tranquilas de Estados Unidos. Yo no sé si alguien se ha fijado en esas casas aisladas que se ven al fondo de un camino, en cualquier parte de Estados Unidos, y que parecen exhibir el orgullo de sus habitantes por ser autosuficientes y no depender de nadie. Casas en las que apenas se perciben señales de actividad, como no sea el sonido de alguien que está rastrillando las hojas secas, o una luz encendida, o los lejanos sonidos inanimados –bing, bing, bing- de una videoconsola que está funcionando a todas horas en una habitación del segundo piso.

    También me sorprende que nadie haya reparado en la madre de Adam Lanza. Por lo que se va sabiendo de ella, esta mujer no parecía una madre muy preocupada por su hijo ni muy capacitada para tener hijos. Guardaba un arsenal de armas en su casa y creía en la llegada de una especie de apocalipsis social que la obligaría a vivir encerrada en su casa (¡aún más!) con sus armas y las montañas de comida enlatada que guardaba en el sótano. Por lo demás, esta mujer no parecía tener muchas cosas que hacer, aparte de cuidar el jardín y jugar a las cartas con sus conocidas. ¿Hablaba alguna vez con su hijo? ¿Le preguntaba cómo estaba y qué hacía? ¿Se interesaba por él? Parece que no. Y tampoco parece que el padre –que se separó y se fue de la casa hace varios años- se ocupara mucho de su hijo desde que abandonó el hogar.
    En esta sociedad buscamos siempre razones externas a lo que nos pasa –síndromes extraños, conflictos mentales, condicionantes sociales-, pero casi nunca pensamos en las causas más evidentes: padres que no se ocupan de sus hijos, vacío, soledad, aburrimiento, incapacidad de aceptar la vida tal como es. ¿Cómo es posible que la madre no fuera capaz de convencer a su hijo para que se cambiara ese absurdo peinado de paje? ¿Qué pasaba entre ellos dos? ¿Por qué vivían solos, aislados, desconfiando de todo el mundo? ¿Qué se les pasaba por la cabeza, qué hacían, en qué invertían su tiempo? Quizá todo sería más fácil de entender si pudiéramos contestar a estas preguntas.

     

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