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Eduardo Jordà


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  • 02
    Octubre
    2012

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    Calabazas

    Cuando llega el otoño, en muchas casas americanas decoran la entrada con una buena colección de calabazas. Las calabazas se suelen recolectar en otoño, y ahora se han convertido en la imagen más conocida de la fiesta de Halloween, y quizá por eso se colocan en las casas cuando se termina el verano. Ayer estuve dando un paseo por la pequeña ciudad americana en la que vivo, y pasé por más de media docena de casas decoradas con calabazas. Cuando se hizo de noche, y el frío empezó a apretar, noté un resplandor inusual en el cielo, y al levantar la cabeza, vi una gran luna llena sobre la ciudad. Era la primera luna llena del otoño: la luna de las cosechas, tal como la llamaban los indios que vivían aquí hace tres o cuatro siglos, antes de que fueran expulsados por los colonos blancos.

    En España las calabazas tienen muy mala prensa. Que le den calabazas no le gusta a nadie. O significa que has vivido un desengaño amoroso, o que te han suspendido un examen. Y en Mallorca incluso teníamos un dicho, “és un carabassot”, que se aplicaba a las personas cortas de mollera. Pero a mí me gusta ver estas calabazas colocadas en las entradas de las casas. Y mientras paso frente a la barbería de Kirpatrick, que tiene todavía su cilindro tricolor junto a la puerta, pienso en esa delicada arquitectura social -hecha de tradiciones y normas y concesiones mutuas- que sostiene en pie las sociedades civilizadas. Supongo que las calabazas molestan a muchos vecinos, y que otros las odian porque les parecen una costumbre estúpida, pero todos los vecinos que quieran tienen derecho a colocar sus calabazas en sus porches, y los demás vecinos tienen que aceptarlo, les guste o no. Y mientras sigo paseando, y paso por el salón de pompas fúnebres de los señores Roth y Morgenstern, pienso en el desprecio con que solemos tratar en España todas las normas que sirvan para hacernos la vida en común un poco más tolerable, y en el júbilo histérico con que nos gusta alardear de que nos saltamos las leyes o imponemos nuestra propia versión de esas leyes. Pienso, por ejemplo, en esos senadores -como Jordi Vilajoana, de CiU- que participaron en la manifestación del 11-S en Barcelona gritando “Español el que no bote”, sin darse cuenta -o dándose, lo que sería aún más vergonzoso- de que él era senador en el Senado “español”, y por tanto él era allí más español que cualquier otro, así que antes de ponerse a dar saltos como un massai fotografiado por los turistas, debería renunciar a su sueldo de senador “español” -que por lo demás imagino sustancioso-, para poder dedicarse con entusiasmo a su nuevo oficio de saltimbanqui callejero.

    Y por supuesto hay cientos de ejemplos parecidos. Ahí está María Dolores de Cospedal llamando “golpistas” a los manifestantes del 25-S, o recortando por la cara los sueldos de sus parlamentarios autonómicos sin una discusión parlamentaria, sino al modo pragmático de un dictador bananero como el general Trujillo, que se hacía componer merengues y chachachás en su honor (“General Trujillo, aquí manda usted./ Por su fuerza y brillo, yo le tengo fe”). O los mismos manifestantes del 25-S, que tienen todos los motivos del mundo para estar cabreados, pero que no pueden sitiar una sede parlamentaria porque eso es un caso intolerable de intromisión en la soberanía nacional. O los diputados de IU que salieron del Congreso a confraternizar con los manifestantes, como si ellos no fueran diputados que cobran sus sueldos -que imagino tan sustanciosos como los del senador Vilajoana- justamente por ser diputados, en vez de activistas callejeros o manifestantes o desempleados. O los directores y cargos directivos de los IES de Mallorca que se saltaron a la torera la legislación, y colgaron muy ufanos docenas de banderas catalanas en las fachadas de los institutos -espacios públicos pagados con dinero de todos los contribuyentes-, sin pensar en lo que podría pasar si un día alguien quisiera colgar banderas españolas en esos mismos institutos (espacios públicos, no lo olvidemos), o banderas islámicas, o ya puestos, fotos gigantescas de todo un parque de bomberos haciendo un “full monty”.


    Sigo pensando en estas cosas cuando llego al final de la ciudad, así que vuelvo atrás, de regreso a casa, pasando frente a las casas decoradas con calabazas, bajo le serena luna llena de las cosechas.

     

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