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Eduardo Jordà


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  • 19
    Agosto
    2013

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    Cartas de cumpleaños

    El cantante Ryan Adams tiene una canción dedicada a la poeta Sylvia Plath. “¡Cómo me gustaría tener una Sylvia Plath!”, empieza la letra. Y la canción evoca, con un fondo de piano, viola y violonchelo, una dulce ensoñación de vida bohemia: cigarrillos apagados en los vasos de ginebra, ceniza en la alfombra, largas salidas nocturnas bajo el cielo estrellado, viajes a Francia y a España, bañistas que nadan desnudos hacia alta mar, tal vez sin intención de regresar a la orilla, aunque sabiendo que al final se impondrá el sentido común y no ocurrirá nada irreparable. Todo suena maravilloso, sí, pero todo es falso.

    Porque en los poemas de Sylvia Plath, que se suicidó en un gélido día de febrero de 1963, dejándoles el desayuno preparado a sus dos hijos pequeños —que dormían en el piso de arriba—, hay de todo menos dulces

    ensoñaciones de vida bohemia. En sus poemas hay violencia y frustración, y también hay hastío y migrañas. Hay pesadillas de camas de hospital y de bisturíes que cortan la carne. Hay patatas que hierven sin parar en la cocina, y que uno imagina que seguirán hirviendo al día siguiente, y también al otro, porque la poeta tiene que preparar la comida y no tiene más remedio que hacerlo, por mucho que le aburra y le deprima tener que hervir patatas. Y también hay pequeñas calaveras que se aparecen de repente, cuando uno menos se lo espera. Y hay niños que gatean por el suelo como si fueran —se nos dice— “marionetas sin hilos”. Y hay súbitos deseos de ahogar a unos gatos recién nacidos. Y hay una luna omnipresente, siempre amenazadora como un lobo, una luna que a menudo se tiñe de sangre y cuelga del cielo como un ahorcado. En muy pocos de los poemas de Sylvia Plath suenan violas ni violonchelos. Porque lo que se oye es más bien el alarido enloquecedor de un bebé. Y el dolor insoportable de un clavo que atraviesa la carne. Y ese ruido de sierra que suena una y otra vez en el cerebro de alguien que no puede dormir. Es posible que soñar con tener una Sylvia Plath sea muy fácil, como le pasaba al cantante Ryan Adams, pero algo muy distinto debía de ser convivir con la Sylvia Plath real y sus pesadillas y sus manías y sus frustraciones. El marido de la poeta, el también poeta Ted Hughes, fue acusado por las feministas de haber provocado el suicidio de Sylvia Plath al abandonarla por otra mujer, Assia Wevill. En algunos de sus recitales se oían gritos furiosos de “¡Asesino! ¡Asesino!”. Y cada vez que su nombre sonaba para el premio Nobel —y sonó varias veces—, algún académico sueco sacaba a relucir el “caso” del suicidio de Sylvia Plath, así que el nombre de Ted Hughes volvía a ser postergado por problemático y poco ejemplar.
    Pero Ted Hughes escribió un libro de poemas dedicado a su primera mujer, la Sylvia Plath que se suicidó metiendo la cabeza en el horno con la espita abierta, y ese libro de poemas se publicó en 1998, cuando Hughes estaba enfermo de cáncer y sabía que le quedaba muy poco tiempo de vida. Ese libro se llama Cartas de cumpleaños (Lumen acaba de reeditarlo), y consta de 88 poemas largos, que Ted Hughes fue escribiendo a partir de 1970 y en los que recordaba los seis años que compartió con Sylvia Plath, desde que se conocieron en Cambridge en 1955 hasta que ella se suicidó en 1963. Cuando empezó a escribir este libro, la mujer por la que Hughes había abandonado a Sylvia Plath también se había suicidado, y no sólo eso, sino que Assia Wevill también mató a la hija que había tenido con Hughes, una niña de seis años a la que llamaban Shura. Y también lo hizo con gas, igual que Sylvia Plath. Es difícil calibrar lo que Ted Hughes sentía cuando empezó a escribir este libro. No sólo se debía de sentir culpable de la muerte de dos mujeres que le habían amado, sino también de una niña que apenas tuvo tiempo de vivir. Si debió de ser muy difícil ser Sylvia Plath, con sus pesadillas de electroshocks y sus súbitos deseos de ahogar a unos gatitos recién nacidos, no quiero ni imaginarme lo difícil que tuvo que ser la vida de Ted Hughes.

    Pero lo extraño es que las Cartas de cumpleaños, a pesar de ser un libro terrible, son también un libro cargado de vida y de emoción. La premonición de la muerte flota por todas partes, pero también la alegría compartida con los niños, y el gozo de los viajes a Irlanda y a América, y las fiestas que pudieron pasar juntos, y los buenos momentos que unieron a esas dos personas que en un momento llegaron a quererse y a respetarse como quizá se ha querido y se ha respetado muy poca gente, pese a que al final todo se viniera abajo. El otro día entré en una librería y el librero me dijo que se estaban vendiendo muy bien las Cartas de cumpleaños. Me pareció una buena noticia en un verano en el que casi no ha habido buenas noticias.

     

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