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Eduardo Jordà


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  • 20
    Noviembre
    2012

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    Casinadies

    Los hermanos Ciriano todavía hablan un lenguaje que parece inmune a la propaganda política y a la publicidad. Cuentan su vida tal como la han vivido. Y eso es lo extraordinario. Un adolescente actual tiene muchos más problemas para entender su situación real -y la situación real del mundo en el que vive- que esos dos hermanos que apenas salieron de su aldea.

    sidro y Moisés Ciriano eran dos hermanos que vivían en un pequeño pueblo de Soria, en Valdegeña, a los pies del Moncayo. En realidad eran los únicos habitantes del pueblo, porque los demás habitantes se habían marchado hacía mucho tiempo. “Cuando nos muramos nosotros       –decía uno–, esto se va a quedar para los lobos”. Durante su vida, estos dos hermanos hicieron un poco de todo: fueron pastores, campesinos y todo lo que hiciera falta, porque vivieron en un mundo autárquico en el que uno tenía que saber hacer un poco de todo: un mundo, además, que apenas cambió desde que nacieron hasta que se hicieron mayores y vieron que se iban quedando solos en su pueblo.


    Supongo que esos dos hermanos apenas salieron de su comarca, y si alguno de ellos llegó a ver el mar, sería porque le tocó hacer el servicio militar en alguna ciudad de la costa (he escrito “servicio militar” sabiendo que mucha gente ignora qué era eso). Uno de los hermanos, Isidro, pudo ir al colegio, y contaba que había sesenta alumnos en su aula de párvulos, pero el otro hermano apenas recordaba cuánto tiempo fue, porque en seguida tuvo que ponerse a trabajar. Este otro hermano se hacía llamar Casinadie, Moisés Casinadie, no sé si porque ése había sido su apodo en el pueblo cuando aún tenía habitantes, o bien porque lo había elegido él mismo como mote, ya que consideraba que su vida había sido tan poco importante que no se merecía ser nada mas que eso, un “casinadie”.
    En 2007, mientras rodaban un documental sobre la vida del escritor soriano Avelino Hernández, que había nacido en Valdegeña (y que se vino a vivir a Mallorca y murió en Selva hace ya nueve años), los cineastas Olga Latorre y Juan Zarza filmaron a los dos hermanos Ciriano charlando sobre su vida en una calle del pueblo. Me imagino que Avelino Hernández era un niño cuando estos dos hermanos eran dos adolescentes que cuidaban ovejas, y que hablaron más de una vez, y se vieron en el cine o en la iglesia o en la plaza del pueblo. El documental sobre Avelino Hernández nunca terminó de rodarse, pero los hermanos Ciriano se han hecho famosos en Internet porque el vídeo en el que cuentan su vida se ha convertido en un fenómeno “viral” (y ya puestos, me pregunto qué habrían entendido ellos al oír la palabra “viral”, que a lo mejor les recordaría la gripe o la tuberculosis). El vídeo se llama “Se veía venir” y su éxito se basa en el hecho de que los dos hermanos, con sus comentarios y sus historias, supieron adivinar que la época de crecimiento enloquecido iba a acabar muy mal. Dicho en términos periodísticos –que ellos no hubieran entendido–, supieron predecir la crisis que se nos ha venido encima.
    Por supuesto que estos hermanos no fueron los únicos. Cualquier persona que tuviera dos dedos de frente lo sabía, y yo mismo oí cientos de veces –sobre todo a gente mayor– que el ritmo frenético de crecimiento económico y de endeudamiento familiar sólo podría desembocar en una catástrofe. Se lo oí decir a mi madre, a tíos, a familiares, a vecinos y a gente que conversaba en la calle o cogía el autobús. Todo el mundo que tuviera un mínimo de experiencia de la vida y una cierta capacidad memorística sabía que aquel ritmo de consumo desenfrenado tenía que venirse abajo de la noche a la mañana. Recuerdo una conversación con Daniel Capó, en el verano de 2006, en la que hacíamos pronósticos sobre las quiebras bancarias y sobre la posibilidad muy real de un “corralito” en nuestro país. Y hablando del dinero y de la escasa solvencia de muchos bancos, Dani Capó, desde Porto Cristo, me aconsejaba que no me hiciera muchas ilusiones: “Ho haurem de guardar dins un matalàs”. Por suerte no ha sido así, pero no hacía falta saber nada de economía para tener una idea bastante acertada de lo que iba a ocurrir.


    A mí lo que me interesa del vídeo de los hermanos Ciriano es que todavía hablan un lenguaje que parece inmune a la propaganda política y a la publicidad. No usan clichés, ni hablan de lo que no saben, ni pretenden decir cosas sólo porque creen que tienen que decirlas, aunque no sepan muy bien por qué las deberían decir. Nada de eso. Los hermanos cuentan su vida tal como la han vivido. Y eso es lo extraordinario. Un adolescente actual escolarizado desde que tenía tres años tiene muchos más problemas para entender su situación real –y la situación real del mundo en el que vive– que esos dos hermanos que apenas salieron de su aldea. Y esos dos hermanos no son elegíacos ni se engañan sobre su propio pasado. Saben que su vida fue atroz y que por nada del mundo les gustaría revivirla. Saben que ahora viven en un mundo mil veces más justo y más humano que el mundo en el que nacieron y se hicieron mayores. La única diferencia entre ellos y nosotros es que ellos mantienen muy vivo el recuerdo de las penalidades pasadas. Y eso les hace ser muy cautos y muy previsores. Y por muchas vueltas que dé la vida, hay una especie de atavismo biológico que les impulsa a ser ahorradores, austeros y sensatos. Y nunca hay que olvidar que fue la gente como los hermanos Ciriano la que hizo posible en Europa –y más tarde en España– el nacimiento del Estado del Bienestar.

     

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